La banca fút-bowl: Anderson Alarcón Plaza

Anderson Alarcón Plaza

(Funza, 1995)

 

Escritor y docente de literatura. Su trabajo narrativo suele acoger los artificios del realismo sucio y la escritura negra, lindando así con la ironía, la acidez y la crudeza propias de la acción humana más común y corriente. Pronto será público Superación personal, su primer libro de relatos.

 

 

Trabajo sucio

 

El Argentino tendría menos de catorce años cuando apareció de la nada por el estadio y nos dio tres vueltas con un balón malísimo que pateábamos todos los lunes después del colegio. Muchos de nosotros, hasta ese día, nos limitábamos a tirarnos patadas y a correr como ciegos detrás de la bocha, sin siquiera pensar en qué era lo que queríamos hacer. Los primeros tres goles que nos encajó ese niño rubio, flaquito y mucho más alto que todos nosotros, fueron la mejor lección de fútbol que recibimos en la vida. El primero fue una volea, el segundo fue de chilena y el tercero llegó luego de una asistencia suya adornada con una pirueta que después todo el mundo empezó a llamar “rabona”.

 

A lo largo de ese primer recital, de esa ópera prima que le ofreció a nuestros ojos vírgenes, nadie dudó en llamarlo Argentino, porque su camiseta de la albiceleste y sus movimientos de ballet no nos dejaron otra opción. Él se metió a nuestro equipo con la plena convicción de que nadie lo sacaría de la cancha a pesar de ser un extraño y desde ese momento nunca nadie quiso verlo ni en la banca ni en otro barrio. El Argentino era nuestro y esa riqueza hecha carne no podría quitárnosla nadie.

 

Lo mejor era escucharlo hablar. No solo su porte y su camiseta eran argentinos, su acento y sus palabras también le daban ese toque elegante que ninguno de nosotros llegó siquiera a imitar. Su voseo era magnífico, igual que los besos que nos daba en la mejilla al llegar y al irse. Todo eso nos cambió la vida, teniendo en cuenta que nunca antes a ninguno de nosotros se le hubiera ocurrido ni besar a un hombre ni tratarlo de “tú” ni de “vos”. Al Argentino le debemos muchas palabras y sobre todo el fortalecimiento de nuestra hombría a través de ese cariño fraternal suyo que para nosotros, de otra manera, nunca habría llegado.

 

No exagero cuando digo que el tiempo se nos partió en dos. Hubo un periodo de nuestro equipo dominado por los patadura como yo y otra época mucho más grande, mucho más vistosa que empezó con El Argentino y que terminó también con él, unos meses después de su llegada. Eso sí, el solo hecho de tenerlo con nosotros mejoró cada una de nuestras líneas. En el arco estábamos tranquilos porque el Negro Rodríguez era una araña que no dejaba escapar ni las moscas. Los centrales, que eran el gordo Aristizábal y su hermano menor, siempre fueron una muralla. Por las bandas no estábamos tan mal: los gemelos León se sincronizaban para bajar y para subir y nos daban buen balance. El medio siempre fue el problema, aunque el trabajo sucio nos salía bien de vez en cuando y con eso bastaba. Adelante, en la punta, teníamos al indio Pascagaza, a la Roca Moreno y al Argentino, siempre vivarachos y dispuestos a bajar trotando con la marca.

 

Al que no teníamos dentro de la nómina era a ese ente externo que nos tiraba porras desde las gradas y que terminó siendo el gusano en la manzana de esa tromba nuestra que pintaba para grandes cosas. Para el caso, el gusano vendría siendo una especie de lombriz, un bicho delgadito y medio enfermizo que se le metió por los ojos a nuestra estrella. Se llamaba Yoselín, era rubia y no tenía ni idea de lo que hacíamos en el rectángulo de juego, pero se nos lanzaba encima, sin falta, cada vez que hacíamos un gol.

 

Yoselín era la hija de nuestro único patrocinador, el dueño de Supermercados Valderrama, un aficionado que nos observaba siempre a lo lejos y, una vez al año, nos regalaba los uniformes. El señor Valderrama no era el más entusiasta, así que nunca recibimos de parte suya más que una o dos puteadas cuando nos relajábamos y nos metían más de cuatro goles.

 

Apenas pasaron dos meses desde que El Argentino se incorporó a nuestro equipo y ya estábamos pensando en cosas más grandes: armar un club, presentarnos como equipo de tercera división y escalar hasta la primera para empezar una fiesta magnífica, hecha por los de abajo y con los de abajo. Sin embargo, sin darse cuenta tal vez, Yoselín arreció sus ataques contra la estrella y juntos vimos cómo, de a poco, se nos fue apagando esa ilusión infantil y sin sustento alguno que todos ya parecíamos palpar, aún cuando nada estaba hecho.

