Jardín del cuerpo: quinta sesión

Piedad Bonnett

(Colombia, 1951)

 

 

Las cicatrices

 

No hay cicatriz, por brutal que parezca,
que no encierre belleza.
Una historia puntual se cuenta en ella,
algún dolor. Pero también su fin.
Las cicatrices, pues, son  las costuras
de la memoria,
un remate imperfecto que nos sana
dañándonos. La forma
que el tiempo encuentra
de que nunca olvidemos las heridas.

Del reino de este mundo

 

  

Sharon Olds

(San Francisco, 1942)

 

 

Poema tardío a mi padre

 

De pronto pensé en ti

de chico en esa casa, los cuartos sin luz

y la chimenea caliente con el hombre frente a ella,

silencioso. Te movías a través del aire pesado

en tu belleza, un niño de siete años,

indefenso, inteligente, había cosas que el hombre

hacía a tu lado, y era tu padre,

el molde del que estaba hecho. Abajo en el

sótanos, los barriles de manzanas dulces,

recogidas del árbol bien maduras, se pudrían y

se pudrían, y más allá de la puerta del sótano

el arroyo corría y corría, y algo no te fue

dado, o algo te fue

quitado, algo con lo que habías nacido, de modo que

aún a los 30 y 40 te llevabas

cada noche la medicina aceitosa a los labios para que te ayudara

a caer en la inconsciencia. Siempre pensé que

el punto era lo que nos hiciste a nosotros

como hombre grande, pero después recordé a aquel

niño formándose delante del fuego, los

pequeños huesos dentro de su alma

retorcidos y rotos desde el tallo, los pequeños

tendones que sujetaban el corazón en su lugar

se quebraron. Y lo que te hicieron

tu no me lo hiciste. Cuando te amo ahora,

me gusta pensar que le estoy dando mi amor

directamente a ese niño en el cuarto del fuego,

como si pudiera llegarle a tiempo.

 

 

 

Ana Hidalgo

(Granada, 1986)

 

 

La madre de César Vallejo

 

Mi madre no era la afirmación de la existencia. Ella había percibido la belleza y el principio, ese suelo lleno de arena y esas manos que tocaban la arena del suelo, esa ropa manchada que su hija tenía que ofrecerle, pero mi madre no era la afirmación de la existencia, porque ella nunca había esperado una sincronización, nunca había esperado la liturgia del lugar, aunque durante un tiempo sí creyera en un pan que tocaba las manos y los labios. Pero a pesar de ese pan que quizá podía tocar las manos y los labios, mi madre no era la afirmación de la existencia, no era la creencia ni la liturgia del lugar, sino una mujer que inclinaba su cuerpo y levantaba su cuerpo, el sufrimiento y la visión, un fragmento del amor y el trabajo. Porque mi madre no era la afirmación de la existencia, sino que mi madre sufría, y ese sufrimiento me obligaba a las personas, me obligaba a conocer el nombre de las personas, a ser desnuda y mediada, la especificidad de la muerte, el tacto del desplazamiento, la descomposición de la sintaxis. Descompuse la sintaxis porque mi madre no era la afirmación de la existencia, no era mi destino, pero había un pan que tocaba las manos y los labios, un pan que comimos mi madre y yo, y entonces yo podía descomponer la sintaxis, amar la caída, ser la insignificancia. Mi madre era una vida.

De Hallar una hendidura

 

 

 

Raúl Zurita

(Santiago, 10 de enero de 1950)

 

 

Queridos poderosos, queridos humildes

Cuando todo se acabe quedarán tal vez

estas algas

sobrevivirán a las marejadas, a los siglos

y a los sueños

Como perdurarán a los poderosos, a los

tercos de corazón

y a los hombres que nos humillan

estos poemas de amor a todas las cosas

 

 

Hanni Ossott

(Venezuela, 1946 – 2002)

 

 

Memoria

 

Es mejor
no tener ya más memoria
para el tiempo pasado
las casas, las filigranas, los helechos
el borde, un tejido…

Es mejor

no tener un rostro
para siempre

que atormente e instigue

Es mejor

no escuchar ya una voz

ni oler perfumes ni cuerpos

 

Mejor este no saber.

 

 

 

 

José Watanabe 

(Trujillo, 1945- Lima, 2007).

 

 

El kimono

 

Mi padre y mi madre eran sombras dispares
que ahora, muertas, acaso se encuentran más.
Yo recuerdo: él le regaló un kimono
y ella lloró en silencio
porque una gracia así
no concordaba
con su amor tan austero.

