Narrativa y ficción de Argentina: Maximiliano Gómez

Maximiliano Gómez

(Córdoba, Argentina, 1989)

Es un narrador fresco, que se interesa en la literatura fantástica, la ciencia ficción y la divulgación de la cultura y la lengua de los pueblos indígenas argentinos. Recientemente publicó Nuevo mundo. En esta ocasión, seleccionamos El señor pandemia, que reflexiona sobre la actual contingencia sanitaria.

 

 

El señor pandemia

 

 

El señor pandemia era real; y lo había descubierto Carmela Escurra, hermana de la parroquia de San José, en Córdoba, y miembro de la comunidad apostólica de las hermanas dominicas.

 

 

El señor pandemia había venido de otra dimensión. Carmela bien lo sabía, aunque no entendía cómo ni de qué dimensión había venido a parar a su bendito mundo.

 

 

Carmela, a sus sesenta años, había dedicado buena parte de su vida al servicio de Dios y a la que, tiempo atrás, creía la causa más apremiante y justa: el servicio a la comunidad a través de la palabra de Dios.

 

 

Su educación, esencialmente católica y tradicional desde pequeña por parte de su adusto pero respetable y honorable padre (y el amor hacia él), había influido directamente en su decisión de dedicar su vida a la honorable causa. Le había dado el sentido que tanto había buscado en su adolescencia a su vida (etapa en la que se había apartado un poco de las enseñanzas bíblicas que obtuvo de pequeña; pero que, irónicamente, gracias a aquel apartamiento es que pudo darse cuenta de aquel sentido y pudo, así, volver a sus orígenes). Entonces se unió a la congregación de las hermanas dominicas y encontró así su rumbo y le dio el sentido tan buscado a su vida.

 

 

O así lo creía hasta ahora.

 

 

Hasta hacía unos años. Cuando comenzó a tener aquellas alteraciones que tanto temía. Recordaba que una compañera, más dedicada a las labores manuales que mentales, que había tenido al comienzo de su intrusión en el mundo de las dominicas, le había dicho que tanto estudiar «la volvería loca». Carmela sintió pánico luego de aquello; pero no pudo dejar de hacerlo, en efecto. Su naturaleza era esa; no solo estudiaba la palabra de Dios, sino que no paraba de absorber todo tipo de conocimiento generado por el hombre y transmitido a las letras: leía artículos de ciencia (aunque a veces aquellos se contrapusieran a los preceptos religiosos que le habían dado sentido a su vida, no le interesaba; bien sabía ella que todas eran conjeturas y ella no se limitaba a conocerlas como lo hacían algunas de sus compañeras. Su fe era inquebrantable —hacía un tiempo, al menos—), leía mucho sobre historia; hasta, incluso, leía artículos de metafísica; a escondidas en sus ratos libres a través de su notebook. Desde niña había sido de naturaleza inquisidora. No paraba de leer la biblia, antaño, pero tampoco paraba de leer literatura de ficción y no ficción en general… Su padre, una vez, le había dicho también, que algún día podía volverse loca de tanto leer (hasta a veces la tildaba de perezosa por no realizar labores en el hogar para no dejar de leer —pecados que en aquellos entonces se permitía, luego lamentaba, luego se volvía a permitir; era inevitable—); en aquella ocasión había tomado lo que había dicho su honorable padre como una buena advertencia (como todas las venidas de aquel sabio hombre) pero, la verdad era, que realmente no le había importado del todo.

 

 

Pero que se lo dijeran una segunda vez en su vida, y una persona que poco conocía, era ya otra cosa. Además, aquella advertencia incrementaba el temor que había nacido en ella, no por la advertencia de su padre, sino muy posterior a ella: cuando había leído en un libro que la locura, en ocasiones, se heredaba. Pues, había sentido pánico entonces.

 

 

Carmela escondía un secreto; que bien lo cobijaba por vergüenza, bien por dolor, bien por respeto y bien porque era lo que más temía en el mundo: terminar igual que su madre. Nunca contó la verdadera razón a sus hermanas del suicidio de su madre. No les había mentido, porque eso es pecado, desde ya, pero había «omitido» cierta información. Cuando le preguntaban acerca de su madre, simplemente decía con cierto dolor en su semblante, que aquella se había suicidado (había ido al infierno, lamentablemente —aunque ahora lo dudaba—) pues tenía un dolor insoportable por la muerte de su primogénito cuando muy niño (el hermano mayor nunca conocido por Carmela) y aquello había llevado a que la pobre tomara aquella desacertada decisión. «Un espíritu débil y corrompido por Satanás a través del dolor, sin duda», decía ella, lamentándolo. Lo que Carmela omitía al hablar de aquel tema era que su madre había sido diagnosticada de esquizofrenia.

 

 

El suicidio de su madre, cuando ella era aún una adolescente, había marcado un antes y un después en su vida, por supuesto (temía que era aquel drástico acontecimiento el que la había llevado a descarriarse del camino de Dios para luego volver con más fuerza y firmeza a él). Había averiguado mucho sobre aquella enfermedad que se había transformado, desde entonces, en Satanás personificado para Carmela. Y sabía, de buen grado, que aquella era hereditable.

 

 

Entonces, su padre era todo lo que estaba bien (el camino correcto, la sabiduría, el camino de Dios, LA CORDURA) y su madre, aunque llanamente lo lamentaba, se había transformado en todo lo que estaba mal (el dolor, el pecado, las malas decisiones, LA LOCURA).

