Narrativa y ficción de Chile: Gonzalo Drago

Gonzalo Drago

(San Fernando, 1906-1994)

 

Fue un narrador y crítico literario. Su obra refleja la vida cotidiana de los pueblos y las zonas pobres de Chile.

Ganado cuyano

 

Una mañana de otoño, presagiosa de tempes­tad, el capataz de la cuadrilla del F. C. Transan­dino en el campamento Portillo, llamó al peón Rogelio Gallardo para participarle la noticia:

 

—De Los Andes avisaron por teléfono que tu madre está enferma en el hospital. Quiere verte. Dice que vayas mañana sin falta en el primer tren de bajada.

 

Rogelio recibió la noticia en silencio, pero en su rostro apareció una súbita ansiedad, denuncia­dora de su congoja interior. Sus labios temblaron ligeramente, a pesar de sus esfuerzos por apare­cer sereno frente a la fría mirada del capataz, cuando examinándose las manos con gesto inde­finible, masculló entre dientes su único comen­tario:

 

—En el primer tren de bajada me voy.

En aquel momento un viento huracanado, rabioso, silbó en la catenaria y empezó a levantar olas de nieve, arrojándola sobre la vía que ya es­taba expedita y azotando los rostros huraños de los hombres. Las cuadrillas limpiadoras, protegi­das con ropa de hule y suestes marineros, se aba­lanzaron sobre sus herramientas, hostigados por la bronca voz del capataz que dominaba los aulli­dos del viento, y hundieron sus palas anchas con vigoroso impulso en el estéril vientre de la nieve.

 

Rogelio trabajaba rabiosamente. De buenas ga­nas hubiera arrojado su pala y echado a correr cerro abajo, siguiendo la vía férrea hasta llegar a Los Andes, si esto fuera posible, para estar pron­to al lado de su madre. Era preciso esperar el paso del “ganadero”. Es cierto que era prohibido viajar en aquel tren, pero haría una tentativa pa­ra embarcarse. Si lograba su objetivo, estaría con su madre a la mañana siguiente.

 

Aquella noche, en lugar de irse a su camarote, Rogelio se retrepó en la puerta del edificio, en­vuelto en su manta de castilla, con un cigarrillo en los labios amoratados por el frío, esperando que pasara el “ganadero”. En la cordillera, la pasada de los trenes por las estaciones ferroviarias no tiene itinerario fijo. Todo depende de las cir­cunstancias. Un simple y pequeño rodado sobre la vía, el recalentamiento de los ejes que obliga a paradillas intermitentes y cualquier otro moti­vo imprevisto, ocasionan atrasos considerables. Rogelio sabía esto por experiencia. El “ganadero” estaba anunciado en Portillo para la media noche, pero nadie podía asegurar la hora exacta de su arribo.

 

La noche cordillerana, silenciosa, pura, circun­daba al muchacho. Arriba, a trechos, las estrellas temblaban bajo la inmensa carpa de un cielo de carbón. A la distancia, la laguna del Inca, como una inmensa pupila de la tierra, brillaba levemen­te con el plateado resplandor de la luna nueva que asomaba sus cuernos de plata entre los des­garrones de las nubes, encima de un picacho ne­vado.

 

El frío era intenso. Rogelio sentía los pies y las manos ateridos, las pupilas acuosas, las me­jillas tensas, los labios agrietados. Evocaba la ma­gra silueta de su madre, coronada de canas, y un premioso sentimiento filial ascendía desde su corazón y anclaba en su garganta. Deseaba verla, abrazarla, besarla como cuando era pequeño, un débil animalillo indefenso que buscaba la protec­ción maternal. Ella era todo lo que tenía en el mundo; el único lazo humano, la única palabra bondadosa que había escuchado en su vida de auténtico proletario.

 

Cuando Rogelio Gallardo evocaba su pasado, sentía un negro malestar y una marea viscosa le empañaba las pupilas. Le era odioso el recuerdo del conventillo infecto, de las rameras pobres y de los hampones del suburbio en el barrio Mata­dero de Santiago. Su niñez herida por la miseria aparecíasele como algo lejano y candente que, sin embargo, perduraba en sus recuerdos tenazmente, resistiendo al tiempo y al olvido. Era imposible olvidar a la madre enferma inclinada sobre la ar­tesa para enfrentarse con la vida. Era imposible arrancarse de la memoria la sórdida cavidad del conventillo estremecido por los gritos y blasfemias de los borrachos. Y era imposible, también, olvi­dar el hambre que había torturado su corazón de niño.

