FRAGMENTOS DE DIARIO: Angélica María GONZÁLEZ OTERO

Angélica María González Otero

(Sahágun, 1979)

 

De Vicios en el espejo (o una cosmética trascendental) 

 

Extranjero, tanto tiempo preparándote para el viaje y aún no sientes la extrañeza o el asombro anhelado. Sin embargo, sabes que todo ahora es distinto. ¿Por qué entonces esa sensación de normalidad, o más bien, de impenetrabilidad con todo?

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Nada más que mi incapacidad para construir historias, continuidades. Nada más que mi incapacidad para saltar las fronteras de mi yo.

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El verano de bicicletas y caminos calurosos parece un cuento más entre la niebla. “Qué solos estamos”, es la canción que suena entre los árboles y nos recuerda la desnudes sin atributos, la balada de la imperfección humana, y cómo cuesta oírla. “Si tan sólo lográramos hacer una cosa bien… aunque sea un verso”, dice el poeta.

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También, a veces, puede ocurrir no creer en el viaje, en su supuesta función renovadora.

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El Danubio es la bendición del verano. ¿Cómo agarrar el sol y su calor? ¿Cómo perpetuar esta luz ardorosa y el viento fresco entre los árboles? ¿Cómo detener esa plenitud de mediodía y hacerla que se quede?

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Quizás carezcamos de sensibilidad en el modo como atravesamos las costumbres, el ritmo de las horas, los climas, la sensatez compartida; así, de este modo tan abrupto, tan tajante. Los aviones nos llevan y nos traen, cruzan fronteras sin dolor. También nosotros vamos por ahí, caminando horizontes, abandonando rostros, calles, sabores; sin hacer un duelo suficiente a tantos instantes extranjeros. Es verdad que quizás carezcamos un poco de sensibilidad, de locuaces gritos que develen las pérdidas.

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