En la espalda del kimono
saltaba un salmón rojo.
Sobre los hombros de mi madre, el pez
parecía subir por la cascada de sus cabellos,
hermosísimos y azulados cabellos
de mestiza:
Una bella imagen que ella no podía ver.

Dígasela usted, padre,
para que deje de llorar.

 

 

 

Daniel Chirom

(Argentina 1955-2008)

 

 

Pastel de manzana

 

Baba, Baba, tu Rusia de samovar, tus ojos verdes,
esa mirada perdida en las lejanías, presa de la
furia, del olvido, cautiva del destierro, y esas
manos empuñando las tijeras para hacer el corte
preciso y el pequeño monedero y el mismo delantal
siempre limpio y los alfileres prendidos a la
comisura de los labios mientras hablabas en voz
baja, mitad en castellano y mitad en yiddish. Apenas
comprendía lo que decías pero estaba tu porte
alto, tus brazos fuertes y no tenía miedo en las
noches de aquel hospital de paredes blancas donde
transcurrieron varios días de mi infancia. Un niño
de tres años entre sábanas blancas y enfermeras
blancas, tosiendo, asombrado de la penumbra
mientras sostenía un oso en los brazos y bajo la
almohada guardaba las golosinas que no podía comer,
y esa sopa insípida que me servían en un plato
metálico y el pollo sin sabor y el termómetro
bajo las axilas. Pero estaba el postre,
tu pastel de manzana, el manjar del exilio.
Esa torta era mis juegos, mis amigos, el muro que
me guarecía de la intemperie, mientras esperaba el
día de mi fuga, dejar de toser, no vestir más ese
camisón blanco y olvidar los azulejos celestes del
corredor y las caras bondadosas de los médicos con
su rictus de “sólo Dios sabe” y las visitas
complacientes. Y tenía miedo de la bruja de La
Bella Durmiente, esa mujer terrible de ojos negros,
rostro verde y uñas largas me acechaba detrás de
cada recoveco, y antes de dormir tenía que bajar
de la cama y espiar en todos los rincones para
asegurarme de su ausencia- temía combatir con el
dragón – y entonces yacía en el lecho con mi torta
de manzana, flacucho, temeroso, esperando el alba
como quien espera confesarse. En tus ojos veía
los miedos de tierras hostiles, negaciones,
persecuciones y abstenciones y comprendía que
también para ti el único refugio era ese pastel
de manzana, vieja receta venida al Río de la Plata
desde Kiev, la lejana Rusia, la madrecita patria.
Un poco de pan, apenas manzana, azúcar negra y
una horneada. Oh sabores de la infancia, polleras
de aromas ¿ cómo vivir sin la cocina, la sopa verde,
el dulce nuestro de cada día, el café con leche, el
té con el terrón de azúcar pegado a la lengua, la
carne pálida del pollo, las escamas como llovizna
del pescado? pero ¿cómo seguir sin la astucia
culinaria? Sí, dejarse llevar por la lucidez
de la digestión, la tozudez de los intestinos,
los agridulces jugos gástricos.
Recuerdo la humedad de tu cocina, sus paredes de
azulejos rosados, su blanca mesada de mármol, la
heladera gorda de la providencia con el motor cuyo
constante ruido parecía un auto yendo a baja
velocidad en un día de lluvia, la mesa tosca de madera
verde, los platos ajados de loza blanca, los cubiertos
acerados, el vaso alto con naranjada, el pan fresco
partido en rebanadas (nunca el pan negro,
era para los mujiks decía mi Baba), la miel amarilla,
la gelatina de pescado grisácea, la mermelada roja,
la manteca blanca y esos tazones gigantes donde uno
perdía la nariz que luego emergía esmerilada de té con
leche. Ah las hornallas brillando en la penumbra, sus
débiles llamas brindando calor, la escuálida lámpara
colgando del cielo raso, el almanaque de montañas
(¡Que lejos está el pueblo de tu infancia, la estepa
rusa, las cúpulas doradas de la iglesia ortodoxa, la
pequeña sinagoga, el río congelado!). Pero también
está el paisaje de corredores blancos de mi infancia
de hospital poblada por tu mirada. Y no sabía de
Dios, no conocía su palabra: Dios era la escupidera
donde orinaba en las madrugadas, o aquellos
algodones manchados de sangre y esas sábanas
amarilleadas por el sudor y esa pequeña mesita de
luz con su aún más pequeño velador que tú cubrías
con un pañuelo rojo para que me velara el sueño,
y ese techo tan descascarado, tan diferente al cielo
del patio de la casa. La soledad no tiene edad, Rusia
y aquel hospital es la misma geografía, las bellas
palabras están ajadas y nuestros ojos sonámbulos
desesperan por encontrar un manjar donde
esconderse del vacío que nos reclama.
¿Tendrá mi hijo la suerte de apretar contra el paladar
en los días del desasosiego un trozo de torta de
manzana? ¿poseerá la seguridad que brinda el sabor
preciso o deambulará buscando una patria, una
cocina donde hallar un aroma que lo descubra?
Oh Baba, abuela, la mesuzah cuelga de la pared, su voz
calla, hace mucho que no enciendo los candelabros
y tus copas opalinas ya no lucen sobre manteles
bordados blancos y en mi cumpleaños nadie me trae
un pastel de manzana. Estoy solo, mi mundo es el
pretérito de un sabor, la nostalgia por la pérdida del manzano.
En estos días en que las oraciones enmudecen y hay
poco para agradecer, es buena la memoria del paladar,
la gula divina, mirar un plato con torta de manzana
que un niño se devora y luego una mujer se inclina
para llenarlo otra vez.
Pastel de mi carne, pastel de mi saber, ven, sálvame,
necesito tu invariable corazón azucarado.
¡Qué cerca está el hospital de mi infancia!

