Arte dramático de España: Alberto Miralles Grancha

Alberto Miralles Grancha

(Elche, 1940 – Madrid, 2004)

 

 

Figura clave del arte dramático español independiente, Miralles Grancha inició desde muy joven su camino como director, autor, docente y difusor de teatro, siendo reconocido dentro y fuera de la academia española como uno de los grandes artistas del microteatro de ese país. Siempre fino, supo llevar a cabo una obra que se mueve sin fisuras entre la lucidez y la locura humana, con los toques de humor y dramatismo que tal ambivalencia tiene consigo.

 

 

César, es necesario que hablemos

 

 

Personajes:

César
Victoria

Tienen la edad que todos desean tener y por la cual echan a perder la edad que realmente tienen.

 

 

Al levantarse el telón, están sentados a la mesa.

 

CÉSAR. (Al público). —Cuando mi mujer levantó la fortaleza de su mirada del regazo donde la había dejado reposar durante el largo silencio de nuestra sobremesa y me dijo:

 

VICTORIA. —César, es necesario que hablemos,

 

CÉSAR. —Di como probada la idea de que mi vida estaba a punto de dividirse en un antes y un después de aquella ominosa propuesta de conversación.

 

VICTORIA. —César, es necesario que hablemos.

 

CÉSAR. —¿De qué quería hablar Victoria? ¿No hablábamos todos los días sin necesidad de un pórtico tan melodramático? No se trataba de una banalidad, porque en ella era impensable recorrer caminos sin haber estudiado antes encrucijadas, atajos y posadas. Ni andar errante, ni perder la mirada son sus holganzas preferidas. Las mías sí, porque yo soy todo arabesco, extroversión y circunloquio. ¿Pero Victoria? Mírenla bien. Fíjese, fíjense en la rotundidad de su postura, en el acabado de su atuendo. ¿Ven alguna arruga en su vestido? ¿Le falta algo a su peinado? Todo está concluido, nada hay dejado al azar o al capricho. Ella, si promete, cumple; si empieza algo, lo acaba. Nunca lee dos libros al mismo tiempo. Por lo tanto, ¿qué se podía concluir de aquel:

 

VICTORIA. —César, es necesario que hablemos.

 

