Narrativa y ficción de Colombia: Soledad Acosta de Samper

Soledad Acosta de Samper

(Bogotá, 1833 – Ibid., 1913)

 

La capitalina Soledad Acosta de Samper es considerada la primera escritora profesional de Colombia. Como si fuera poco, su obra ha sido estudiada como precursora del feminismo y la libertad de creación de la mujer en la literatura nacional. Tal perspectiva se puede percibir en este relato que es considerado, al mismo tiempo, como el primer texto de ciencia ficción escrito en el país.

 

 

 

Bogotá en el año 2000: una pesadilla

 

“¡Pasarán los años y llegará otra época, otros usos, otras costumbres, nuevos vicios, distintas virtudes, [las futuras generaciones tendrán que sufrir mucho y también expiar mucho!]”. Esto pensaba yo en días pasados después de oír discutir con calor ciertas opiniones [de los nuevos filósofos], y con este pensamiento me entregué al sueño.

 

Soñé (como sucede a menudo) con aquello que me había preocupado; soñé que yo [no] era [yo sino] un personaje [diferente,] joven y al mismo tiempo anciano, [alegre y al mismo tiempo triste] (si el lector no me entiende achaque aquello a la profundidad de mi idea, profundidad tan insondable como la de muchos [poetas modernos y] pseudosabios). Como iba diciendo, soñé con cosas extrañas. Figúreme que llegaba [en una máquina alada] a una ciudad toda embaldosada de mármol[es y piedras de colores,] y repleta de altísimos monumentos, [cuyas cumbres se perdían entre las nubes.] Por todas partes veía grabadas estas palabras: Viva el siglo XXI. A pesar de todo reconocí a Bogotá, pero una Bogotá que rivalizaba con las ciudades más civilizadas [del extranjero que yo había visitado]. Acompañábame un caballero de edad madura, su esposa ídem, y varias [muchachas] hijas [de aquel matrimonio]. Seguramente veníamos de alguna provincia lejana, pues nuestros vestidos disonaban con los [espléndidos] de las personas que veíamos en las calles.

 

Entramos a una casa que mi compañero había mandado tomar para su familia; ricas alfombras, desde la entrada hasta el interior, cubrían el suelo; espléndidos muebles llenaban los aposentos y hasta en la cocina había enormes espejos y artísticos asientos y mesas. [Por todas partes brillaban luces; relojes movidos por electricidad daban las horas en todos los cuartos; se oían voces argentinas por todas partes, en lugar de timbres, al poner el dedo en los botones eléctricos.]

 

Mirábamos extasiados estas y otras maravillas, cuando sentimos que subían en un ascensor dos muchachas, vestidas de seda, cubiertas de joyas, con sombreros emplumados, [monocles en los ojos,] tenues velillos sobre la faz, guantes de color claro en las manos,(zapatillas de alto tacón en los pies que cubrían medias de seda, pues con elegante movimiento se levantaron el traje al bajar del ascensor).

 

La señora, [mi compañera,] se adelantó a recibir a las visitantes, las introdujo al salón y les ofreció los mejores asientos.

 

—Pido a usted mil perdones si he venido [algo] tarde [a la cita] —dijo una de ellas [con acento remilgado]—, pero aunque sabía que ustedes podrían necesitarnos a su llegada, no pude menos que entrar de paso a la Universidad Nacional para asistir a un curiosísimo ensayo que allí se hacía de un nuevo mineral.

—En cuanto a mí —añadió la otra con aire grave y circunspecto—, tuve precisión de llegar a las Cámaras legislativas, en donde se debatía una ley que me interesaba y acerca de la cual debería hablar una amiga mía.

 

Todos nos miramos mudos de asombro. [¡Aquellas preciosas niñas eran sabias y políticas!].El caballero, [viendo que su mujer no se atrevía a dirigir la palabra a aquellas cultísimas damas,] les preguntó, después de mil preámbulos y circunloquios a quiénes tenía el gusto de hablar.

 

Ellas entonces sacaron de unas elegantes carteras tarjetas doradas y las presentaron.