 

 

Jimena González 

(Ciudad de México, 2000)

 

 

 

Las otras

 

Las mujeres de mi familia,

familia de mi padre,

siempre son “las otras”;

no tienen nombre propio

cuando son evocadas

por sus mal llamados

amantes.

Todas Josefinas,

llorando manchas violeta

ocultas en el cuello.

Todas Josefinas

esperando,

que Benito

deje a su mujer,

deje de beber,

deje de vivir.

Por el lado “de la Luz”

mis raíces son mujeres

adornadas de “des”

mujeres desesperadas,

despechadas, desgraciadas.

Pero nunca, nunca

nunca des-enamoradas.

Escribo

para sanarme, para sanarlas,

para ser algo más que víctimas,

alguien más que “algo”

mucho más que “otras”.

Para desarraigar la competencia

con la que nos adoctrinaron

Escribo para aprender que

amamos mucho y a muchos,

y no es motivo de vergüenza.

Que deseamos a muchos,

los deseamos mucho.

Y eso nunca nunca debe doler.

Porque vengo de una familia

de mujeres que se sienten obligadas

a reírse de los chistes ofensivos

de sus maridos ebrios.

De mujeres encerradas y silenciosas;

escribo para enseñarles a gritar,

para arrancarles del alma

el “tú, te callas”.

Escribo por mi abuela Josefina,

para que reencarne en bailarina

Por mi tía, para que no vuelva a llorar

para que no le duelan los huesos.

Para que mi abuela, María, deje

a mi abuelo, muchas veces más

Y tenga novios,

muchos, muchas veces más,

que siga escribiendo poesía

y ya no tenga miedo

de mostrar sus pechos.

Grito por las rodillas sangrantes

de mi bisabuela Emilia,

haciendo mandas a la virgen

para que reencarne

en el mar de Guerrero

y tire los altares de un tsunami.

En mis pies enredo sus raíces

y en mis manos sus nubes

para que Ale no vuelva a Morelos

y Gabriela se canse de Noé,

para que el dolor se vaya

con la facilidad con que

nuestros padres se fueron.

Para no volver a ver

mi cuerpo de 11 años

tirado en la cocina

pidiendo perdón.

Por no darle de comer

a mi abuelo de nuevo

con sus ojos lascivia.

Y para no defender la pureza

de falsos profetas consanguíneos

que me apretaron el pecho

hasta romperme.

Para que ningún malnacido

vuelva a restregar su cuerpo

en las piernas de mi prima

cuando vuelve de la escuela.

Y romper el maldito

maldito círculo vicioso

de los “secretos de familia”

manchados de pedofilia,

incesto, golpes y sangre.

Para que todas

podamos ser nombradas

Para que no deje

de retumbarnos

en la cabeza

hasta que gritemos.

Alzo la voz para no negarnos,

porque tenemos nombre

y no dejaremos que lo olviden

 

 

 

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