Narrativas autoreflexivas: Gina BERNAL

EL PACHÁ

 

 

 

Rabat, abril 6 de 2018

 

!Hmmm! ya huele a cuscús. Hoy debe ser el día de la gran oración. En un par de horas, algún alegre transeúnte compartirá conmigo las sobras del plato que no pudo terminar y no tendré que tomar la siesta con el estómago vacío.

 

La medina ya se empieza a llenar. Sé que tengo que apresurarme si quiero llegar a la mezquita antes que los demás. Conozco bien a mi competencia y sé que no me reservarán ni un solo garbanzo. !Rrrrr! estas mujeres me impiden avanzar. Sus abayas, sus canastos y sus caderas batientes -parece que más de una se ha excedido con la sémola en las últimas semanas- no dejan ningún espacio para circular en las estrechas callejuelas.

 

Hoy no parece ser el mejor día para un paseo entre las tiendas. Tendré que escabullirme por los tejados si quiero llegar a la plaza antes del mediodía. Me lanzo entre la multitud y, al encontrar el primer cajón, me impulso sobre él para aterrizar en los estantes que exhiben especias, aceitunas y limones confitados. Los aromas inundan mi nariz y me tomo unos segundos para disfrutar del olor a azafrán, a aceites esenciales y a ras el-hanout.

 

El vendedor, en djellaba y babuchas, nota inmediatamente mi presencia y parece regocijarse con ella. !No, no, no, khu-ya! no es momento para mimos. Me despido con un maullido y me alejo suavemente de allí, levantando la cola. Logro salir de su tienda sin ser atrapado -por él o por uno de sus siete hijos- y consigo escaparme por los callejones.

 

Si mi olfato no me deja errar, la mezquita y los restaurantes ya se encuentran cerca. Dos callejuelas más y podré disfrutar del gran manjar du vendredi.

Parece que he llegado un poco tarde, el Jatib está a punto de terminar la oración y los otros ya han tomado sus lugares. No tengo opción, preparo mis pupilas para una gran dilatación y busco un lugar cerca al parque desde donde el cual espiar a los comensales que abandonan sus mesas y sus platos medio vacíos.

 

¡Oh là là! Un minuto más y la serenata de mis tripas deslucirá la llamada a la oración de la tarde. Dos transeúntes se acercan, ¿son esas las bolsas de papel de Chez Salah? ¡Estoy salvado! Finjo cruzar desprevenidamente frente a ellos. Camino lenta y pausadamente, meneando mis caderas como las mujeres del mercado. Me enredó entre sus piernas, simulo un ronroneo y les lanzo una de mis miradas. Nada más normal que esto, ¿verdad?

 

El primer hombre ya ha caído, se inclina y trata de tocar mi lomo. Nadie puede resistirse a estos ojos bien abiertos y a estas orejas levantadas. Es momento de saltar sobre sus bolsas. Las olfateo con sorpresa, aparentando no saber qué llevan dentro, pero el olor a cordero es inconfundible.

 

No opone resistencia, mientras me sonríe y acaricia, abre una de las bolsas y extrae de ella la ambrosía que me deleitará esta tarde. !Shoukran, hermano! Has hecho lo que debías, ahora puedes retirarte.

 

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Rabat, abril 7 de 2018

 

Hoy debe ser sábado. Ha habido mucha gente en el bosque y las extranjeras sin velo se pasean en grupos, dando vueltas en el anillo principal. Más de una se ha volteado a verme y me ha lanzado besos y miradas coquetas, como si nos conociéramos de años. No es que me molesten sus pantomimas, pero habría preferido manifestaciones más concretas de su amor, como un plato de sardinas o unas buenas caricias en el lomo.

 

Hace algunos días una de ellas se acercó a tocarme y, por unos minutos, pensé que me llevaría a su casa. Si no me equivoco, debe ser ella, la rubia de piernas largas. Por su acento, diría que es alemana, pero no puedo afirmarlo. Todas esas rubias se ven iguales y me cuesta distinguir entre una nacionalidad y otra.

 

Cuando una de ellas me acaricia y decido que es esa la que quiero seguir a casa, huye despavorida y no vuelve la mirada atrás. ¡No te necesito! le grito, sabiendo que no me escuchará y que, tal vez, ahí se iba mi última oportunidad. Inch’allah, cuando vengan las francesas, una de ellas se dejará convencer por mis pupilas dilatadas.

 

¡Oh!, ya debe ser mediodía. El conserje del Hilton ha dejado su turno y viene hacia mí. Deja ver, ¿trae mi leche y mis croquetas? !Hmmm! parece que sí. Es hora de ignorarlo y aparentar no haberlo visto.

 

Como todas las semanas, finjo no tener ningún interés, le doy la espalda, me alejo, rozando mi lomo contra los árboles cercanos y luego regreso hacia el lugar en el que me espera. Me guardo siempre de no mirarlo a los ojos, no quiero que se confunda, piense que lo he escogido y que me iré con él a su casa maloliente en la medina.

 

Me ha llamado con insistencia por varios segundos, haciendo unos sonidos muy extraños con su boca. Repite el mismo sonido incesantemente hasta que accedo a comer sus viandas. A veces pienso que me ha dado un nombre y cree que lo he aceptado.

 

El olor de las croquetas ha activado mis jugos gástricos y creo que no podré resistir mucho más. Arqueo el lomo y levanto la cola, asegurándome de ignorar completamente al sujeto que me ha traído semejante manjar. Doy un par de vueltas más alrededor del recipiente y, aprovechando un descuido de su parte, me lanzo sobre la comida. ¡Al Hamdoulillah!

 

Lástima que el conserje se haya ido mientras comía, hoy habría podido ceder a darle una mirada. Si regresa mañana, y las rubias ya se han marchado, hasta podría considerar regalarle un maullido.

 

 

Gina Bernal, nació en Bogotá, 1982. Es ciudadana del mundo, apasionada por los viajes – físicos y literarios-, los quesos y los vinos. Ingeniera de profesión y escritora de vocación.

 

Ejercicio de escritura del Taller: Narrativas autoreflexivas, una escritura de lo cotidiano. Dirigido por Angélica González Otero.  Educación Continúa, Universidad Javeriana de Bogotá.

 

 

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