El diario íntimo, un viaje confesional: Mauricio Gallego

La idea se corta y no respira, igual al futuro que llegando disfrazado miente.

Le pregunta sobre las verdades que no oculta, se levanta el disfraz se toca el ombligo y luego señala al de ella.

Se mira la cicatriz, evidencia: mamífera placentaria.

Entonces imagina como ese cordón ausente la une a la madre, y ésta a su vez a sus tías y a sus primas, a las tías abuelas de las que nunca oyó, a sus bisabuelas desconocidas hasta hace poco. Emergiendo del entramado aparece la abuela, a quien extraña, y que en la muerte le sigue revelando pasado.

Así, luego de la pausa, avanza y sigue formando una red invisible, muy compleja de ombligos, que la llevarían si quisiera hasta la madre universal, pero ese pensamiento le enreda la cabeza y antes de que todo se vuelva una madeja de nudos, se maravilla con el telar que entreteje tiempo en la mitad de cada una.

Llena de una energía mística, cercana a la revelación, intuye la presencia del espacio que separa a cada persona y ser del mundo donde habita, de la gran lengua que es el mar, saboreando la playa donde sus pies se abren camino escarbando, hasta hacer un huequito. Respira, es la primera vez que ve el mar fuera de la tv y el internet, siente cierta nostalgia porque es un mar extranjero, desconfía, pues no sabe si todos se ven igual a esa hora en la madrugada. ¿Será que ese cuerpo de agua basta para hacer una descripción genérica de los mares de su patria?

Dice que no, en el caribe todo es más lindo.

Salió a ver el amanecer, el viento es fuerte y hace olas grandes, alcanza a contar ocho olas que le salpican la barriga mientras el espacio creado por sus pies se compacta a causa de la arena siendo arrastrada por el agua en retirada.

El sol, brota allá en el horizonte, su belleza le atraviesa la ropa, lo impregna todo, incluso al espacio que ocupa en el cielo donde se llena de tanta luz que parece que el aire no puede pasar por él.

 

Mauricio Gallego, aprendiz que sueña despierto y camina en punta de pies, para no hacer ruido. Le gusta llevar rocas en los bolsillos, cuidar plantas ajenas y de vez en cuando leer hojas de té para inventar teorías conspirativas. Lo pueden encontrar en las orillas de los ríos recogiendo meteoritos o en terrazas levantando estrellas en noches de luna nueva.

 

Ejercicio de escritura del Taller El diario íntimo, un viaje confesional,  dirigido por Angélica González Otero, Bogotá.

 

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