CÉSAR .—¿Tan escueto y sin ganga? Sencillamente, que tenía un amante. Porque en ella el escarceo, la aventura ocasional o la caída imprevista estaban descartados. Lo suyo es amar de manera definitiva. Y el amor le exige sinceridad. A mí, en cambio, el amor me impulsa a mentir para protegerlo. En esa disparidad de criterios yo siempre había depositado el éxito de nuestro matrimonio. Ante el desolador panorama de tantos caminos interrumpidos por divorcios, diez años de matrimonio podían y debían ser considerados un verdadero triunfo. Nuestros amigos, todos separados, nos veían como un muro que era preciso derribar para que los cascotes del suyo no les afrentaran. Pero Victoria y yo permanecíamos incólumes ante arietes y catapultas, porque habíamos hallado un punto de equilibrio entre mi torrencial egoísmo y su amorosa generosidad. (Se levanta impulsado por una idea aterradora). ¡Ahí podía estar la clave de su adulterio! Victoria había decidido revisar con ojos críticos nuestras respectivas aportaciones de paciencia y desprendimiento al fondo común matrimonial, y el resultado de su análisis fue de una realidad que consideró humillante para sus desvelos. Porque ella, siempre en el otro lado de la balanza, procuraba añadir sensatez donde yo ponía locura para que su tierra y mi aire pesaran lo mismo. Pero con un saldo donde la siembra es mayor que la mies recogida, llega el tiempo del disimulo y la mentira piadosa. Aunque no era ese mi caso. Ah, no, no. Yo amaba a Victoria. (Se acerca amorosamente a ella por detrás). Todavía me gustaba, aunque ya no hubiera entre nosotros la apasionada sexualidad de los primeros encuentros. Tampoco yo debía de ser el mismo para ella. ¿Estaba ahí, agazapada y muda, la causa de su desencanto? La costumbre, ese monstruo que lo devora todo, dormía plácidamente en el sofá frente al televisor, atezanándonos, haciéndonos crecer raíces en las plantas de nuestros pies y cubriéndonos de moho. Ya no había fuego, aunque permaneciese el rescoldo. ¿Era justo censurarle a Victoria su desamor? Yo era el culpable por dejar exangüe su deseo, por no haberlo desarrollado hasta la dimensión en que no es posible satisfacerlo de un sorbo, para que cada día ella me pidiera saciar la sed que yo debía hacer inextinguible. Victoria estaba ahíta de rutina. Sin sorpresas ¿qué aliciente tiene cada amanecer?, ¿cuándo fue la última vez que le envié flores? Pregunta necia, porque la cuestión debía ser: ¿cuándo fue la primera? No le regalaba nada por San Valentín con la excusa del rechazo de la grosera instrumentalización mercantil de los grandes almacenes. Tampoco por su santo y cumpleaños, con el débil argumento de sustituir los regalos por un viaje que hubiéramos hecho de igual modo. Regalar cosas en Navidad era un sometimiento a la moda americana, o sea, que no; y los Reyes, aunque sí, como eran cosa de niños, pues tampoco. Otra cosa: ¿La besaba al llegar a casa? Ya era grave que no lo recordase. Una más: ¿Le dije en los últimos años que estaba guapa, que le sentaba bien tal o cual prenda, que su nuevo peinado la favorecía? (Abatido). ¿Por qué fui deslizándome en la pendiente de la insensible rutina? Las zapatillas y el batín son los heraldos de la muerte matrimonial. ¡Nunca debí cenar en pijama! (Se vuelve a sentar derrotado). Su amante sería más joven, siempre repulido, jamás despeinado. Si enfermo, lejos de ella para ocultar la miseria humana del moqueo, el desagrado de mal aliento, la molestia de la fiebre y el hastío del sudor. Su amante no tendría ninguno de los defectos del declive humano, iniciado precisamente a mi edad: la pinzadura en la vértebra artrósica, un amago de reumatismo, la incipiente calvicie, el temor de la impotencia… (Mira a su mujer con cómico rencor). No, su amante sería un canto vertical, siempre oliendo a espliego, simbolizando una eterna primavera. El sería la sorpresa renovada, el enigma por resolver, la inundación fértil del Nilo, la conquista diaria y sin desánimo, un abarcarlo todo sin llegar jamás a cerrar los brazos. Seguro que, lleno de solicitud, le abría la puerta del coche. Si Victoria tiene un amante, pensaba, yo he sido su maestro en tercerías. No podía reprochárselo. Conmigo el amor no progresaba. Lo di por satisfecho el día en que necesité una talla más de pantalón, sin hacer nada para reducir el perímetro de mi cintura. Ese día el hogar comenzó a constreñir a Victoria igual que el cinturón mi abdomen. Cada bostezo era una puerta abierta. Cada repetición, un ansia por traspasarla. Cada olvido, un camino por recorrer. Cada fideo en mi barbilla, un camino recorrido y, al fondo, un letrero con un mensaje letal:

 

VICTORIA. —César, es necesario que hablemos.

 

