Miércoles de «El cantar de la palabra»: Yeisson Regino Vergara

Ficción: Yeisson Regino Vergara

(Colombia)

 

Hace dos meses lanzamos a través de nuestras plataformas Desde todas las veces se levantan cantos (2021), una antología literaria preparada por el proyecto literario El cantar de la palabra con el ánimo de reunir el trabajo creativo de estudiantes pertenecientes a la Facultad de Ciencias y Educación de la Universidad Distrital Francisco José de Caldas de Bogotá. Durante los próximos miércoles estaremos difundiendo de manera individual las obras de algunas de las personas que hacen parte de este libro, con el deseo de que todo él sea curioseado, compartido y leído gracias a su descarga gratuita aquí.

 

El cuentista que nos acompaña hoy dice de sí que le apasionan la literatura y la danza, pues en “la primera puedo encontrar infinidad de historias y aventuras que me han llevado a querer crear las propias y en la segunda una forma distinta de contarlas, esta vez con el cuerpo”, mientras nos ofrece un relato como una coreografía: empieza cautelosamente, tanteando, para adquirir hacia la mitad un ritmo frenético que termina, de repente, en un movimiento ágil y elegante. ¡Síganse!

 

 

 

Efecto mariposa 

 

Dice un famoso proverbio chino que el aleteo de una mariposa puede crear un tsunami al otro lado del mundo. En un afán por encasillar todo lo conocido, el ser humano ha denominado este fenómeno como el efecto mariposa, para referirse a aquella serie de sucesos que por simples que parezcan pueden cambiar drásticamente lo que está por venir. Por ejemplo, salir dos minutos más tarde de la casa por darle de comer al gato de tu novio puede hacer que pierdas el bus de las 8.30 y entonces debas esperar el de las 8.45 que, para tu desgracia, dos cuadras más adelante se queda varado y por ello, cuando llegas al trabajo veinte minutos tarde, tu jefe, con el que has tenido inconvenientes los últimos días por no querer seguirle el juego en sus intentos ridículos de ser un donjuán, te espera en la puerta de la oficina con esa sonrisa estúpida que lo caracteriza: una carta de despido y un gracias por sus servicios que se clava en tu mente mientras maldices al idiota que por ser el hijo del dueño del banco cree que puede despedir a quien se le antoje. Sales a la calle con aquel sin sabor de no haberle dicho todo lo que se merecía, y volteas a ver el edificio de ocho pisos que ha sido tu segundo hogar por los últimos cuatro años, al cuál no volverás a entrar a menos que debas hacer las diligencias de una persona común y corriente. Porque eso es lo que eres ahora, aparte de desempleada, claro está.

 

El sol está por llegar a su punto más alto y el abrigo que te protege del frío en las mañanas ya no es tan agradable cuando se mezcla con el sudor acumulado de una mañana estresante a la cual se le suma el natural sofoco de un día caluroso. Te lo quitas. Ahora debes pensar en qué sitios están recibiendo hojas de vida y qué dirás cuando te pregunten por qué fuiste despedida, pues decir la verdad te haría quedar mal frente a un nuevo empleador, caso contrario si fueras hombre. Maldices entre dientes. Ya pensarás en algo. Por el momento, es hora de ir a casa, al menos no tendrás que calentar en microondas el almuerzo, ya sabes, el cáncer y esas cosas.

 

El bus de regreso está más lleno de lo que esperabas. El día amerita una lluvia con granizo, no un sol como este, piensas. Ayer fue al contrario. Estuviste ansiosa pues Juan por fin tenía un domingo libre y lo iban a aprovechar yendo al cine, pero no pudieron hacerlo porque de un momento a otro empezó a llover tan fuerte que después de unos minutos él te dio a entender que sería una tarde de películas bajo las cobijas. Como nos gusta, preciosa, te dijo. Era su plan favorito, no el tuyo. Pero te resignaste; en casa te enseñaron a no hacer reclamos innecesarios. Entonces decides llamarlo. Al menos eso podrá distraerte del mal aliento del hombre sentado a tu lado que respira con la boca abierta y el olor a mierda que entra por la ventana que, se supone, está refrescando el aire. Para empeorar la situación, no contesta. Marcas al otro número y lo hace de inmediato:

 

—Restaurante El minino, habla con Juan, ¿en qué puedo ayudarle?

—Hola, amor, ¿cómo estás?

—Te he dicho que no me llames a esta línea, Mariana. Espérame cinco minutos—. Y cuelga.

 

Quince minutos después suena tu teléfono.

 

—Ya. ¿Por qué me llamas, no deberías estar trabajando? ¿Le pasó algo al gato?

—No, Juan, el gato está bien, es solo que me acaban de echar; llegué tarde de nuevo y ya sabes que don Francisco solo estaba esperando un descuido mío para hacerlo. Es lo único que saben hacer cuando no les sigues la cuerda.