 

En la una se leía:

 

CLAVELLINA RAMÍREZ
COCINERA
(EDUCADA EN LAS ESCUELAS NACIONALES)

 

Y en la otra tarjeta:

 

PETUNIA CHAVES
FEMMEDE CHAMBRE
(ALUMNA DE LA UNIVERSIDAD NACIONAL Y DE LA ACADEMIA DE BELLAS ARTES)

 

Y mientras que leíamos [en silencio, mirándonos unos a otros con sorpresa], Clavellina añadió:

 

—Supimos [por un aviso en la Revista de las Ciencias,] que hoy llegaba una familia forastera a esta dirección, y que deseaba conseguir personas que quisiesen hacerse cargo de algunas faenas caseras…

 

[No bien hubo leído las tarjetas de las sirvientas, cuando] la señora de edad experimentó tal impresión que estuvo a punto de perder el sentido. [Se dejó caer sobre una poltrona,] sus hijas le aflojaron el vestido y le echaron aire. Mientras que volvía en sí [mi compañera] me tomé la libertad de advertir a las presuntas sirvientas que estaban equivocadas y no necesitábamos de sus servicios. Ellas [nos miraron con extrañeza, pero] no se dignaron contestar; hicieron una reverencia elegantísima [y bajaron nuevamente en el ascensor] y se echaron a la calle. Pero no bien habían salido éstas cuando se presentaron otras [del mismo jaez,] igualmente [finas,] ilustradas [y sabiondas, las cuales despedimos unas tras otras]. Al fin se presentó una que nos pareció menos pedante [y ensimismada]. La señora le preguntó cuánto pedía mensualmente. [Ella le contestó algo que no pude oír, y añadió:]

 

—+Veinte fuertes.+ Y pido esa exigua suma porque necesito tener libres las horas de la noche [y una o dos a mediodía,] porque tengo que asistir a algunas aulas [científicas, ir al teatro con mis amigos, y los domingos a paseos y bailes campestres.

—¿Y los domingos no asiste usted a misa?— preguntó la señora.

—¡Misa! [¿Y con qué objeto?, ¿eso qué es?]

—¿No me entiende usted? [¿Acaso no frecuentan las iglesias las bogotanas de estos tiempos?] [La muchacha se rio sin contestar]

—¿Será usted protestante? ¿No es católica?

—Ni una cosa ni otra… Confieso a usted que jamás se me ha ocurrido entrar a las iglesias de esta ciudad. Señora, ¡esos son focos de superstición e idolatría [que ya no frecuentan personas ilustradas!]

—¡En las escuelas en que me eduqué nos enseñaron que la religión es una burla y que deberíamos reírnos de las rancias y ridículas supersticiones de nuestros antepasados!

—¿Y no aprendió usted entonces los deberes del hombre para con Dios? -exclamó la señora—, ¿no es usted cristiana siquiera?…

—El cristianismo, señora, es un mito, es un andrajo podrido que nos ha legado la Edad Media, para deshonra de la [verdadera] civilización.

 

La señora se puso pálida de concentrada ira; [trató de hablar, pero no pudo; temblaba de indignación.] Entre tanto yo decía a la sirvienta:

 

—Buena palabrería le han enseñado a usted; por cierto que esas ideas no son propias para su oficio de cocinera [y fregona. Rióse a carcajadas la sirvienta.

—¡Fregona yo!…] Vaya que se conoce que usted es persona forastera [que debe de haber vivido en algún bosque con los salvajes…] Sepa usted que hace ya muchos años que no se usa enseñar ninguna religión en las escuelas, [ni en las casas se ocupan los dueños de ellas en tan atrasadas costumbres, ¿cómo obligar a los miembros de ellas a que crean y practiquen el budismo, el Corán o el cristianismo? Felizmente para Colombia estamos aquí más avanzados que en ningún otro país.] +Le diré a usted que yo por mi parte, habiendo perdido mis padres al nacer, fui recogida por el Gobierno y después educada por el Estado. Así, no he tenido ocasión de contagiarme con aquellas ideas atrasadas que se encuentran aún en algunas familias caducas del país. Me considero igual en todo a cualquier otra mujer: nuestra educación es mejor y más ilustrada que la de las señoritas ricas, y sólo nos divide la pobreza de mi nacimiento+ [En escuelas y colegios se aprenden a fondo las ciencias naturales, la filosofía, las matemáticas y demás ciencias exactas, la psicología…]

 

[-La psicología -interrumpió riendo el caballero-, la psicología es la propedéutica de la ciencia de Dios. Esto -añadió-, decía antiguamente un escritor renombrado. ¿Me entiende usted? ¿Sabe usted la diferencia entre los vicios y las virtudes?]

 

[-Virtudes y vicios son una misma cosa, caballero, lo que llaman unos virtudes se convierten en vicios para otros, según la conveniencia de cada uno. Quedan todavía, lo sé, focos de superstición en esta ciudad, pero yo felizmente no me he contagiado con aquellas ideas dignas de la mofa y el escarnio de toda persona culta… Yo profeso una doctrina que antes llamaban socialismo, y creo que debe haber igualdad completa en la fortuna y riqueza de cada ciudadano. Todos, hombres y mujeres, somos iguales y libérrimos; nadie tiene derecho de mandarme ni yo obedezco a nadie.]