CÉSAR. —Apenas pude balbucear una frase de introducción. No sé si dije «tú dirás» o «¿de qué se trata?», pero tengo grabado a fuego en mi recuerdo que derribé el vaso de vino sobre la preciosa falda de Armani que nunca le elogié. (Efectivamente tira el vaso y mancha a Victoria. Ella se limpia con una servilleta). Mi torpeza se merecía que Victoria tuviera no uno, sino dos amantes. Pero no me reprochó nada. Nunca lo hacía, mírenla. ¿Ven? Como siempre, me excusó con una sonrisa, mientras con una servilleta se secó la mancha rojiza con movimientos mecánicos. Estaba tan concentrada en lo que debía decirme, que no dio importancia a la ruina de su falda. Después de una devastadora limpieza, que había extendido la mancha como una menstruación incontenible, cogió mi mano entre las suyas, como supongo yo que deben de hacer los resignados familiares a la cabecera de la cama de un desahuciado. (Victoria lo hace). «Me tiene lástima», pensé. «Es como un verdugo piadoso». Y no supe reaccionar. Confieso que tuve deseos de adelantarme a sus palabras y decirle que también yo tenía una amante. (Se suelta y le dice agresivamente). Es una alumna de dieciocho años con un cociente intelectual asombroso. Que sea rubia, alta, guapa y mida 90, 60, 90 son detalles accesorios. Y además es heredera universal de la fortuna de su padre, un industrial vasco que tiene 93 años y al que se le acaba de dignosticar un cáncer maligno. (Se levanta y se dirige nuevamente al público). Era una cuestión de orgullo. Si Victoria sí, ¿por qué yo no? Y por aquel patético esfuerzo de mi imaginación pensé que quizá Victoria deseaba hablar comigo porque suponía que el adúltero era yo. ¿Le había dado motivos de sospecha? Hubiera sido el colmo de la necedad ser fiel y no parecerlo. Porque yo jamás había tenido una aventura amorosa desde que me casé. Con la imaginación, sí: esa alumna, una dependienta, aquella vecinita, pero qué pecado tan blando para considerarlo la negra sima donde se ha de precipitar un matrimonio. ¿Yo un adúltero? Sonaba hasta melodramático. (Tiene un espasmo de lucidez y retrocede angustiado). ¡Quizás hablé en sueños y Victoria dio consistencia real a lo que es un desahogo subconsciente! ¡No, no era posible que mi mujer me creyera un Barba Azul! ¿O sí? (Se acerca a ella y la mira fijamente, con inquisitorial comicidad. Luego agita la cabeza y recuerda. Al público.). En los últimos meses yo me miraba con más frecuencia al espejo, pero era para comprobar, horrorizado, los estragos del tiempo. Me deprimía pensar que en el breve plazo de cinco o seis años las suaves entradas de mi frente serían una embocadura afrentosa. ¡Y las arrugas! Victoria me consolaba con dulzura, diciendo que los surcos de la cara son las medallas de la experiencia. Pero a mí eso me sonaba a cita de libro y, pese a sus buenas intenciones, no remontaba la depresión en que me hundía la certeza de un destino alopécico. No, no, rechazaba mentalmente: Victoria es lo bastante perspicaz como para no confundir mis preocupaciones estéticas con una sospechosa coquetería. Era otro el motivo de sus dudas. ¿Mis retrasos, quizá? Es cierto que en la Asociación había mucha actividad y yo era el último en abandonar el despacho. ¿Puede tan ligero motivo provocar dudas respecto a la fidelidad de su marido en una mujer tan cabal como Victoria? (La mira.) No, descartado. Nunca vine a casa con el cuello de la camisa manchado de carmín. No había cabellos largos y rubios en mis hombros, ni arañazos en mi espalda. Y bien, si se trataba únicamente de eso, de sospechas, no había por qué asustarse. Lo negaría todo y la sinceridad de mis palabras tendrían que convencerla. (Se vuelve a sentar más tranquilo. De pronto, se gira hacia ella). Aunque, pensando yo mal a mi vez, ¿no cabía la posibilidad de que Victoria, al creer que la engañaba, hubiera querido consolarse en los brazos de otro hombre? (Se mesa los cabellos con desesperación). Fueran por donde fueran mis pensamientos, al final llegaban a la misma conjetura. (Enfurecido da un golpe en la mesa). ¡Victoria tenía un amante! ¡Lo tenía! ¿Cómo no me di cuenta antes? (En un estado de creciente paranoia se pasea por la sala husmeando sospechas y habla en un crescendo emotivo). Si el casado es el último en enterarse, ¿callaban mis amigos al llegar yo a sus reuniones? No me constaba. Además, una mujer no puede disimular una cosa tan trascendente en su vida. ¿Qué había de sospechoso en su actitud? ¿Se arreglaba más? Yo la ví siempre igual de elegante. ¿Estaba más alegre? Ella nunca estaba triste. ¿Llegaba tarde y sus excusas eran pueriles? Nunca. ¿Había sonado el teléfono y al cogerlo yo, el amante colgaba? No, que yo recordase. ¿Se ruborizaban sus mejillas sin motivo aparente a causa de pensamientos indecorosos que yo no supe adivinar? ¿Se maquillaba más para disimularlo? ¿Ponía mayor énfasis al referirse a tal o cual compañero de su trabajo? Conclusión: Victoria había extremado su prudencia. No podía ser de otro modo en una mujer tan inteligente. (Se sienta y reprime la congoja). ¡Qué humillación ser, al mismo tiempo que engañado, la causa del engaño! No sé qué me afrentaba más. Pero era la soledad que veía cabalgar con despiadado trote el sentimiento que prevalecía en mi maltrecha alma. Sin Victoria yo no era nada. Y esa angustia me pareció de un egoísmo intolerable. Ante un derrumbe matrimonial como el que se nos avecinaba y, sobre todo, ante el trauma espiritual que iba a recibir nuestro hijo de siete años, yo sólo me preocupaba de mi soledad. Y si he de ser sincero, y creo que ha llegado el momento de serlo, lo que más me alertó era la situación económica en la que podía encontrarme tras nuestro divorcio. Victoria ganaba mucho más que yo. A cualquier otro hombre en mi caso eso le hubiera humillado; no a mí, que sabía muy bien que hubo momentos en nuestro matrimonio que fue al revés. Hasta en eso éramos un modelo para nuestros amigos. Mis ingresos no me permitirían vivir con desahogo y en esa situación no voy a ser tan egoísta como para reclamar la custodia de mi hijo. Lo cual significa que debería permitir que viviera con su madre viendo cómo otro hombre ocuparía mis vacíos. ¡Qué insufrible me resultaba pensar que el último beso de la noche no iba a ser ya el mío! ¿Qué pensaría Paquito cuando viera que su madre dormía con otra persona en nuestra habitación? La delincuencia juvenil tiene su fundamento en los hogares desgraciados. Y me imaginaba a mi hijo faltando a clase, suspendiendo, aspirando pegamento, fumando droga, robando para pagarse la heroína y finalmente en la cárcel o, aún peor, hallado en cualquier sórdido lavabo con la jeringa clavada en su vena y su mirada inocente perdida en los desconchados del techo. ¡Y todo porque yo no supe amar y mantener el amor de Victoria, como sin duda había sabido hacerlo su joven amante, su amante obsequioso, tan perfecto y satisfactorio! ¡El muy canalla! (Se detiene un tanto fatigado y sonríe autoconmiserativo). La seguridad de los hombres en materia sexual es inversamente proporcional a su edad. Nos hace ridículos el miedo a serlo, aunque realmente no lo seamos. Las palabras de Victoria proponiéndome una conversación eran resolutivas, pero no exentas de cariño. «No me ama, pero aún me quiere.» Ésa es la máxima infelicidad para quien quiere y ama. Y me dispuse a escuchar la sentencia, tras aquel inocuo