 

—Ese imbécil. Si quieres voy ya mismo y le tumbo esos dientes de niño rico para que no le den más ganas de coquetear con sus empleadas.

—No ganas nada con eso, ya sabes lo que pasó la última vez que peleaste con alguien.

—Eso no cuenta. Te dije que me dolía el estómago y por eso no le pude dar ni un puño; tú lo sabes mejor que nadie. Además, contra un niñito de papi y mami como tu jefe no sería la gran cosa.

—Hace Karate y mide el doble que tú, no podrías ganarle; ya deja de pensar en violencia, no es lo que necesito ahora.

—¡Claro! Ahora lo defiendes. ¿De qué lado estás, Mariana?

—No lo estoy defendiendo, simplemente soy realista. No es momento de pensar en venganza; eso no me devolverá el trabajo —dices tratando de calmar los ánimos.

—¿Y acostarte con él sí?

—¡¿Qué?!

—Nada.

—Sé lo que escuché. ¿Quieres que me acueste con él? ¿Es eso lo que quieres realmente?

—Pues parece que quisieras ya que tanto lo defiendes. Incluso ya lo debieron de haber hecho y te despidió porque se aburrió de ti.

 

Suficiente. Con estas últimas palabras sientes que te hierve la sangre. Te convences de que fue una mala idea llamarlo: solo ha empeorado las cosas. Intentas calmarte pero llega a tu mente todo lo que te ha dicho en los tres años de relación. No es nada nuevo para ti pero, simplemente, hoy no es el día. Entonces recuerdas aquella vez que lo viste besándose con tu prima el día anterior a que ella falleciera, cosa que no le habías reclamado porque sabías que no se repetiría, al menos no con la misma. También lo habías callado por no perturbar la paz de la muerta. La prudencia se te escurre de las manos.

 

—Te llamo en cinco, cariño— y cuelgas.

 

Buscas en tu teléfono el chat de grupo y te desahogas: «Buen día, querida familia. ¿Cómo amanecen? Unida como siempre, me imagino. Solo quería decir que Valentina (sí, la puta, la que se murió) debe de estar sufriendo en el infierno por comerse novios ajenos. Pero ya saben, Karma is a bitch. Besitos, tía.» Y te sales del grupo. Problema solucionado. Lo llamas de nuevo.

 

—¿En qué estábamos, corazoncito? ¡Ah! ¡Sí! Estabas insinuando que me acosté con mi jefe. ¿Sabes? Creo que debí haberlo hecho… así estaríamos empatados.

—¿De qué estás hablando?

—¡Ah! Ahora resulta que no sabes. Qué conveniente. Veintiocho de noviembre del año pasado en la fiesta de cumpleaños a la que vino mi familia, ¿recuerdas? El día que volvió mi prima de Nueva York y los presenté. Por lo visto se conocieron muy bien ese día—. Y oyes como traga saliva al otro lado de la línea.

—Amor…

—¿Te refresqué la memoria? Bueno, pues es una lástima que ya no puedan hacer cochinadas. ¿Y sabes qué, Juan? Estoy cansada de que no seas el apoyo que necesito. Hoy tuve un día de mierda y lo primero que se te ocurre preguntar cuando te llamo es por el estúpido gato y ahora que te cuento que me despidieron piensas que fue porque mi jefe se aburrió de acostarse conmigo. Eres un hipócrita. Te atreves a hacerme una escena de celos cuando eres tú el único que ha sido infiel en la relación.

—Déjame explicarte, Mariana.

—¡No! No necesito tus explicaciones; ve buscando un sitio para quedarte de ahora en adelante porque a mi casa no vuelves, ni tú ni el gato. No te quiero volver a ver en la vida, ¿entendiste?

—Lo siento, amorcito. No me hagas esto. Si me dejas, me mato, lo juro por Di…

 

Y no lo dejas terminar la frase. Sientes un alivio. Respiras hondo. El hombre de al lado ha dejado de respirar por la boca luego de escuchar tus gritos y te mira con unos ojos saltones que te irritan. Sientes las miradas ajenas sobre ti. Incluso los del asiento del frente se han volteado para ver quién es aquella mujer exasperada que ha alborotado la pasividad de un bus tan temprano. Miras el celular: ocho llamadas perdidas de tu mamá. Lo apagas. Cierras los ojos y empiezas a respirar lentamente. Recapitulas lo que ha pasado desde que te levantaste y llegas a la conclusión de que bastó tan solo una hora para perder tu trabajo, tu novio y, muy seguramente, tu familia. Una lágrima cae por tu mejilla mientras miras por la ventana. Te pones de pie; ya casi llegas a tu destino. Ves tu parada, timbras y, mientras vas bajando las escaleras del bus, piensas: ¡Mierda! ¿Qué hice? Si tan sólo no le hubiera dado de comer al gato.

 

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