Un Lugar para Ti

Narrativas autorreflexivas para la vida: Ramiro Ventura

Tiempo de lectura: 4 minutos

Ramiro Ventura

Ser en movimiento y transformación. De mente racional, espíritu apasionado y carácter sensible, persigue interrogantes buscando develar el misterio de la vida. Su intención es crear consciencia y acompañar procesos de crecimiento personal.

 

 

Cedric

 

Te escribo esta carta sin la certeza de que me recuerdes; al menos no así como te recuerdo yo, tan vívidamente. Soy aquel joven muchacho que con tu beso descubrió su deseo. Soy aquel, aunque ya no el mismo. El tiempo ha dejado sus huellas en mí. La inocencia se convirtió en curiosidad, luego picardía y poco a poco en algo que pareciera ser madurez. 

 

No estoy seguro de porque te escribo esta carta a vos; pienso que capaz me ayudes a descubrir otra vez quién soy, aquel que fui, cuanto de este soy ahora. 

 

En muchos sentidos estoy convencido que aquel joven, el ingenuo e inocente sigue vivo en mí. Espero lo mejor de las personas y confió en la bondad. Sigo siendo un romántico empedernido y sostengo que el amor salvará al mundo.  Aún deseo. Aún anhelo sentir el calor de un abrazo, y la firmeza de una mano sosteniendo mi cuello cuando comparto un beso. Mis lágrimas se derraman con facilidad, aunque nunca son derrochadas en vano, cada una de ellas limpia una herida del alma que he venido a sanar. 

 

Cuando chico, nunca me sentí parte de nada. Llegue a mi familia con varios años de diferencia con mis hermanas mayores. Ellas mujeres, yo varón. En el colegio me costaba hacer amigos, mi sensibilidad hacía que con los otros chicos no me entendiera demasiado y las chicas no terminaban de sentirse cómodas conmigo. Recuerdo tardes en casa llorando a gritos “nadie me quiere” o mi cumpleaños número doce al que vino un único compañero de clase. Siendo más grande eso terminó en que me costará aprender a relacionarme con otros hombres. Eso, vos ya lo sabes por tu experiencia conmigo.

 

Me gusta sentir la vida recorrer mi cuerpo; me pide pasión a gritos con cada latido. Me muevo y percibo todos los días. Gracias al yoga pongo el cuerpo a disposición del espíritu. Amo bailar. La danza es la forma que encuentro de imprimir expresión al movimiento. Me gusta hacerlo a solas, escondido entre los muebles de la casa, incluso mientras cocino. Disfruto también cuando sé que me miran y todavía más si piensan que no soy consciente de ello. Pretendo no darme me cuenta, pero la mirada de otro siguiendo mis movimientos me da cuerda, me estimula. Eso, creo que lo sabes desde que nos conocimos.

 

Los días transitan calmos en mi vida, sin mayores agitaciones. Suelo observar mis hábitos: cuido mi cuerpo, cultivo mi intelecto y nutro mis afectos. También caigo en la indulgencia -si tomo una cucharada de dulce de leche nunca queda ahí, seguro serán dos o quizás tres. Al fin de cuentas, la vida no es solo observancia, también hay que dejarse ceder al placer. 

 

Soy una paradoja; me agrada tener compañía, pero más disfruto el silencio. Encuentro la mejor compañía en alguien con quien puedo compartir horas sin hablar, sin sentir incomodidad por ello, sin necesidad de llenar el vacío.

 

A veces necesito hacer cosas indignas de mí para conocer mis profundidades, mi costado más oscuro. Saber así que en esta vida lo he experimentado todo. Muchas veces no lo llevo a cabo, pero solo crear los escenarios en mi mente e imaginar los pormenores me enseña mis sombras, mis carencias más añejas y mi humanidad más cruda. 

 

Los días de luna nueva me cuesta conciliar el sueño. Me gusta el invierno para tomar té al abrigo de un sillón y el verano para ir ligero de ropa y sentir el calor del sol en la piel. El otoño en Buenos Aires me aburre de tan marrón y tan gris; me ahoga tanta chatura. Me gusta el olor a lluvia, ese aroma a tierra mojada que paradójicamente anuncia lo que todavía está por venir. 

 

Mis pies se resecan y tengo canas en mi cabellera, mi barba, el pecho y lugares del cuerpo que hubiera querido llegaras a conocer.  Qué pena no haber experimentado tu cuerpo, que pena no haber podido descubrir mi cuerpo contigo. Llegaste demasiado temprano o mi tiempo demasiado tarde. Me llevo otros diez años más desnudar mi alma, mi cuerpo lo había entregado antes pero nunca lo había sentido.

 

Soy un espíritu inquieto, supongo sea ese DESEO por vivir. Sueño viajar por el mundo y conocer diferentes modos de vivir. Alimentar los sentidos; sentir, explorar, descubrir. Me pregunto si algún día de visita por Suiza te cruce de casualidad y me reconozcas.

 

Cuando me da la gana hablo sin parar, como sí de repente todo lo que no se dijo buscara salir de mi boca al mismo tiempo. Pienso mucho más rápido de lo que muevo mis labios, y ni que hablar de lo que escribo. Seguramente sea por eso que mi letra a veces se vea tan desprolija e inteligible. A veces, la lapicera toma tanta velocidad que me salto letras de algunas palabras pero curiosamente ahí queda el hueco para que vuelva sobre mis pasos y rellene el espacio que deje incompleto.

 

La cuestión es que casi siempre encuentro que decir; aunque si no conozco a alguien necesito tiempo para abrirme y compartir. Quizás nos faltó tiempo, o en ese momento no fuera este que soy y no tuviera nada que decir. Capaz si hubiera dicho algo entonces, no estaría imaginándote así; porque en definitiva, somos las cosas que nos trajeron hasta aquí. 

 

Así que cada día sigo recopilando los pedacitos de mí. 

 

Ramiro.

 

 

 

Ejercicio de escritura del taller Narrativas Autorreflexivas para Acompañar la Vida”. Dirigido por Angélica González Otero.Educación Continúa, Universidad Javeriana de Bogotá.

 

Deja un comentario