Jardín del cuerpo: séptima sesión

Aurelio Arturo

(Colombia 1906-1974)

 

Palabra

 

Nos rodea la palabra

la oímos

la tocamos

su aroma nos circunda

palabra que decimos

y modelamos con la mano

fina o tosca

y que

forjamos

con el fuego de la sangre

y la suavidad de la piel de nuestras amadas

palabra omnipresente

con nosotros desde el alba

o aun antes

en el agua oscura del sueño

o en la edad de la que apenas salvamos

retazos de recuerdos

de espantos

de terribles ternuras

que va con nosotros

monólogo mudo

diálogo

la que ofrecemos a nuestros amigos

la que acuñamos

para el amor la queja

la lisonja

moneda de sol

o de plata

o moneda falsa

en ella nos miramos

para saber quiénes somos

nuestro oficio

y raza

refleja nuestro yo

nuestra tribu

profundo espejo

y cuando es alegría y angustia

y los vastos cielos y el verde follaje

y la tierra que canta

entonces ese vuelo de palabras

es la poesía

puede ser la poesía.

 

 

José Watanabe

 

El lenguado

 

Soy
lo gris contra lo gris. Mi vida
depende de copiar incansablemente
el color de la arena,
pero ese truco sutil
que me permite comer y burlar enemigos
me ha deformado. He perdido la simetría
de los animales bellos, mis ojos
y mis narices
han virado hacia un mismo lado del rostro. Soy
un pequeño monstruo invisible
tendido siempre sobre el lecho del mar.
Las breves anchovetas que pasan a mi lado
creen que las devora
una agitación de arena
y los grandes depredadores me rozan sin percibir
mi miedo. El miedo circulará siempre en mi cuerpo
como otra sangre. Mi cuerpo no es mucho. Soy
una palada de órganos enterrados en la arena
y los bordes imperceptibles de mi carne
no están muy lejos.
A veces sueño que me expando
y ondulo como una llanura, sereno y sin miedo, y más grande
que los más grandes. Yo soy entonces
toda la arena, todo el vasto fondo marino.

 

 

Mónica Ojeda

 

Primera experiencia se la criatura sin rostro 

 

  1. El quebrado mundo

Como cuando me llovió un océano con la sangre de mis hermanos sobre el ancho lomo y levanté la conciencia hacia el centro del espejo. Así aprendí a respirar la primavera bajo la piel abierta de quienes alguna vez me amaron, y dije que ninguna imagen ni olor ni sonido articulado podría hacerme sentir nunca lo que era romperse encima de algo vivo | ninguna palabra podría comunicar el sentido de la fragilidad cayendo sobre la fuerza y bañándola de eso que la hace fuerte: la debilidad de los pétalos ardiendo el cielo, las raíces del relámpago encarnando el árbol. Toda la brutalidad estaba en la vida que era ternura empozada en la violencia, por eso el mundo se partía como los dientes de una casa enterrada en la herida de un niño.

 

José Manuel Arango

(Colombia 1937-2002)

 

XXIV

 

Paraíso

 

infancia

vuelta a encontrar, al morder una fruta

en su sabor olvidado

 

 

XXXVI

 

a veces

veo en mis manos las manos

de mi padre y mi voz

es la suya

 

un oscuro terror

me toca

 

quizá en la noche

sueño sus sueños

 

y la fria furia

y el recuerdo de lugares no vistos

 

son él, repitiéndose

soy él, que vuelve

 

cara detenida de mi padre

bajo la piel, sobre los huesos de mi cara

 

 

María Paz Guerrero

(Colombia 1982)

 

Descarga su peso sobre las horas 

 

como si el atardecer

torbellino,

como si la vista desde el piso octavo

lo acercara a Marina

79 años

se desploma contra el césped

se parte los dientes.

En al ascensor Marina

le agradece a Dios

y tapa su boca mueca

 

*

 

Desde el piso octavo busca historias:

Antes, la sangre de Marina era

el ciclo solar de su cuerpo.

