Narrativa y ficción de Guinea ecuatoriana: el ciclo de los cuentos de Ndjambu

Jacint Creus, en su estudio erudito titulado Cuentos de los Ndowe de Guinea Ecuatorial, explica que esta literatura folclórica ecuatoguineana es rica y amplísima, quizás poco conocida en este lado del mundo. Su selección evidencia la idiosincracia y la cosmovisión de los ndowe. En esta entrada, presentamos una pequeña selección del   ciclo de los cuentos de Ndjambu.

 

 

Sobre este ciclo, importa hacer unos cuantos señalamientos, a partir del estudio de Creus. Este ciclo gira en torno a Ndjambu, la cabeza de familia, quien está casado con dos mujeres, Ngwalezie y Ngwakondi. La primera tiene dos hijos, un varón (Ugula) y una mujer (Ilombe). También, aparecen en el ciclo la curandera Totiya y otro hijo (Etundji), también curandero. Pese a ser la cabeza de la familia, Ndjambu suele tener un papel secundario y otras veces ni siquiera aparece en el texto. Al contrario, Ngwalezie, al contrario, es central. Es una mujer buena que ha sido creada para sufrir y morir. Su muerte, señala Creus, puede resultar estructuralmente muy importante, ya que aparece más tarde en forma de fantasma realizando funciones de donante mágico. Ngwakondi es la perversa madrastra, que encarna toda suerte de maldades.

 

 

A continuación, presentamos tres relatos pertenecientes a dicho ciclo.

 

 

 

Ilombe en el poblado de los fantasmas

 

Ngwalezie murió dejando a una única hija. Ngwakondi la tomó a su cargo, junto a sus propios hijos. Pero no cuidaba bien a la huérfana: la menospreciaba, la hacía trabajar duramente y le daba poca comida. Ndjambu veía todo lo que sucedía, pero no hacía nada por temor a Ngwakondi.

 

 

Un día, la chica cogió un plátano de Ngwakondi, lo preparó en la cocina y se lo comió junto con los hijos de aquélla. Cuando regresó de la finca, Ngwakondi se enfadó mucho y sus hijos le dijeron que era la chica, sólo ella, la que se había comido el plátano. Entonces Ngwakondi le dijo: «Irás donde vive tu madre, tanto si está viva como si está muerta, y que ella me devuelva el plátano que me has cogido».

 

 

La chica estaba desolada, porque no sabía dónde encontrar a sumadre muerta. Pasó por delante de la casa de un viejo, y éste le dijo:«Vete al bosque a buscar castañas». La chica fue al bosque, recogió muchas castañas y regresó a la casa del viejo. Éste le explicó lo que debía hacer: «Vete hasta el final del bosque. Allí encontrarás un árbol muy grande. Súbete a él, y verás que empezarán a pasar muchos fantasmas, todos ellos con unos grandes vestidos de saco. Debes esperar en el árbol. Y, cúando pase el último fantasma, que será una mujer, le tiras una castaña. Si ella la recoge, baja del árbol, escóndete dentro de su vestido, y te llevará hasta la casa de tu madre».

 

 

La muchacha hizo todo lo que el viejo había dicho. Y, efectivamente, el último fantasma recogió la castaña. Entonces la chica se metió dentro del vestido y, así escondida, llegó al poblado de los difuntos. Su madre la recibió con gran alegría. Y, a la mañana siguiente, le dio un plátano para Ngwakondi y, para ella, toda suerte de semillas: de plátano, de yuca y de malanga.

 

 

Cuando la muchacha regresó a su casa, devolvió el plátano a Ngwakondi.Y plantó las semillas que Ngwalezie le había dado. Luego fue a la casa del viejo para agradecerle su ayuda. Éste le dijo: «Toma esta pócima y échala sobre el lugar donde has plantado las semillas. Verás que las plantas crecerán rápidamente. Y si alguna vez Ngwakondi come alguna de ellas, el hechizo de la pócima la obligará a comer continuamente, hasta que tú te des cuenta de su falta. Entonces, mándala también a la casa de su madre muerta».

 

 

Las plantas, efectivamente, crecieron con gran rapidez. Eran tan lozanas, que Ngwakondi sentía unas terribles ganas de comérselas. Así que aprovechó un día en que la chica salió a pescar para coger un plátano y cocinarlo. Cuando terminó de comérselo, salió de la cocina. Entonces oyó que la olla le hablaba y decía: «¡Come otra vez!». Ngwakondi se acercó a la olla y vio que estaba de nuevo llena de plátano. Lo comió y, cuando iba a salir de la cocina, la olla repitió: «¡Come otra vez!». Ngwakondi comió de nuevo, y se repitió la misma escena. La mala mujer lavó minuciosamente la olla, la echó contra el suelo, la partió en mil pedazos… Y, cada vez, la olla repetía: «¡Come otra vez!».

 

 

Por fin, Ngwakondi marchó corriendo a la playa y explicó a la chica todo lo que le había sucedido. La muchacha no quiso saber nada: regresó a la casa y, al observar que faltaba el plátano, dijo a Ngwakondi: «Deberás pasar la misma prueba que me hiciste sufrir a mí. Busca a tu madre y, tanto si está viva como si ha muerto, haz que devuelva la fruta que me has cogido».

