Fragmentos de diario: Pedro Arturo Estrada

Pedro Arturo Estrada

(Girardota, 1956)

 

Poeta, narrador, promotor cultural, coordinador de talleres literarios y cofundador de las revistas de poesía Fuegos y Maya.   Aquí, estos fragmentos de diario, inéditos y escritos recientemente. Voces de un yo que se bifurca entre hondas reflexiones que abordan el peso de la vida, el acecho de la muerte, la experiencia vital de la soledad y la desesperanza.

 

Bitácora del vacío 

 

Qué muere en ti, silencioso, a esta hora imprecisa en que te es ajeno todo brillo, y la sola respiración es la atadura, la única conexión de aire a tierra.

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No siempre lo que sobrevive es lo mejor de nosotros. En silencio sucumbe el sueño de la belleza, colapsa la vida verdadera mientras triunfa el instinto, la fuerza, el arrasamiento.

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Llega entonces ese momento de vencimiento íntimo donde es preciso escuchar y callar, no agregar nada, no concluir nada. Admisión de lo otro, dimisión serena del yo bajo la algarabía, aunque en el borde del sueño tu mano indagará atrapada en el gesto de asirse a otra mano, de responder todavía a esa vaga señal detrás del aire.

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Según Lezama, hay una dimensión, un “lugar”, el reino de “La cantidad hechizada” adonde va todo aquello que en el hombre no puede morir, su amor por la belleza, su anhelo de infinitud, el misterio y la transparencia de su ser, la incandescencia de su espíritu y la conciencia de lo sagrado que más allá de toda miseria, todo dolor, todo fracaso y toda muerte, conforman su destino.

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Somos sólo aquello que nos elige, aquello que nos ve y abraza, el amor que nos sostiene. Poco o mucho entre tantas cosas que nos rechazan e ignoran. No existimos más que en la conciencia de otro. Quien nos nombra nos da la existencia, afirma y demuestra que estamos vivos.

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Como la noche que disuelve y purifica en tinta negra la luz que colmará de oro la mañana, tal vez la poesía.

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Un día sentí que había muerto. Pero nadie lo notó. Desde entonces todo cuanto sigue ocurriendo es ganancia para mí, o para el fantasma que tomó mi nombre y mi rostro. Por momentos hasta se lo pasa bien.

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Realidad, realidad, cuánto hay de por medio entre nosotros: niebla y abismo, miedo y vértigo, basura del ser que vamos acumulando encima de los ojos. No hay ya perspectiva posible, se apelmaza la derrota de no sabernos más allá de nuestras narices. Realidad, realidad, adiós, adiós.

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Morar tras la pequeña sombra que resiste la demasiada luz de lo ajeno, como el verde en la grieta, como la hoja respirando en silencio al fondo del árbol. 

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A esta hora el cansancio, el hastío de lo siempre sabido, el hartazgo de lo mismo. Y no obstante, la cortesía de no cerrar la puerta del todo, la mínima elegancia de aceptar ese café junto a la Señorita Nadie, y hablar entre sonrisas de los pequeños asuntos del día.

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Ningún sueño más entonces. Porque ni ángel ni demonio merecen invocarse ya en un tiempo de inxilio permanente. Y, sin embargo, no querer darle nada por adelantado a la muerte.

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Hay un lugar donde nada se olvida, donde cada mínima modulación se encadena a una larga y antigua secuencia. Un lugar donde se alargan nuestros dedos hasta asir el hilo que une la flor al cielo, el rumor de la abeja a la tempestad, el deseo a la piel donde brilla el instante.

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Escribir cuando se estrecha el círculo del miedo y la propia sombra vacila; cuando el mundo se vacía y en su centro giramos sin término; cuando toda palabra es una flor nacida en el infierno; cuando detrás de los párpados no está sino la muerte. 

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Vendrá entonces ese instante único: todos los rostros amados, todos los nombres agolpados estallándonos adentro.

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El silencio se hace cada vez más nuestro, aunque lo nuestro se hace cada vez más extraño, aunque lo extraño se hace cada vez más tumultuoso.

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Entre una cosa y otra dónde en verdad hemos estado, qué memoria del sol, qué retazo del paraíso volvimos a perder para siempre; adónde la flor que alguien nos encomendó cuidar en un sueño; qué fue de la palabra, la luz con la que nos recibieron un día; del amigo que fue a comprar cigarrillos y nunca regresó; de la chica que acompañó cierta tarde nuestros pasos, de la casa en la que fuimos felices una vez, de aquella ventana en la que nuestra sombra respiró momentos de eternidad…Entre una cosa y otra, dónde nos hemos extraviado, dónde hemos muerto antes sin darnos cuenta.