 

En todo su pasado, en todas las escenas pre­téritas, aparecía la dulce y resignada presencia de su madre, cocinando, lavando, barriendo, siempre en movimiento, ausente para toda actitud de re­poso. Y ahora, de improviso, cuando menos lo esperaba, la escueta noticia del capataz: “Tu ma­dre está enferma. Dice que desea verte”.

 

El tiempo transcurría lentamente para su ansie­dad y el tren no aparecía. Calculaba que ya era más de la medianoche. El sueño pesaba sobre sus párpados y el frío comenzaba a hacérsele insopor­table, cuando sintió en la lejanía el inconfundible resoplar del convoy que se aproximaba entre las sombras. Era un rumor de esfuerzo, acompañado de un delgado silbido de la caldera ahíta de vapor. El tren se aproximaba lento, cauteloso, horadando la noche con su potente pupila eléctrica, semejan­te a un monstruo palpitante, rechinando sobre la cremallera. La máquina, al detenerse, continuó re­soplando, como un animal cansado. El maquinista, con la cabeza envuelta en su coipa con orejeras y la garganta protegida por una gruesa bufanda, asomó su cabeza absurda por la ventanilla de la locomotora para inquirir noticias sobre el estado de la vía, escrutando el firmamento con sus ojillos in­quisidores, habituados a sorprender los inesperados cambios de tiempo en la montaña.

 

Mientras tanto, el ganado se revolvía en los va­gones, impaciente, torturado, levantando la cabe­za y mirando hacia el exterior con sus grandes ojos asombrados. Con el brusco sacudimiento de la detención del convoy, se oyeron golpes y algu­nos vacunos pugnaban por salir, presionando con todas sus fuerzas contra las gruesas tablas de las rejas.

 

De pronto, un mugido prolongado horadó el silencio de la noche serrana y se fue saltando de cerro en cerro hasta caer vencido en la distancia. Era un grito casi humano, acusador, que debió escucharse en las estrellas. Y como si aquel mugido fuera la voz de alarma, de todos los vagones comenzaron a emigrar bramidos delirantes, voces de angustia y de impotencia frente a la sorda impasibilidad de los hombres. La noche herida des­pertó sobresaltada. Poco a poco, en descenso, fue­ron apagándose los acordes de la negra sinfonía. Luego, sólo se escuchó un resignado manotear dentro de los vagones y sordos lamentos de los animales heridos en el largo trayecto desde las pampas argentinas.

 

Rogelio, presuroso, dirigiose al final del convoy. Allí, en su caseta, encontró al conductor del tren ganadero conversando con su ayudante. Expuso su petición con palabras temblorosas de frío y emoción. Deseaba llegar a Los Andes aquella mis­ma noche para visitar a su madre enferma. Se es­taba muriendo en un hospital. A lo mejor ya ha­bía muerto y quería verla antes que la sepultaran. Él no pedía que lo llevaran gratuitamente. Si era preciso, pagaría lo que le pidieran. El conductor, sin conmoverse, lo escuchaba con el ceño frunci­do y rechazó su petición con nerviosos argumen­tos.

 

—No, compadre. Hace tiempo me metí en un lío. Llevé a un fulano a Los Andes y resultó que había muerto a un cristiano en Caracoles. Además, aunque quisiera, no estoy autorizado para hacerlo. Los reglamentos son severos. Si lo llevo a usted, todos van a querer que los llevemos en el gana­dero cuando se les antoje. Mañana pasa la combi­nación de pasajeros; váyase en ella, compañero,

—Es que la combinación llega mañana en la noche a Los Andes y ya puede ser demasiado tar­de.

—Imposible. No puedo hacer nada. Buenas noches.

El muchacho, aparentemente resignado, se re­tiró temblando de ira, mascullando blasfemias contra el conductor emperrado.

“Sinvergüenza. Para llevarme a mí tiene miedo, pero apuesto a que lleva contrabando en la caseta. Por eso no me quiere llevar.”

 

Decidido, avanzó morosamente a lo largo del convoy, escrutando las sombras para descubrir al­gún vagón que le permitiera viajar sin peligro de ser aplastado. Todos los vagones estaban reple­tos. Empezaba a maldecir su suerte cuando descu­brió una reja con un pequeño espacio libre. Sin pérdida de tiempo extrajo el fierro que aseguraba la entrada, empujó la pesada puerta de acero, po­co a poco, anhelante, acechando hacia ambos la­dos, temeroso de ser descubierto, y cuando la aber­tura fue suficiente, penetró al interior con cautela, rechazando a puntapiés a los vacunos que pugna­ban por huir.Escurriéndose a lo largo de la pared del vagón, resbalando en el estiércol fresco y en los orines repugnantes, alcanzó uno de los rincones, donde permaneció inmóvil, con el corazón palpitando de ansiedad.