Ahora la mano temblorosa

arranca un diente

y esta nueva sangre

le recuerda cómo la carne

-no solo el iris, ni el tiempo-

también se parte

 

 

OCEAN VUONG

(Vietnam 1988)

 

 “Día de Acción de Gracias 2006”

 

Brooklyn está muy frío esta noche
y todos mis amigos están a tres años de distancia.
Mi madre dijo que podría ser cualquier cosa
que quisiera –pero yo escogí vivir.
En las escaleras de un viejo edificio
brilla un cigarro, luego se desvanece.
Camino hacia él: una navaja
afilada de silencio.
Su mentón dibujado por el humo.
La boca por donde vuelvo
a la ciudad. Extraño, palpable
eco, he aquí mi mano, llena de sangre delgada
como las lágrimas de una viuda. Estoy listo.
Estoy listo para ser todos los animales
a los que abandonas.

 

 

Camila Sosa Villada

(Argentina 1982)

 

instrucciones para mi muerte 1

 

en mi epitafio debería leerse:
aquí yace carne de arrabal que fue pudriéndose en vida,
todo su cuerpo estaba lleno
de pequeñas pero insoslayables cicatrices,
su pelo era oscuro y estaba un poco seco.
vivió como una dragqueen las veinticuatro horas del día,
fue travesti hasta la muerte.
pensaba que el mundo era profundamente homosexual.
creyó.
tuvo una profunda fe, hecha de antiguas decepciones.
creyó en la vegetación, en las selvas,
en las porciones vírgenes de la tierra,
creyó en un corazón-imán que nos mantiene atados
a este planeta y a este destino,
creyó en el destino y en el azar,
creyó en la muerte,
en los hombres que amó aun cuando mintieran,
tenía fe ciega en que siempre es más noble
la mentira de vivir en otro mundo,
que la miserable verdad que nos da como limosna el capitalismo.
creyó en sí misma, se conoció,
se tomó el corazón con la mano y le cosió la palabra: resiste.
creyó en la resistencia, en lo salvaje,
en las mujeres salvajes,
en los territorios salvajes donde se muerde y se lame
para decir lo mismo.
creyó en la ternura, en el precio de la ternura,
creyó en la fiebre, en el dolor, en la vejez
y en la rabia.
fue rabia contundente, indomable y necesaria.
creyó y amó e hizo daño como cualquiera
aunque eso no justifique ninguna de estas tres estupideces.
sobre el final de su vida fue escabulléndose en su idea de sí misma,
fue encontrando una madre y un padre en su propio pecho.
un asilo para ella y su infancia, como las carpas que se hacen de niños
en el patio de la casa.
quiso ser madre y tuvo madera para serlo
pero en los dados fue desafortunada.
como hechos significativos logró colgarse de un trapecio,
visitó finlandia y sólo finlandia,
fue actriz y prostituta,
le costaba diferenciar en qué momento era una
y en qué momento era la otra.
conoció el mar a los 30 años y quedó sangrando.
escuchó buena música y se traicionó,
una y otra vez, una y otra vez,
como si una vez fuera demasiado poco.
a las cartas de amor las comenzaba pidiendo perdón,
su último amor fue es y será el único.
no gustaba a los hombres, pero les sacudía el espíritu.
ya lo decía el blues: nadie es perfecto porque nadie es libre,
los desengaños amorosos ajaron su carne,
resecaron su corazón y le cambiaron la índole:
su dulzura se agrió.
le llevó toda la vida reconciliarse con su padres.
la razón de su cansancio eran 33 años
de la más agresiva resistencia a todo.
le gustaba sonreír pero no le gustaban sus dientes.
el público fue el esposo que decidió conservar.
con la tristeza bailaba todos los días el vals.
murió feliz pronunciando los nombres de sus amigos,
hizo cruzar sus recuerdos hasta el más allá.
para justificar su carne le bastaba
una foto de niño en la que se revelaba
que el mundo debía tratarlo con más piedad.

 

Alda Merini

(Italia 1931-2009)

 

El rostro

 

Vieras el rostro de mi alma
cuando te veo y tiemblo
y se vuelve hoja de escucha.
Vieras el dedo de mi corazón
que te indica caminos desconocidos.
Vieras mi amor
que es tierno hijo
que crece sin padre

 

 

Jaime Gil de Biedma

(España 1929-1990)

 

No volveré a ser joven.

 

Que la vida iba en serio
uno lo empieza a comprender más tarde
-como todos los jóvenes, yo vine
a llevarme la vida por delante.

Dejar huella quería
y marcharme entre aplausos
-envejecer, morir, eran tan solo
las dimensiones del teatro.

Pero ha pasado el tiempo
y la verdad desagradable asoma:
envejecer, morir,
es el único argumento de la obra.

 

 

Cecilia Meireles

(Brasil 1901-1964)

 

Timidez

 

Me basta un pequeño gesto
hecho de lejos, muy leve,
para que vengas conmigo,
para que siempre te lleve.Sólo ese, yo no lo haré.

Una palabra caída
de las montañas de instantes
desmancha todos los mares,
une tierras muy distantes.

Palabra que no diré.

Para que tú me adivines
entre vientos taciturnos
apago mis pensamientos
visto ropajes nocturnos

Que amargamente inventé.

Y mientras no me descubres
van los mundos navegando
en aires ciertos del tiempo
hasta no se sabe cuándo…

Y un día me acabaré.

 

Rosario Castellanos

(México 1925-1974)

 

Desamor

 

Me vio como se mira al través de un cristal
o del aire
o de nada.

Y entonces supe: yo no estaba allí
ni en ninguna otra parte
ni había estado nunca ni estaría.

Y fui como el que muere en la epidemia,
sin identificar, y es arrojado
a la fosa común.

 

Destino

 

Matamos lo que amamos. Lo demás
no ha estado vivo nunca.
Ninguno está tan cerca. A ningún otro hiere
un olvido, una ausencia, a veces menos.
Matamos lo que amamos. ¡Que cese ya esta asfixia
de respirar con un pulmón ajeno!
El aire no es bastante
para los dos. Y no basta la tierra
para los cuerpos juntos
y la ración de la esperanza es poca
y el dolor no se puede compartir.

El hombre es animal de soledades,
ciervo con una flecha en el ijar
que huye y se desangra.

¡Ah! pero el odio, su fijeza insomne
de pupilas de vidrio; su actitud
que es a la vez reposo y amenaza.

El ciervo va a beber y en el agua aparece
el reflejo de un tigre.
El ciervo bebe el agua y la imagen. Se vuelve
– antes que lo devoren –  ( cómplice, fascinado )
igual a su enemigo.

Damos la vida sólo a lo que odiamos.

 

Diana Bellessi

(Argentina 1946)

Un lugar en el mundo

 

Habiendo visto al biguá de ébano con su pico blanco
bucear en las orillas sumergiéndose en arco pálido
para desaparecer luego bajo el leonado río
cuando la noche llega, me pregunto qué más nos queda
que no sea la apreciación de tal belleza ganada
poco a poco en la necesaria invención de los años
para dar a su cuerpo y a sus gestos el movimiento
preciso, y no es un atleta, es un biguá único
y cualquiera atravesando el río bajo la uña fina
de la luna en este anochecer donde yo me pregunto
qué merecemos, qué afinamos nosotros en la campana
del mundo y me digo: la apreciación, mientras recuerdo
la otra cara insatisfecha reclamando un poder
que es inmolación, inhábil tratativa con el tiempo
o belleza de la acumulación que nos deja huérfanos
de la propia vida, no gastada en la superficie
sedosa del agua sin guardarnos nada para luego
dejarnos ir en esa oscuridad sin fin de la noche
como los peces que come el biguá, como el biguá mismo
a quien devora el río mientras aprecio su perfección

 

 

Weil_Simone_-_La_Iliada_O_El_Poema_De_La_Fuerza.351224702

 

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