 

VICTORIA. —César, es necesario que hablemos,

 

CÉSAR. —Tan preñado, sin embargo, de oscura amenaza.

 

VICTORIA. —César, es necesario que hablemos.

 

CÉSAR. —Victoria carraspeó, al tiempo que ordena innecesariamente vasos y cubiertos. Se la veía nerviosa y yo hubiera querido, como libra que soy, sacarla del apuro y evitarme el mío. (A VICTORIA). No me digas nada, lo sé todo. Te he querido y te quiero. Por eso deseo tu felicidad. Mañana me iré de casa. No pienso causarte problema alguno. Adiós. (Nuevamente le asalta una duda). Pero renunciar a recuperarla, ¿no lo interpretaría Victoria como una falta de amor? ¿Ese despego no afianzaría su decisión de abandonarme? Y sobre todo, ¿tan fácil se lo iba a poner? ¿Por qué nunca me dijo que le molestaba tal o cual cosa? No soy perfecto, pero tampoco tan necio como para no aceptar una crítica constructiva que pudiera salvar mi matrimonio. Con una ligera advertencia yo, receptivo y solícito, hubiera cenado vestido de esmoquin, llevaría ficha precisa de nacimientos y aniversarios, aprendería a conducir, quemaría la televisión, precintaría el sofá, me haría socio de Interflora, viajaríamos a países exóticos; mejor aún, viajaríamos sin destino: «dos billetes del primer avión que despegue, vaya a donde vaya». ¿Tonga?, pues Tonga. ¿Bhubaneswar? Allí vamos, sea África o Asia. Si Camberra a vivir con canguros, si Tokio a adorar al Fujiyama. Muerte a la certeza. Enterremos la rutina. Viva el albur. (Se serena y mira al público con patética actitud). Seamos sinceros. Tengo cuarenta y un años. La primera escala en Guinea Bissau haría de Victoria la turista más viuda de las líneas aéreas internacionales. ¿Es eso justo? Admito mis errores, pero no siendo éstos malévolos, ¿por qué Victoria, con su delicadeza habitual, no me los hizo comprender? Y la respuesta llegó celérica y amarga: porque amaba a otro hombre y renunció al esfuerzo de recuperar los alicientes que su amante le proporcionaba sin exigírselos. ¿No era eso egoísmo? ¿No podía yo reprocharle a mi vez sus silencios? Aquel perentorio…