 

—Entonces —exclamó la señora—, ¿cómo se somete usted al yugo de la domesticidad?

—Entendámonos —contestó la cocinera de nuevo cuño, tomando el mejor asiento del salón—. Yo contrato mis servicios en una casa en cambio de cierta paga, pero yo no obedezco a nada que se me ordene, si creo que es contrario a la razón natural o que me repugne y me disguste. Las sirvientas bogotanas de estos tiempos no son como las antiguas. Nosotras no nos encargamos de asearlos utensilios maculados, ni barrer, limpiar, derramar aguas sucias, +comprar cosa alguna en la plaza, abrir la puerta a los que golpean+, ni hacer otras cosas del mismo jaez. +Las señoras tienen que encargarse de esos oficios.+ No salimos a mandados, ni compramos provisiones…

[—¿En qué se ocupan entonces? —exclamé. —En lo que se nos antoja; hoy hacemos una cosa, mañana otra, si nos place…]

—Así será, pero sabrá usted coser, cocinar… Seguramente en esas escuelas que se han fundado para amparar a las clases inferiores aprendería usted lo necesario para ser buena madre de familia, ya que parece que no se toman el trabajo de cumplir con sus deberes de sirvientas.

—¡Coser, cocinar!, ¡ni por pienso! Nuestros profesores solo se ocuparon en darnos nociones de Cosmografía, Astronomía, Geometría, Botánica, Bellas artes, lenguas extranjeras… pero nunca nos hicieron aprender artes mecánicas como ésas de que usted habla…

—¿Y qué hacen las señoras en cuyas casas van a servir?

—Procuran enseñarnos cuando tenemos buena voluntad, pues en las clases elevadas las señoritas tienen que aprender prácticamente los oficios caseros que nosotras no sabemos. Suele suceder que después de hacer muchos daños en la cocina, comedor y salones, quemarles la ropa con las planchas y la comida en el fogón, al fin aprendemos lo que menos trabajo nos cuesta. [¡Tenemos tanto en qué pensar fuera de esas faenas caseras!]

—Confiese usted —la dije—, que mientras oye cantar la sartén en el fuego y prepara las tortas y asados en el horno, olvida un tanto la Astronomía, y deja de pensar en la sintaxis de las lenguas extranjeras.

—Efectivamente, muchas de nosotras olvidan las ciencias que aprendieron [en su niñez y se entregan a faenas que no son propias de un ser pensador]. Pero yo no quiero que esto me suceda; por eso necesito disponer de muchas horas por día para asistir a aulas y repasar lo que he aprendido.

—Otra pregunta —dijo a la sazón el caballero—, ¿será usted casada?

—¿Por cuál sistema me pregunta usted?… tenemos el matrimonio civil. Pero hay personas que tienen la candidez de casarse delante de un sacerdote, ¿lo creerá usted?… Yo no he querido someterme a semejante ley. Casarme civilmente es un disparate, y en cuanto a matrimonio religioso ya he dicho a usted que jamás he entrado a una iglesia. Mis compañeras y yo somos partidarias de la completa emancipación de la mujer. Ya hemos obtenido el derecho de sufragio y hemos elegido a muchas mujeres para que aboguen por nosotras en Asambleas y Congresos, además somos partidarias de la unión libre sin trabas civiles ni religiosas… +EI amor es libre y no debe esclavizarse con leyes y trabas…+ [¡Este, señores, es el verdadero progreso!]

—Jesús, ¡qué escándalo! —exclamó la señora—. Pero, ¿no sabe usted que Dios instituyó el sacramento del matrimonio desde el principio del mundo?

—¡Dios!… Dios es una palaba vaga que nada significa en realidad y que se ha reemplazado hábilmente con la de la Naturaleza. Es como el alma humana, un mito. Como jamás la he visto, ¿cómo quiere usted que crea en ella?

 

Y haciendo una reverencia de burla, nos dejó la cocinera diciendo:

 

—¡Vaya una gente atrasada y ridicula! ¡Jamás podría acomodarme en semejante familia!

 

Apenas había salido [la cocinera-filósofa,] cuando se presentó con gentil donaire un joven [elegante,] que resultó ser hijo de un antiguo amigo del caballero recién llegado, quien había sabido su arribo a Bogotá y que iba a saludarle. Estábamos en las presentaciones y en los preámbulos de la conversación, cuando +oímos a lo lejos el ruido más destemplado y pavoroso. Las mujeres empezaron a gritar aterradas y mi amigo y yo nos miramos asombrados.