 

El convoy empezó a descender, rechinando, has­ta alcanzar el máximo de velocidad que le permi­tía la gradiente. Y entonces los vacunos comenza­ron a moverse y a vacilar sobre sus patas. Roncos bramidos horadaban el túnel de la noche. El con­voy, a ratos, deteníase sin causa justificada para el muchacho.

“¿A qué hora llegaremos a Los Andes”, se pre­guntaba angustiado.

“Lo menos a las tres de la mañana”, respon­díase a sí mismo, nutriéndose con la esperanza de estrechar a la anciana entre sus brazos y contem­plar su rostro arado por los años.

 

El sueño —enemigo solapado— acechaba al muchacho en el fondo de su ser, ablandando sus músculos, debilitando sus fuerzas, derramando ríos de laxitud en la roja hidrografía de sus venas. Rogelio sabía que no podía dormirse en aquel lu­gar, rodeado de bestias que a veces debía alejar a puntapiés. Además, el piso estaba cubierto por una espesa capa de fango putrefacto. Encendió un cigarrillo, y aquella pequeña estrella movible en la cavidad sombría del vagón lo acompañó silenciosamente como un amable y comprensivo compañero. Al débil resplandor de un fósforo pudo ver a un buey que lo observaba con ojos doloridos. De pronto, bruscas sacudidas le indicaron que el tren había entrado al tramo de curvas peligrosas. Los vacunos danzaban torpe­mente, resbalando en el piso húmedo, aferrándose con las pezuñas para mantenerse en pie. El he­cho de que el vagón no fuera completo era causa de que los animales carecieran de apoyo y a veces rodaran por el piso. Otras, estuvieron a punto de reventar al muchacho, que se defendía de la muer­te haciendo grotescos esguinces de torero impro­visado.

 

El frío se hacía más intenso con la madrugada. El sueño, semejante a un pájaro sombrío, batía sus alas fatídicas sobre su cuerpo claudicante. Ahora, debilitado por el esfuerzo, aterido por la baja temperatura, se arrepentía de haberse embarcado de “pavo”. Podría haber esperado un día más. Quizás su madre no estaba tan enferma como lo suponía y no habría sido necesaria tanta urgen­cia.

 

Dormitaba, cuando un violento sacudón del convoy lo arrojó de bruces sobre las astas de un vacuno. Un cuerno del animal penetró profun­damente en su cuerpo a la altura del estómago. Quiso gritar, pero en vez del grito se escapó de su boca un grueso chorro de sangre caliente, con la violencia de un grifo abierto.

 

Cuando el convoy llegó a Los Andes en aquella limpia madrugada de otoño, algunos hombres ru­dos y malhumorados se abalanzaron hacia las re­jas para obligar a descender al ganado, armados de largas picanas con un agudo clavo en uno de los extremos. Trabajaban aprisa. Necesitaban vaciar los vagones en el menor tiempo posible. Esa era la consigna. Daban golpes salvajes, como si se ven­garan en los animales de todas las humillaciones sufridas durante sus años de miseria.

 

Uno de los hombres, canijo, moreno, con la ca­beza protegida por un pequeño sombrero de ala levantada, a la usanza mendocina, hundió su pi­cana en el ojo de un buey que se negaba a des­cender con la prisa deseada. El ojo, vaciado, col­gaba balanceándose como un péndulo sangriento, mientras la bestia, horrorizada, avanzaba ciega, a saltos, enloquecida de espanto. Otro, mas allá, se daba a la tarea de golpear a un buey caído con un grueso garrote que manejaba con sádica crueldad.
El garrote, rabiosamente manejado por el ver­dugo, caía ahora sobre la cabeza del animal de­rrumbado. El castigo era implacable. El animal, haciendo un terrible esfuerzo que le arrancó sor­dos gemidos, se irguió tembloroso, vacilante, con el hocico abierto, por cuyos bordes se deslizaban hilillos de baba sanguinolenta.

 

Evacuado el ganado de las rejas, uno de los peones, revisando con su linterna el interior de un vagón vacío, descubrió un bulto informe que atrajo sus miradas. Creyó que podía ser el feto de una vaca. Pero aquello no era un ternero. Era un hombre. Nadie pudo reconocer en aquel mon­tón de harapos y de sangre a Rogelio Gallardo, peón caminero de la vía transandina.

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