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Paradójicamente, en tiempos sombríos como estos, la poesía no explica, no amonesta, no prescribe nada. Pero su esquiva luz lo es todo en la noche profunda, como el rostro que amamos, como la última canción y el vino último antes del alba.

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A partir de cierto día, cierto momento, el vértigo suave, la silenciosa vacuidad instalándose tras los ojos. La dulce nada, aire, aire pidiendo alas.

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Ellos solos otra vez, dueños de la tierra, el cielo y el mar. Y entre las grietas y más allá, esa vasta memoria sepultada, esos pocos fragmentos dispersos. 

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Entonces reaprenderemos el sonido del cuerpo al juntarse de nuevo a otro cuerpo, la canción de los ojos entregándose en la prodigiosa proximidad del aliento, la fuerza de lo vivo ascendiendo de la tierra, ramaje veloz que reordenará en nosotros la luz de un tiempo compartido otra vez con la estrella y el gusano, la alegría de los seres y las cosas que siempre estuvieron allí, y habíamos olvidado.

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Cuando la realidad tiene como centro el propio rostro, se hace insoportable.

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Al dolor de vivir únicamente lo compensa y sobrepasa el poder, la alegría de la belleza.

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Llega sin embargo un momento en que el más crudo pesimismo se abraza en secreto con la más inocente alegría de vivir.

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Ah, de repente se nos ha dado el tiempo, la libertad de hacer con él aquello que siempre soñamos: y entonces nos sobreviene la abulia, sin pretextos ya, abrumados de nulidad.

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Sobrevivir, reinventarnos un rostro, un alma nueva de la sombra, y merecerla.

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En la callada intimidad otra mirada, otra manera de vernos, de abstraer y desnudar el cuerpo, el dolor no expresado, la herida aún abierta, y recomponer el ritmo, la dislocación del pie cansado, apartar la ceniza que hemos juntado sin darnos cuenta sobre otros/nosotros y ahora por fin reconocidos.

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Somos rehenes de lo invisible. Y es también esa la condición de lo sagrado y lo bello tanto como de lo fatal.

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Sí, de pronto, ahí la pared, el detente, el mundo habitual cerrándose de golpe. Y no es el pánico, es el frío asombro de descubrir que detrás del escenario familiar no había más que aire, el mismo en el que ahora te disuelves como un destello más, como una sombra en la sombra mientras la vida vuelve a lanzar los dados en un juego donde ya no estarás.

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Entonces una mano de sombra nos señala de lejos, un vaho de frío se cierne sobre nuestras cabezas, y la existencia se reduce a lo esencial, se concentra al fin ella misma integrándose silenciosa al centro de la vida.

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Ante los rostros lívidos que anuncian la aurora del miedo, la clausura del sueño, la vida nos exige exponer a la luz el alma entera a riesgo incluso de ahuyentar la muerte.

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Sólo en momentos de crisis extrema se pone a prueba la verdadera naturaleza humana, para bien o para mal. ¿Terminaremos por instinto de sobrevivencia inclinándonos del último lado?

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Noches en que el cuerpo patea y se estremece como un caballo ansioso piafando en la sombra, olisqueando el amanecer.

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Volvemos al día ingenuamente vivos, deseosos y efímeros y es esto nuestra única dicha hasta que algo más nos toma, de arriba o de abajo, con sus frías tenazas.

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Devolverle a la noche los rostros que el día probó en nosotros, incluso las palabras, la risa que aleteó un instante sobre el silencio. Abrazarnos allí, desnudos, sin nombre, sin memoria.

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Porque pareció tan fácil, porque nadie lo advirtió antes. Porque hubo un instante de luz en mitad del absurdo, porque el tiempo giró y destapó algo en la oscuridad. Porque había una puerta sin cerrar, un espacio de nada en la nada: nacimos.

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Qué buen maestro y corrector de estilo es el tiempo. Pero qué tardío.

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Estar solos no es nada excepcional, es la norma en tiempos de inhumanidad y miseria espiritual. Jactarse de ello no tiene sentido. Solo dándonos a otros vale la pena todavía estar vivos.

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Por qué de repente en mitad de la noche el eco de viejos desmoronamientos, antiguas cargas de profundidad que apenas estallan en tus huesos, galaxias de dolor que al otro lado del tiempo, retumban todavía.

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En el arte del vuelo lo primero es aprender a caer.

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Mientras soñamos paraísos anidan en nosotros las serpientes.

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El poeta sería entonces algo así como el “idiota de la familia”, para usar esa expresión sartreana, pero también, el querido aunque extraño pariente que de alguna forma desnuda la inconfesable naturaleza de todos, los traumas, los miedos, las fantasías, la culpa aunque también, él mismo representaría la inocencia, la libertad de un espíritu independiente que no rinde tributo a la razón , al poder, a las leyes de la normalidad.