 

 

Ngwakondi emprendió el camino. Pasó por delante de la casa del viejo y ni siquiera le saludó. El viejo la llamó y le explicó todo lo que debía hacer. Ngwakondi recogió muchas castafias, llegó hasta el final del bosque, subió al gran árbol y esperó a que llegaran los fantasmas. Al pasar el primero de ellos, le echó una castafia. El fantasma se la devolvió. Y lo mismo sucedió con el segundo, y con el tercero. Ngwakondi se enfadó mucho con los fantasmas, bajó del árbol y cogió a uno por el cuello. Éste le dio un gran golpe que le rompió la columna vertebral.

 

 

A rastras, Ngwakondi pudo regresar a su casa. Llamó a su familia. Ndjambu pidió a sus hijos: «¿Qué podemos hacer para ayudarla?». Pero sus hijos respondieron: «Esta no es nuestra madre. Nuestra madre no es una mujer desfigurada». Y la dejaron tirada.

 

 

De manera que Ngwakondi, la mala mujer, murió sola y abandonada por sus propios hijos. Mientras que la hija de Ngwalezie, que había seguido los consejos del viejo, vivió mucho tiempo con toda la felicidad que es posible.

 

 

 

El casamiento de Ilombe

 

 

Desgraciadamente, Ngwalezie había muerto hacía ya algún tiempo. Ilombe era la única hija de Ndjambu, que vivía con Ngwakondi. Un día, se acercó un hombre al poblado para hablar con Ndjambu. Le dijoque venía de lejanas tierras, y que buscaba esposa. Ndjambu le ofreció a Ilombe en matrimonio; y, como ella aceptó, se hicieron los preparativos. El hombre pidió entonces un tiempo para ir a su país y traer a sus parientes para la ceremonia. Y quedaron de acuerdo en una fecha.

 

 

Cuando ya se acercaba la fiesta, Ilombe pidió a Ngwakondi que le hiciera un peinado especial para el día de su boda. Ngwakondi sentía envidia por la suerte de Ilombe, y aceptó con la mala intención de matarla. Efectivamente, mientras le estaba tensando los cabellos, Ngwakondi levantó la aguja y la hundió en la cabeza de Ilombe. Al ver que estaba muerta, huyó.

 

 

Llegó el día de la ceremonia, y llegaron los invitados a la fiesta. También había llegado el prometido, que quería presentar a Ilombe a su gente. Ndjambu estaba impaciente, y no comprendía la tardanza de las dos mujeres: «Hace ya un par de días que están encerradas, preparando un peinado especial». Al fin, Ndjambu decidió no esperar más, y fue a buscarlas. Pero, al entrar en la habitación, solamente encontró el cuerpo sin vida de su hija Ilombe.

 

 

Ndjambu gritaba desesperado por la muerte de su hija y la desaparición de su mujer, cuando llegó a su casa el curandero del poblado. Éste examinó el cuerpo de la chica. Al reconocer la cabeza, vio la aguja clavada; y, cogiéndola con sumo cuidado, la extrajo con dos de sus dedos. Al instante, Ilombe se recobró. Y, ante el aturdimiento de Ndjambu, contó a todos los invitados la fechoría cometida por Ngwakondi.

 

 

Todos se pusieron a buscar a la mala mujer, y por fin la encontraron metida en el bosque. La llevaron ante su marido. Ilombe pidió clemencia por ella, pero no hubo piedad y recayó en Ngwakondi la sentencia fatal: la metieron en un saco lleno de piedras, la llevaron a alta mar en un cayuco, y la echaron al agua, donde pereció ahogada.

 

 

Ndjambu asistió a la boda de su hija con todos los invitados. E Ilombe fue muy feliz con su marido hasta el fin de sus días.

 

 

 

El maleficio de Ngwakondi

 

 

Ngwalezie enfermó gravemente. Había dado dos hijos, Ilombe y Ugula, a su marido, Ndjambu. Finalmente, falleció; y los hijos quedaron al cuidado de Ngwakondi. Ésta, sin embargo, no podía soportar la presencia de Ilombe y la trataba mal.

 

 

Por fin, Ilombe -un día que paseaba por la playa- encontró a un hombre que quiso casarse con ella. Se hicieron los preparativos y se celebró la ceremonia.

 

 

Cuando el marido de Ilombe ya se la llevaba para casa, se les acercó Ugula y les dijo: «Procurad que Ngwakondi no entre en vuestra casa. Es una mala mujer, y está preparando un hechizo». Al día siguiente, Ngwakondi se presentó. Y ellos, por tratarse de la mujer de su padre, no se atrevieron a prohibirle la entrada. Ngwakondi les regaló unas verduras y se fue. Ilombe preparó esas verduras sin advertir que tenían un maleficio. Y, al comerlas, murió.

 

 

La gente del poblado estaba desolada por la muerte de Ilombe. Ndjambu mandó llamar a una curandera muy famosa llamada Totiya. Ésta se presentó ante el cadáver de Ilombe y, ante su conjuro, recobró la vida.

 

 

Ngwakondi se escondió en el bosque y empezó a preparar un nuevo hechizo, el mokuku.

 

 

Cuando Ngwakondi se presentó de nuevo en casa de Ilombe, ésta ya había escarmentado. De manera que no dejó que entrara en casa para nada ni aceptó ninguno de sus regalos. Sucede que el mokuku siempre tiene que hacer su efecto sobre una persona y que, en caso contrario, recae en aquel que lo haya preparado. De manera que, aquella vez, fue la propia Ngwakondi la que murió, víctima de su propia brujería.

Ilombe y su marido, pues, vivieron desde entonces con toda tranquilidad.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *