El diario íntimo, un viaje confesional: María Mercedes Sánchez Gil

Espía

Uno, dos … siete, ocho pasos. Cuenta uno por uno, en voz alta, justo en el momento en el que inicia lo que decidió llamar: “el paseo a la felicidad”. Esa caminata que toma a diario, única actividad permitida durante el confinamiento obligatorio debido a la llegada del coronavirus a nuestro país, y que por veinte minutos lo lleva a asomarse a un mundo prohibido para el resto de los mortales. A un mundo que ya no es igual. Lentamente da los 117 pasos que lo separan del parque, disfrutando del sol de la mañana, del olor a ciudad limpia y sobrecogiéndose ante el abrumador silencio que le permite escuchar su caminar, el jadear de Paco, su mascota, y hasta su propia respiración.

Ambos lo consideran “su parque” que usualmente está lleno de gente, pero hoy, no hay un alma; impresiona el inmenso espacio totalmente vacío. Suelta a su perro que corre agradecido y marca territorio en cuanto rincón encuentra sin la presencia de otros perros que le persigan. Mientras tanto, él se estira, cierra los ojos y deja que el sol llegue a su cara, disfruta contemplando el movimiento de los árboles, le silba a su mascota para que lo siga. Observa el entorno y descubre la arquitectura de una ciudad que jamás se había detenido a mirar. Construcciones elegantes de mediana altura con amplios balcones, unas cuantas casas que recuerdan a la Bogotá de los años 60 y algunas mansiones convertidas en embajadas.

Una mañana, algo cambió su rutina; paseaban admirando el entorno, en especial, una mansión estilo francés de color blanco roto y gris. En ella, un jardín cuidado con esmero rodeado por hortensias. Pasaban a prudente distancia cuando Paco, sin reparo alguno, corrió hacia el césped. Rápidamente, él se acercó a detenerlo, pero al hacerlo, su curiosidad le sobrepasó y se detuvo frente a un ventanal que permanecía con las cortinas entreabiertas. Con detenimiento analizó la enorme biblioteca con cientos de libros rigurosamente ordenados. En uno de sus estantes se encontraba la Enciclopedia Británica. En los otros, libros de arte e historia. Y en el del centro, lo que parecían novelas. El amplio espacio estaba decorado con muebles estilo inglés, un piano de cola y bellos cuadros de pintores españoles.

Cada día, mientras Paco se deleitaba con el césped, él aprovechaba para detallar los rincones de aquel espléndido espacio. Nunca vio a nadie. Pero había indicios de que alguien andaba por ahí. Por ejemplo, una copa de cognac, entre llena y vacía, siempre en un lugar diferente del salón. Una manta roja de viaje sobre el sofá que cada mañana estaba doblada de distinta manera o simplemente tirada por allí. Lo único constante en aquel paisaje era la chimenea que siempre permanecía encendida.

Anunciaron una nueva ampliación de la cuarentena. Un mes más para contar los pasos hasta el parque y seguir disfrutando del entorno de aquella espléndida mansión.  Fueron muchos los días que, fingiendo atar sus zapatos o acariciar al perro, se detuvo frente al ventanal con la misma curiosidad del primer día. La copa en la mesita, en el escritorio o en la biblioteca. La manta roja en todas sus posiciones. El orden inamovible de los libros y la chimenea, siempre, todos los días, desde temprano, encendida. Esforzaba la mirada para leer los títulos de las novelas; ¿alguna de Zweig? ¿Quizás Márai? La única certeza era la inmensa enciclopedia que estaba muy cerca del ventanal. Alguna vez, se acercó más de lo acostumbrado para memorizar otros detalles del salón. Un candelabro, un pisapapeles de mármol y un tocadiscos empolvado. Por primera vez, desde que se convirtió en el espía de la casa, detectó movimientos. La puerta del salón se abrió lentamente y alguien entró. Un miedo juvenil lo invadió y decidió retirarse antes de que lo descubrieran. Sería una escena bochornosa; ¡un hombre mayor merodeando casas ajenas y fisgoneando por la ventana!

Una mañana, más fría que de costumbre, el cielo gris daba una luz lóbrega a todo el parque. Un viento fuerte hacía crujir las hojas de los árboles y despertaba los ladridos de Paco. En el salón de la mansión blanca no estaba la manta. La copa estaba en la misma mesita del día anterior. Pero lo más desconcertante fue ver la chimenea apagada. ¿Me habrán descubierto? Fue lo único que acertó a pensar mientras alargaba el cuerpo para ver mejor a través de los cristales y comprobar si algo extraño había ocurrido. Imaginó a los vecinos paranoicos llamando a la policía para denunciar a un hombre sospechoso. Trataba de atar cabos cuando el sonido aterrador de una sirena lo sorprendió. Era su final, lo acusarían de fisgón y entrometido.

La sirena pertenecía a una ambulancia. Dos hombres protegidos con trajes, guantes, botas y tapabocas, que parecían extraídos de una película de ciencia ficción, pasaron cerca y entraron a la casa. Buscó a Paco con la mirada y se alejó para ver desde el frente. Minutos después, los hombres salieron formados con una camilla. Era una persona inconsciente con una máscara de oxígeno. Las sirenas aullaron de nuevo y partieron de prisa.

Por algunos días siguió espiando por la ventana. Todo igual, copa en la mesita, chimenea apagada, ninguna manta y una creciente capa de polvo sobre la biblioteca. Anunciaron, por fin, la conclusión del confinamiento. El espía debía volver al trabajo y Paco a su guardería. Fueron días extraños en los que descubrió nuevas realidades, y confirmó que, para todos, el mundo ya no será el mismo.

 

María Mercedes Sánchez Gil. Mi primer cuento durante esta sobrecogedora cuarentena.

 

Ejercicio de escritura del Taller El diario íntimo, un viaje confesional,  dirigido por Angélica González Otero, Bogotá.

 

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