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No toda la belleza es tuya y por siempre, oh Simetría. Dadle una forma a la piel, dadle una medida a la fiebre del cuerpo cuando desborda en él la noche. 

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Y al despertar ¿quién vuelve a confirmarnos el ser, de dónde en verdad regresamos, quién nos devuelve a la “misma” realidad?

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¿Cuánto silencio bebemos al día, qué número de pasos pueden perdernos o encontrarnos aún, cuánto pesa la sombra de un pájaro sobre el agua, quién mide el vacío que ocultamos, sobre qué abismos basculan los cuerpos en el sueño?

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No existir para esa persona que amamos nos resta realidad, pone en duda nuestro ser mismo en el mundo. Aun así, el sol sigue alumbrando, la vida continúa.

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Taedium vitae, un lujo que sólo pueden darse los satisfechos, los felices. No hay lugar al aburrimiento donde sólo se trata de sobrevivir.

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Que la poesía es un arma cargada, dijo alguien, de futuro o de presente, cuando no de solas palabras. Tal vez. Pero en verdad la poesía es el poder mismo, como lo aclaró en su día nuestra bella Eunice Odio, y sin odio.

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El domingo somos nuestro propio animal de compañía al que hay que sacar para que no llore, para que no muerda mientras volvemos a ordenar la casa de la costumbre.

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Cuando la noche es secreto lugar, una cueva donde el viejo animal lame lento sus magulladuras, y mira arder las lejanas estrellas como ojos insomnes que lo acompañan.

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Volver a la vida y a uno mismo después de un mal amor con la libertad y la inocencia de quien regresa de un largo destierro.

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Quedan entonces esos pocos libros, esos dos o tres viajes; cuatro o cinco momentos de plenitud junto a algunas amigas ya perdidas; la conciencia de un tiempo compartido con tantos otros, en la silenciosa o a veces abierta e ilusa resistencia ante el dolor del mundo; el rostro de mi hijo sonriendo frente al mío, como también la marca de tantos días igualmente sosos y desperdiciados que lo mismo pesan; la música, el cine y el arte que suscitaron en mí todo el asombro y la más honda conmoción…Y al fondo de todo ese sentimiento de infinitud que no alcanzó a llenar ningún dios, ninguna creencia, ninguna ideología, ninguna ciencia incluso, pero que sólo la poesía iluminó. Eso tal vez ha sido mi vida hasta hoy.

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Dura y tardía confirmación: la poesía, como la vida, estuvo siempre más allá de las palabras. Pero sólo ellas lo saben. Ese es su triunfo y su secreta dignidad.

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Hasta para suicidarse hacen falta ganas, voluntad y en cierta forma, entusiasmo. Y qué horror matarse por cuenta de un entusiasmo más.

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Como el oxígeno sin el que no podemos vivir pero a la vez nos va quemando, nos va matando lenta y silenciosamente, ciertos días el amor.

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Saltamos de un cansancio a otro agotando la vida, insaciables de novedad y diversión, porque el hastío es la sustancia y el aire que nos alimenta. Somos seres de intensidad momentánea, de pasiones fugaces a la sombra de una abulia total.

***Resistir manteniendo la memoria de lo amado. Resistir preservando en lo hondo la imagen de la belleza que fue nuestra un día.

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Al fin de cuentas, toda realidad nos llega mediatizada, limitada, como versión refleja de lo verdadero al decir de Platón. Entre lo que es y lo que creemos, seguimos perdidos en la traducción.

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No estar más realmente en uno mismo, rehén de un vampiro que nos roba la sangre, y agradecer, sin embargo, la dádiva de un gesto suyo, una palabra, un roce al menos, la cercanía momentánea de su sombra, un día más respirando su aire, saboreando dichoso su veneno. Es el amor,

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¿Cómo apaciguar el pequeño animal que gime en nosotros a lo largo del día, oscuro y desgarrado, sin que nadie más lo advierta? Qué incuba su sollozo en la noche, de dónde su reclamo.

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Se afianzan de nuevo los ritmos ancestrales, básicos de la vida en estos acentos primarios de la música joven. ¿Necesidad de aferrarnos a ellos frente a la disolución, la complejidad inasible de un mundo cada vez más abstracto, menos humano?

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Allí donde se hermana la melancolía de quien lo ha visto todo al deslumbramiento de quien apenas despierta al mundo, tal vez la poesía.

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Cómo decir lo otro con palabras que perdieron su origen, su inocencia primera y sólo pueden repetir lo ya conocido, lo ya sabido por siempre. Sin embargo, es en su revés, en su recelo, su ironía y discontinuidad como aún siguen respirando, resistiendo, señalando nuevos niveles de “realidad”, es decir, como aún pueden ser poesía.