 

—¡No se asusten!, exclamó el joven. ¿No tenían ustedes noticia de este nuevo método de atraer la lluvia?

—¿Haciendo semejante ruido?

—Sí, señor. Cerca de treinta años ha que hicieron este descubrimiento, pero hace poco tiempo que se ha puesto aquí en práctica.

—Pero, señor, ¿de qué manera hacen semejante ruido tan terrible?

—Disparando fusiles, cañonazos y bombazos en las afueras de la ciudad.

—¿Y logran que llueva en realidad?

—Al que hizo este descubrimiento, se le ocurrió porque había notado que siempre llovía después de las batallas, y hoy que la pólvora es tan barata, se puede hacer sin mayor costo. Ustedes verán que de aquí a mañana llueve fuertemente.

 

Habiendo pasado el alboroto de la pólvora, notamos+ que por la calle pasaba muchísima gente y que se oían gritos de alborozo en lontananza.

 

—¿Qué sucede? —preguntamos.

—Seguramente —contestó el visitante— es que ha llegado el globocorreo de Rusia, de donde se aguardaba la noticia de la proclamación de la República en aquella nación.

[—¿Y qué será del Zar? —exclamé. —El biznieto de Nicolás II se ha refugiado en el Japón.

—También se espera la noticia de la coronación del Emperador de Norte América, el cual se declaró dictador, después de mandar suprimir a millones de sus súbditos que se oponían a este paso.]

—¿Y los correos vienen en globo?

—Sí, señor: hay globos-correos, globos de pasajeros y globos para mercancías. Pero estos últimos no se emplean sino para traer mercancías muy finas y valiosas, porque el transporte sale muy caro. [Además los buques, impulsados por medio del RADIUM atraviesan los océanos y los mares con la velocidad del rayo, así como los trenes y automóviles recorren en pocos minutos distancias enormes, y sin rieles suben y bajan las cordilleras…]

 

Un resplandor en la calle, como de multitud de antorchas, nos obligó a lanzarnos al balcón.

 

—¡Caballero! —exclamaron las niñas—, diga usted qué significa aquello. Parece una procesión de frailes. ¡Viene una multitud de gente con vestidos flotantes, muy despacio y cantando! Mire usted, llevan banderas en las manos, como estandartes religiosos.

—¡Qué me hablan ustedes de frailes [y de estandartes religiosos! — contestó el bogotano-]. Frailes, monjes y conventos son instituciones suprimidas por inmorales y perniciosas para la sociedad moderna.

—¡Inmorales! —dijo la señora—, ¿de qué manera?

—Claro está. Esas gentes allí encerradas no daban su contingente de trabajo y de población al país… ¿me entiende usted?… Eso que ustedes ven es una procesión laica organizada por una Sociedad de jóvenes, los cuales tienen por ley no obedecer sino a sus caprichos y su voluntad soberana. Con el objeto de reunirse han levantado un magnífico edificio, en donde se van a instalar desde esta noche. Allí gozarán a sus anchas de la vida, y ningún agente de policía puede indagar lo que allí hacen, porque son libres e independientes de todas aquellas leyes que antes se llamaban morales.

—Dice usted —dijo el caballero forastero— que no se admiten frailes y monjas en la Sociedad, los que se retiraban a orar y hacer penitencia, ¡y sí permiten esta institución separada de toda moralidad pública y privada!

—Las instituciones de que usted habla son antiguallas… ¡hoy hemos cambiado todo eso!

[—¿Y el corazón también ha cambiado de puesto?

—¡Hoy sólo se piensa en la filosofía y el arte, y del sentimiento y de los afectos no se habla!]

—Y esa nueva Sociedad, ¿cómo se llama?

—”El Instituto de la Alegría”. Vea usted las frases inscritas en las banderolas; allí se lee: ¡Viva el hombre, encamación del pensamiento! Acá: ¡Viva la razón humana! Más allá: ¡Viva la emancipación y la libertad! ¡Abajo la ley! + ¡Viva la voluntad soberana [¡Mueran las religiones!]

—Pero —observé—, veo detrás de la procesión un cajón de muerto, cosa que nada tiene de [agradable ni de] alegre, ¿eso qué significa?

—Es el cadáver de un joven que se suicidó ayer. No pudo soportar la vida después de haber perdido una fuerte suma en el juego… Era, sin embargo, persona muy hábil. Viéndose sin recursos ahora algún tiempo, se dice que suprimió la existencia de un hermano rico a quien debía heredar.

—¿Y no le castigó la ley?