 

 

Y temía mucho terminar como ella. Era su miedo secreto más grande. Era la fuerza más grande que la manejaba, más que la mismísima fe en Dios…

 

 

Pero, era inevitable para ella seguir adquiriendo conocimiento (pues una vez que empezabas, pensaba ella, era imposible dejarlo… casi como el adicto a la heroína o el mismísimo hombre, en su naturaleza, al pecado original). Era casi un imposible. Y ella se había hecho débil. Luego ya no le importó más seguir el buen camino (el de Dios, el de la cordura, el de su padre) y se entregó, como el hombre a los mundanos pecados, al conocimiento. A la lectura (y en ella, a la metafísica también). A las tantas conjeturas que lograba gracias a ella. Y empezó a ver más allá, como se temía. A ver donde antes pensaba que no debía hacerlo.

 

 

Empezó a ver «cosas» que la hicieron temer que había heredado la locura de su madre y nada podía hacer contra ello.

 

 

Empezó a ver seres que solo ella veía; a los que primero adjudicó la malevolencia y la benevolencia, demonios y ángeles respectivamente. Luego se dio cuenta que la existencia de estos iba más allá del concepto del bien y el mal que su fe le brindaba como únicos dos polos; lo blanco o lo negro. Había matices, entendió en sus pensamientos ya por demás pecaminosos (algo que ya había perdido importancia).

 

 

Y había un mal que acechaba a la humanidad por entonces, la pandemia del Coronavirus. Un virus que había nacido en China y se había esparcido por el mundo, matando a millones de personas pero, el hecho más grande que traía consigo, era la amenaza inminente del cambio drástico de la humanidad en su manera de llevar la vida, y en todos los aspectos que se la abordara, como desde hacía mucho no se daba. Esos cambios repentinos y radicales de paradigmas que Carmela, hasta entonces, solo había experimentado a través de libros de historia.

 

 

Pero ahora, lo había visto. Y de tanto leer había recogido datos concretos: había artículos no oficiales en la web que relataban avistamientos de personas a lo largo de la historia de él (en ellos, se lo describía tal cual)… En los años de la peste bubónica, en los de la viruela y el sarampión (sobre todo, ya que habían sido las pandemias más terribles de la historia) y, hasta incluso, testimonios más recientes, de la década de los ochenta, de enfermos de un padecimiento muy actual como el traído por el virus del HIV (enfermedad que su comunidad había atribuido al pecado de la homosexualidad, pero que Carmela no compartía en absoluto).

 

 

El señor pandemia era real: era una silueta negra que recorría el mundo conocido de punta a punta y tenía unos dientes filosos que los exhibía en una sonrisa irascible y de satisfacción cuando un virus hacía el efecto que él esperaba; y andaba de acá para allá, susurrando a los oídos de las personas para que sintieran más temor, desesperanza, psicosis o incluso a los que, contrariamente, le perdían cierto respeto al mortal bicho. Sobre todo estaba ahí presente y se hacía ver ante los padecientes de cierto virus pandémico justo antes de que dieran su último estertor. Solo ellos habían tenido la desdicha de conocerlo, y algún que otro loco como Carmela… Tenía además una alta galera negra que se sacaba luego de sonreír, satisfecho, por lo que veía y dando su saludo mortal («Chapeau»). Aquel ser, bien sabía Carmela, como muchas entidades desconocidas que deambulan nuestro mundo y tienen mucha energía y poder, era tan viejo como el mismo universo conocido (y ya no atribuía al diablo ni a nada creado por lo expuesto por su fe, por su antigua fe… la que había dejado atrás ya, luego de tanto conocimiento, luego de tanto ver). Pues no era la única entidad que Carmela había visto en su vida y los demás no, «El señor pandemia». Pero por todas ellas había guardado silencio.

 

 

Hasta que explotó. Hasta que le contó a sus hermanas, a su superiora. Cuando, gracias a la pandemia actual, El señor de la galera, veía, deambulaba todo el tiempo de acá para allá satisfecho con su labor. Otro virus, otra pandemia mundial (potenciada ahora por el altísimo grado de globalización que había alcanzado la civilización humana); estaba teniendo más trabajo que nunca. De hecho, Carmela lo vio pasar por encima del patio de su convento en dos ocasiones (aquellas en las que se enteró que habían muerto dos ancianos en frente del convento por culpa del Coronavirus).

 

 

Y ahora lo veía enfrente de ella sonriéndole en aquella particular sonrisa suya, burlona y exhibiendo los dientes, mientras flotaba en el aire (el aire que a él le gustaba, con olorcito a pandemia, a desesperación, a desesperanza, a virus mortales yendo y viniendo), mientras Carmela, fuera de sí (al igual, seguramente —aunque poco le importaba ya—, que su madre en algunos cuántos momentos antes de la drástica decisión de quitarse la vida) forzaba contra las manos de sus compañeras del convento que la tomaban por sus vestiduras y por sus brazos con fuerza a la escucha de la hermana superiora que ya había dado el aviso de que había arribado la ambulancia para llevarse a Carmela al loquero.

 

 

—¡El señor pandemia es real! —gritaba desesperada en un hilo de voz— ¡Y está flotando enfrente nuestro, satisfecho con su labor, exhibiendo su sucia dentadura mientras ustedes me llaman loca!

 

 

Luego se largó a llorar, desesperada; mientras, antes de que sus «hermanas» la sacaran del patio y la llevaran a la ambulancia (luego de ser dormida por una inyección calmante), lo último que veía era a aquel ser sacarse la galera e inclinarse lleno de satisfacción por el espectáculo que estaba generando. «¡Chapeau!».

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