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No volvemos impunes a las viejas palabras.Regresamos a ellas con la conciencia sucia, derrotados por el silencio, buscando empezar de nuevo y entonces ellas nos lo hacen pagar.

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Toda la vida imaginando un tesoro oculto bajo la sombra. Y de golpe, la claridad del vacío, la cegadora luz del despojamiento, la verdad de esa única riqueza malgastada: tú mismo.

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De pronto, una tarde cualquiera, te arrasa la conciencia de tu inutilidad en el mundo, y sonríes, casi feliz, más próximo a la luz que se va, al silencio que entonces te reconoce suyo, al amor de lo invisible que te abraza sin condiciones.

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En realidad toda elección está predeterminada en nosotros por un deseo no formulado, nunca del todo resuelto o visible. La razón sólo alcanza a confirmarla cuando ya en realidad nada puede detener esa elecciòn.

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Me siento más cercano a lo sagrado junto al cuerpo desnudo de una mujer que frente al altar mayor de un templo.

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Haber atravesado el tiempo y sus derrotas, por amor, haber rendido hasta la vida por la belleza, es todo cuanto importa. El resto es biología.

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Casi siempre valoramos sólo aquello que nos falta. Lo imposible es el horizonte del deseo. Lo prohibido, lo riesgoso, dicen, es estimulante. Acaso sea este el motor de todo idealismo y toda poesía.

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Entre el terror y el horror cabe una diferencia definitiva: en el primero reaccionas de inmediato, en el segundo te acostumbras.

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Escribir como quien arroja piedras al mar. Querer desbordar la nada a gritos.

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En algún momento no son tus fuerzas las que empujan tu día, tu quehacer en el mundo, sino la misma vida que te arrastra hacia sus propios fines. Pero entre tanto te permite la ilusión de moverte, del viajar placentero en su corriente. Y eso basta. ¿A qué torturarte con una oposición inútil? Fluir es lo que importa.

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Y hasta para el silencio llegamos también demasiado tarde.

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Sin embargo, alguien en mí canta todavía, cuando afuera es noche cerrada.

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Nadie, nada otra vez. Y saber que ya no. Pero intentar el siguiente paso como quien cruza por fin una frontera lejos de todo adiós, todo gesto, toda promesa.

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Hay una metafìsica de lo indecible en el animal que sabe morir en silencio, en su inocencia ante el dolor ùltimo. Y qué otra metafìsica mejor que la del vuelo del águila en el abismo, què otro lenguaje más poderoso al decir de Blake, que el rugido. Qué más hondura y presencia del ser en la vida que la del lobo que desvelò la primera noche del hombre y en la ùltima acompañará su desaparición.

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El amor sería también ese lugar donde mora el animal liberado de su peso, donde puede al fin sentirse seguro y recogido en su centro, en posesión de sí mismo.

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Hay tantos mundos posibles como seres y cosas que desconocemos. Cada quien arma su mundo como puede, de acuerdo con sus gustos, sus visiones, sus certezas, sus pasiones, es decir, sus limitaciones. Lo terrible es tratar de acomodar a los demás dentro de esos pobres límites nuestros.

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No hay más que hacerse cargo amorosamente de este instante último, esta conciencia trágica de morir que revalida hasta el final toda la vida manifiesta en nosotros, incluso mientras vamos cayendo imperceptiblemente en la noche, mientras con venas, sangre, huesos, deseo, pensamiento, el tiempo nos asesina lento. Sostener ese brillo, ese fulgor en los ojos, esa llama en el corazón hasta el fin es el triunfo definitivo de la belleza en nosotros.

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Precariamente intentamos, en ese primer fogonazo del despertar, recomponerlo todo en nuestra cabeza, aun lo que ya no somos, como quien regresa de un viaje y apenas comienza a enterarse, mientras saluda y sonríe a lo suyos.

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Lo que ocurre en tu mundo no siempre pasa en el mundo, ni cuando mueres en él.

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Lo que nos inclina a cierta literatura, cierta poesía digamos, melancólica, extraña o siniestra, también puede ser un rasgo de buena salud. Porque siempre se busca alivio, consuelo o ayuda en literaturas optimistas como el enfermo busca el sol. Pero quizá sólo en lo oscuro se gesta la luz.

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Entonces llega ese momento en que dejamos todo en manos del “piloto automático” y nuestra vida se desliza en el aire suavemente al desatre.

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Escribir es despojarse, liberar el magma oscuro, vomitar, abrir una herida y abandonarla allí donde otros la reconocerán como propia. Escribir es también quemarse, arder solos en la oscuridad y después, que el diablo junte la ceniza. Y que la noche, si queda un resto del fuego, lo recoja como ofrenda. Tal vez la música, el viento o el silencio mismo sabrán acompañarla.

 

(2020)

 

 

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