 

VICTORIA. —César, es necesario que hablemos.

 

CÉSAR. —llegaba demasiado tarde. Injustamente tarde. Las cuerdas pueden romperse por los dos cabos. Si Victoria estiró más del suyo, no podía reprocharme las consecuencias. Yo nunca le dije, y me dio muchos motivos para hacerlo, que su fría rectitud, su ofensiva perfección me tenía sobrecogido el pálpito. Es muy difícil convivir con un ser perfecto. Pero por lo visto sólo mi personalidad era insoportable. Soy atrabiliario, irracional, a veces carezco de sustancia. Cierto que ella nunca me llamó cosas tan horribles, pero ahora que tenía un amante y me lo iba a confesar, comprendí que siempre lo pensó. Atrabiliario, irracional y Dios sabe qué cosas más. No somos iguales y en nuestra diferencia creí que estaba el éxito de nuestro matrimonio. Si hubiera sido al revés, si yo le hubiera dicho «Victoria, es necesario, que hablemos» y a continuación le hubiese confesado que tenía una amante, ¿cuál hubiera sido su reacción? (Pausa). No supe qué contestar y esa pregunta sin respuesta anegó mi alma. ¡Estaba casado con una desconocida! Pues ya basta de incertidumbres, me dije. No esperaré como un cordero sumiso su demoledora confesión. (Se dirige a ella con una agresividad que, muy a su pesar, resulta cómica). «¡Bien, sí, tienes un amante! ¿Y qué? ¡No te censuro un acto tan vulgar, sino que te lo hayas callado hasta ahora! ¡Te reprocho tu falta de sinceridad! Es mal pago por diez años de matrimonio». (Sereno y cómplice, al público). Si eso no la ablandaba hasta el arrepentimiento, aún quedaba un tiro en la recámara. (Y concluye melodramático). Ni nuestro hijo ni yo nos merecemos este trato. (Hace una pausa y describe sus acciones). Me sequé el sudor de la frente, bebí agua y rehuí su mirada para que no viera en la mía el profundo terror de mi ansiedad. Finalmente, Victoria dijo lo que quería decir y yo permanecí mudo más tiempo del que era previsible.

 

VICTORIA. —César, es necesario que hablemos.

 

CÉSAR. (Paralizado y tartamudo) —T-tú dirás.

 

VICTORIA. —Este verano prefiero la montaña.

 

(Pausa llena de perplejidad.)

 

CÉSAR. —¿Eso es todo? (Al público) dije sin parpadear, intentando que mi sangre reiniciara su recorrido por las venas adecuadas.

 

VICTORIA. —¿Esperabas otra cosa?

 

CÉSAR. —No.

 

VICTORIA. —Ah.

 

CÉSAR. —Ya.

 

VICTORIA. —¿Café?

 

CÉSAR. —Sí.

 

(Beben en silencio, mientras CÉSAR, avergonzado, mira de reojo al público. Se oscurece lentamente la sala y cuando ellos quedan silueteados como un camafeo, cae el telón).

 

 

 

Esta obra hace parte de la selección de Teatro breve de Alberto Miralles recogida por el Instituto Cervantes Virtual.

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