—No se quiso indagar el asunto a fondo. Además, aunque se lo hubieran probado, tampoco le castigaran. [Ahora días una joven mató a… diremos su marido, porque le estorbaba; estaba aburrida con él y él rehusaba separarse porque ella era rica y él pobre. Llevada ante los jueces, la joven probó de una manera evidente que ese acto le convenía, y fue absuelta.] Es cierto que hubo personas que reclamaron enérgicamente contra la sentencia de los jueces, pero nadie les hizo caso. ¡Tantas veces ha sucedido ya esto que nadie lo extraña!

—[Pero —dije— no nos ha dicho usted todavía,] ¿por qué llevan ese cadáver en la procesión de la Alegría?

—Era miembro importante de ella y tiene derecho a que lo sepulten en el gran jardín del nuevo establecimiento. [De esa manera abonará la tierra y vivirá en la memoria de sus amigos bajo la figura de los árboles y las flores.]

—¡En este lugar no se puede vivir! —exclamó la señora—, volvámonos a nuestros bosques.

—Señora —-dijo el joven—, ¿se espanta usted con los resultados del progreso, la libertad completa del pensamiento y de la palabra?

—¡Cómo no! Esto no es sociedad cristiana. Las sirvientas no obedecen sino a las leyes de la Naturaleza; los desórdenes son encomiados como virtudes;  +¡Jesús, mil veces!+ todos se adoran a sí mismos, se han olvidado hasta de la existencia de Dios. ¿La divina Providencia no castigará acaso esos horrores?

[—Se teme —dijo el joven— una revolución social que vendrá a poner tal vez fin a nuestros adelantos y civilización. Como se han inventado armas tan estupendas que en un segundo pueden arruinar una ciudad entera, hay gente que vive aterrada, pero…]

 

No alcanzó [el joven] a concluir su frase, cuando sentimos que temblaba la tierra [bajo nuestros pies], las paredes se mecían de uno a otro lado, [ruidos subterráneos nos ensordecían,] todo rodaba por el suelo, quisimos huir… +horribles alaridos se oían por todas partes; traté de huir espantado, pero di conmigo en el suelo y el golpe me despertó.+ [En aquel momento desperté agitadísima. Golpeaban fuertemente en el portón de mi casa… Era un repartidor que llevaba los periódicos matinales.]

 

Al ver que había soñado [y que todo me lo inspiraba una pesadilla,] me tranquilicé por el momento. Pero un sufrimiento agudo me ha asaltado. ¿Acaso las doctrinas encomiadas por cierto círculo político tendrán el resultado que en mi sueño presencié? ¿Acaso las presentes generaciones estarán inconscientemente sembrando el germen de la corrupción y los vicios que se desarrollarán entre nosotros y al cabo de años producirán estos horribles e irremediables males? ¿Acaso el descuido y la incuria de nuestros gobernantes, legisladores y padres de familia, traerá a nuestra sociedad la ruina moral [y con ella un cataclismo social que, como sucedió con aquellas ciudades de la antigüedad, nos barrerán de la faz de la tierra, olvidándose hasta del nombre que llevaban? ¡Ahí tenemos el ejemplo en Asia, en África, en Centro América! Vense maravillosas ciudades solitarias y sepultadas entre la arena de los siglos, sin que la historia ni la tradición hayan podido descubrir por qué perecieron, por qué fueron abandonadas cuando aún sus magníficos edificios asombraban por su hermosura! ¿Qué es el progreso, qué la cultura, qué la avanzada civilización sin la moral cristiana y sin Dios?] Quitad al hombre el amor a la divina Providencia, el temor a su ira santa, y el egoísmo se hará dueño de su alma y de su corazón; entonces la noción del YO, convertida en adoración de sí mismo, hará que ese ser espiritual se convierta en un bruto con instintos de tal.

 

 

 

La edición de este texto es trabajo de Monserrat Ordóñez, escritora e investigadora española con amplios estudios en Colombia, cuyo original se puede encontrar aquí. Por lo tanto, algunas convenciones e intervenciones hacen parte de su autoría y se citan aquí para respetar ese trabajo con el texto, teniendo en cuenta su apunte de que “Esta publicación aparece mensualmente a partir del 1o de marzo de 1905, y en el primer número aparece “Bogotá en el año de 2000″ (Lecturas para el Hogar, I, 1,1° marzo 1905,50-59). El texto que se publica es el de 1905, de Lecturas para el Hogar, con ortografía y puntuación modernizadas. Entre corchetes se indica lo que no aparece en la primera versión que conocemos de 1872 de El Bien Público, y entre cruces los párrafos eliminados de esa versión”.

 

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