Escrituras autorreflexivas: Vilma González

MARILÚ

 

 

NOVIEMBRE DE 1958

 

Soy una niña de crespos y largos cabellos, amarrados en un par de trenzas que me cuelgan a lado y lado, tengo unos grandes y vivaces ojos negros, resaltan en mi cara redonda y blanca; pronto cumpliré trece años, apenas mido metro y medio, pero, más no puedo pedir, mi papá y mi mamá son bajitos de estatura.

 

Hoy descubrí lo triste que resulta ser mujer, volví de la escuela tan feliz e ilusionada que el corazón no me cabía en el pecho porque mi maestra la Señorita Inesita me premio con la medalla al mérito por ser la primera en la clase y tengo la oportunidad de obtener una beca para estudiar el bachillerato en el Colegio Departamental.

 

Mi papacito ni se inmutó cuando le conté, me tomo por los hombros y me quedo viendo con su mirada penetrante; con su voz recia y vigorosa que se escuchó hasta en el gallinero, me dijo:

‑¡Quién sea pendejo que estudie! –Dónde manda capitán, no manda marinero. Usted ya terminó la primaria y una mujer no necesita más que aprender a cocinar, lavar planchar y ordeñar; es lo que le toca ahora y no se diga más. Coja un canasto y a coger café, déjese de pendejadas y que esa vieja por aquí no se aparezca porque me va a oír.

 

Él es mi padre, el patrón, el que manda, un hombre de palabra; zorro para los negocios, pues cuando ponen una finca en venta corre enseguida a dar las arras y siempre paga. Respeta los linderos comparte el agua y su voz de viejo cascarrabias nos intimida, nos calla a todos.

 

Entonces perdí toda ilusión y ahora ayudo a mi madre en la cocina. Ella es una mujer pequeña, delgada, con su negra cabellera recogida en una larga trenza, sus pobladas cejas dibujan una mirada inquisidora que inspira el respeto de hijos y jornaleros; ella no ha dicho ni una palabra, de vez en cuando, me pasa una de sus manos por la cabeza, esas manos que dan cuenta del arduo trabajo al sol y al agua.

 

Yo entiendo a mi madre. Soy la décima de trece hijos, ninguno ha estudiado más allá de la primaria, los mayores ya se han marchado y han formado su propia familia.

 

Ella y mi papá ya están cansados, todos los días el ordeño a las cuatro de la mañana y luego la dura jornada: Los cafetales, el maizal, los pastizales, la huerta, las cercas; el remudar del ganado y un sinfín de actividades que terminada la tarde los deja agotados.

 

Sólo descansan los domingos y con el pretexto de ir a misa, los hombres se divierten tomando cerveza y buscando uno que otro pleito; ellos pasan la tarde jugando al tejo o a los naipes y las mujeres hacemos las compras y chismorreamos con las amigas del pueblo.

 

Si me dan la oportunidad prefiero coger café. yo me cuelgo al cinto un canasto y aunque no soy alta me doy mis mañas para alcanzar las ramas más altas y tomar los frutos maduros.

 

Mientras desgrano las ramas de cada cafeto no puedo sacarme la idea de la cabeza: ¡yo quiero estudiar!  Me veo como una gran dama, elegante y educada lejos de esta finca llena de trabajo:  lavar, cocinar, asear y curar guayabos de mi papá, mis hermanos y hasta de mamacita, quien los domingos con el pretexto de darle una pola a los jornaleros pide canasta entera y es la primera en comenzar a beber; es la única distracción por acá y siempre regresa del pueblo zigzagueando, contenta, embriagada con unas cuantas amargas.

 

DICIEMBRE DE 1958

 

Los días son cada vez más largos y tediosos, en las fincas campesinas no hay televisión, ni electricidad, la diversión es un transistor que se prende a la hora de la cena para escuchar la novela y las noticias. Un silencio sepulcral, mientras comemos, ponemos el oído para no perdernos ni un sólo detalle de una nueva aventura que nos mantiene cautivos a jóvenes y a viejos.

 

Luego, terminada la novela apagamos las velas y bajo la luz de la luna y con el cielo lleno de estrellas, contamos historias de duendes, lloronas, jinetes sin cabeza y espantos.

 

En las festividades decembrinas compartimos con familias de otras fincas y mientras todos se emborrachan decido aprovechar la penumbra e ir detrás de la casa, cambiar mi rutina, mi vida; tengo una cita, alguien me espera, es el hijo de don Segundo un vecino de mi padre.

 

Israel es su nombre, alto, delgado, de manos largas y callosas, un par de veces nos hemos cruzado en la escuela, yo lo veo guapo e interesante; no es muy avezado en las labores del campo, pero se defiende con los números y las cuentas.

 

Está noche tomó mi mano temblorosa y me atrajo hacía su pecho, un abrazo sin palabras, una caricia y un inolvidable primer beso.

 

OCTUBRE DE 1959

 

Entre citas a escondidas, entre ayudas y mandados hasta que llegó el día, Israel con el pretexto de vender la cosecha y yo de ir a misa, nos dimos cita en el pueblo, cada uno con su mejor muda y a la menor oportunidad nos escabullimos por un atajo y nos encerramos en un cuarto. Entre abrazos caricias y besos sellamos el pacto de amarnos.

 

ENERO DE 1960

 

Cada vez pienso menos en Inesita la maestra y más en Israel, lo veo como mi salvador, nos amamos debajo de los cafetos, a la sombra de los árboles o escondidos entre algún pastizal.

 

Siento que recobré la alegría, sonrío y celebro con júbilo los intentos frustrados de bailar el twist, recojo flores silvestres y acaricio con ternura los perros.

 

FEBRERO DE 1960

 

La felicidad no duro mucho, estoy pálida y ojerosa, muy desanimada; las cuentas no me dan, estoy preñada. Un frío helado recorre mi cuerpo, presurosa voy a buscar a Israel, temblorosa y vacilante lo pongo al tanto y me echo a llorar en sus brazos. Las familias se pelean, la mamá de Israel no me quiere para él. “Del árbol caído todos hacen leña”, expresa entre dientes Rosario, la señora que ayuda en la cocina.

 

JUNIO DE 1960

 

Entre gritos y reproches, después de muchos dolores, la comadrona ayuda nacer a mi bebé; no me he casado tampoco estudié y a los catorce años fui madre por primera vez.

 

AGOSTO DE 1960

 

En casa todos reprochan “mi falta”, me humillan, me maltratan y ahora debo trabajar por dos; mis hermanos varones hacen burlas de mi condición. Israel, conmovido, desobedece a su madre y ha ido en busca de papá, mi mano le ha pedido, a los pocos días después de la preparación religiosa, en Sagrada Ceremonia un cura nos ha unido.

 

JUNIO DE 2020

Querida Dorita, hija de mi corazón, cumples hoy sesenta años, este diario fue testigo de mi desasosiego, hoy orgullosa, puedo decir que a través de ti pude cumplir el sueño de estudiar y progresar, una dama elegante y educada es mi hija adorada.

Tu madre, MARILÚ.

 

 

Vilma González ( Bogotá, Colombia) Administradora de Empresas, encontró en la escritura un refugio para darle rienda suelta a sus emociones y una herramienta para poner en letras recuerdos y añoranzas que se remontan a sus ancestros

 

Ejercicio de escritura del tallerNarrativas autoreflexivas, una escritura de lo cotidiano. Dirigido por Angélica González Otero.  Educación Continúa, Universidad Javeriana de Bogotá.

 

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