 

El primer gran lío fue verlos tomados de la mano y, aunque eso no llegaba a
afectarnos directamente, empezamos a generar supuestos bastante ociosos y alejados de la realidad. Por ejemplo, llegamos a pensar que el carácter enfermizo de Yoselín podría infectar al Argentino y que, después de eso, ya no llegaría a rendir de la misma manera. Por otra parte, los besos y los toqueteos eran cada vez más incómodos. Nosotros, claro, respetábamos los gustos de la estrella, pero aún no lográbamos entender porqué su elección había sido tan baja, tan cercana a lo mediocre.

 

La debacle definitiva llegó, sin embargo, un par de semanas después de los primeros besos. El Argentino, un día, con los ojos rojos y las manos llenas de mordiscos, nos pidió quedarse en la banca. La sorpresa no fue grande, pues todos sospechábamos lo del rompimiento. Nadie protestó ni nadie hizo preguntas, pero todos salimos con el corazón roto a afrontar un partido que, de seguro, íbamos a perder por goleada.

 

Los motivos siempre fueron oscuros y ninguno de los nuestros quiso saber más de la cuenta. Algunos culpaban a la estrella, otros a la hija del señor Valderrama. Yo, único poseedor de la verdad, siempre supe que todo fue culpa mía.

 

Desde hace algún tiempo había tomado la decisión: acabaría las cosas de manera única y definitiva. Yoselín, días antes, ya había dado muestras de cansancio frente a todo lo que implicaba estar cerca de un jugador de tamaña importancia. A lo lejos pude notar la forma en que huía para no tener que acompañarlo a los entrenamientos, incluso llegué a escuchar algunos de los berrinches en los que le exigió quedarse con ella, en la tienda de su papá, en lugar de ir con nosotros al potrero.

 

¿Qué más podía hacer yo? Los bajonazos anímicos de nuestro delantero estaban afectándonos de manera directa: llevábamos tres partidos en línea sin meter un gol. El indio Pascagaza hacía lo suyo: desbordaba y tiraba centros. La roca Moreno hacía lo posible por cabecear. El Argentino, por el contrario, a penas si lograba arrastrarse por el campo. La situación era insostenible.

 

En una de esas peleas que parecían ser definitivas, El Argentino evadió sus
responsabilidades para con Yoselín y se escabulló hacia la cancha. En la tienda del señor Valderrama encontré a la razón de nuestro rendimiento de mierda y la besé. Ella quedó prendada. Yo sentí un asco profundo, pero fortalecí mi treta con tres o cuatro palabras de consuelo y todo funcionó. Ella confesó su amor previo por mí, por el líder, por el capitán, por el “hombre al mando”, y esa misma noche terminó con el único motivo por el que a nosotros, un grupete de mediocres, se nos llegó a considerar como un equipo de mediana proyección.

 

Las marcas que todos notaron en las manos de El Argentino fueron mi culpa. Los ojos rojos y la suplencia, en el día posterior al fin de su relación con Yoselín, fueron de entera responsabilidad suya. Yo traté de evadir el conflicto, pero nunca lo logré. La estrella, con toda la carga gaucha de su sangre, me golpeó en los dientes un par de veces de manera más bien sosa, sin rabia alguna, antes de entrar a la cancha. Nadie nos vio.

 

Al día siguiente, lo esperamos durante un buen rato, pero nunca volvió a aparecerse. El indio Pascagaza decidió ir tras él para al fin cumplir una especie de sueño austral que lo acampañaba desde niño. Nunca supimos si lo logró. A mí se me rompieron los ligamentos un tiempo después y nunca volví a tocar la cancha. Yoselín aún es mi mujer. Algunas veces, cuando yo no estoy, la gente me ha dicho que mi esposa aún canta el tango que El Argentino alguna vez le tarareó. Aún lo respeto tanto que de ninguna manera me atrevería a confirmarlo.

 

 

 

La Banca Fút-Bowl es un rincón en donde nos jugamos con dos de nuestras pasiones: el fútbol y la literatura; por tanto, es un espacio para ofrecer el mejor toque toque posible entre las palabras y el balón. El relato que te compartimos hoy fue publicado por primera vez en La soledad de las jirafas. Antología de cuentos colombianos recientes (2021).

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