Narrativa y ficción de Inglaterra: Ángela Carter

Ángela Carter

(Eastbourne, 1940 – Londres, 1992)

 

Ángela Carter no sólo fue una inventora, sino una reinventora. Por lo menos así se la puede considerar al abrir las páginas de los tradicionales Cuentos de hadas (2020) que re-hace y en donde, como ella misma confiesa, se encuentran personajes de todo tipo menos de hadas. Por el contrario, hay mujeres de carne y hueso por todo lado, vivaces, sardónicas, burlonas, crudas y, por supuesto, autosuficientes; no es gratuito que esta escritora sea considerada un pilar de la escritura feminista para la historia de la narrativa literaria europea y universal.

 

 

El pupilo

(Swahili)

 

El jeque Alí era un viejo maestro y Kibwana era su pupilo. Un día, el maestro salió y la esposa del maestro hizo llamar a Kibwana:

 

—Tú, joven, ven, no tardes más.

—¿Para qué?

—¡Tonto, si estás hambriento y no tienes qué comer!

—Vale —dijo Kibwana cuando por fin lo entendió.

 

Entró y yació con la mujer de su maestro. La mujer del maestro le enseñó
lo que el maestro no le había enseñado.

 

 

La esposa sagaz

(Tribal de la india)

 

Una mujer estaba tan loca de amor por su amante que siempre le daba todo el arroz que había en el bote, y después tenía que llenarlo de cascarillas de arroz para que su marido no sospechase. Poco a poco, fueron acercándose los días de la siembra, y la mujer supo que no iba a poder seguir engañando al marido.

 

Un día, él fue a arar su campo, que estaba al lado de un aljibe. A la mañana siguiente, la esposa fue al aljibe muy temprano, se desnudó y se embadurnó todo el cuerpo de barro. Y después se sentó en la hierba, a esperarlo. Cuando él llegó, ella se levantó de repente y gritó:

 

—¡Voy a quitarte tus dos bueyes! Si los necesitas, puedes darme el grano que hay en el tarro y yo lo rellenaré de cascarillas, para que no se note. Pero has de optar ya por una cosa o por la otra, que tengo hambre.

 

De inmediato, el hombre le dijo a la Diosa —pues eso pensó él que era— que podía quedarse con el grano, pues sabía que estaría perdido si le quitaba sus bueyes.

 

—Muy bien —respondió la mujer—. Regresa a tu casa y comprueba que he cogido tu grano, y que he puesto en su lugar cascarillas de arroz.

 

Dicho esto, desapareció en el fondo del aljibe. El hombre volvió a su casa corriendo y vio que, en efecto, todo el grano había desaparecido. El bote estaba lleno de cascarillas. Su mujer se dio un baño rápido y se cambió de ropa, y de camino a casa pasó por la fuente, donde les contó la historia a las otras mujeres, llena de orgullo.

 

 

Ahora debería reírme, si no estuviese muerto

(Islandia)

 

Una vez hubo dos mujeres casadas que se enzarzaron en una disputa por ver cuál de sus dos maridos era más imbécil. Al final, acordaron que les pondrían a prueba para ver si realmente eran tan imbéciles como daban la impresión de ser. Una de las mujeres usó la siguiente artimaña. Cuando el marido llegó a casa del trabajo, cogió una rueca y unos cepillos de cardar y se sentó a devanar hilo, haciendo girar la rueca, pero ni el labriego ni ninguna otra persona veía lana entre sus manos. Su marido, al percatarse de esto, le preguntó si estaba tan loca como para pasarse el tiempo mareando las púas y dándole vueltas a la rueca sin lana, y le rogó que le explicase qué estaba haciendo. Ella le dijo que no esperaba que él viese nada de lo que tenía entre las manos, puesto que usaba un tipo de lino tan fino que no era perceptible por el ojo humano. Con él le iba a hacer la ropa. Él se contentó con la explicación, que le pareció muy buena, y se maravilló de haber podido dar con una esposa tan estupenda. Además, sintió no poca satisfacción al anticipar la alegría y el orgullo que sentiría cuando luciese tan delicadas prendas. Cuando su mujer hubo hilado suficiente lino (según le dijo) para hacerle la ropa, desplegó el telar y empezó a tejer. Su marido iba a verla de vez en cuando, y seguía maravillándose de la depurada técnica de su dama. A ella le divertía mucho toda la situación y se esmeró en llevar a cabo a la perfección el ardid que había preparado. Sacó el tejido del telar cuando terminó, lo lavó y lo preparó antes de sentarse a coser la ropa con él. Cuando hubo terminado todo este proceso, llamó a su marido para que fuera a probarse las prendas, pero no se atrevió a dejarlo solo mientras se las ponía, de modo que se quedó a ayudarlo. De esta manera, le hizo creer que lo estaba envolviendo en finos ropajes, aunque en realidad el pobre hombre seguía desnudo, a la vez que estaba convencido de que era todo una equivocación suya y de que su lista esposa le había confeccionado, en efecto, una indumentaria magnífica, y de tan contento que estaba, se puso a dar saltitos sin poder remediarlo.

 

Pero volvamos ahora a la primera dueña. Cuando su esposo llegó a casa después de trabajar, ella le preguntó por qué demonios estaba en pie y caminando tan campante. El hombre, atónito al oír semejante pregunta, le dijo:

 

—¿Por qué me preguntas eso?

 

Ella lo convenció de que estaba muy enfermo y le dijo que mejor se fuese a la cama. Él se lo creyó y fue a acostarse sin perder un segundo. Cuando pasó un cierto tiempo, la esposa le dijo que iba a avisar a la funeraria. Él le preguntó por qué, y le imploró que no lo hiciera. Ella respondió:

 

—¿Por qué te comportas así, como un imbécil? ¿No ves que te has muerto esta misma mañana? Voy a ir enseguida a que te hagan un ataúd.

 

Y, entonces, el pobre hombre, creyendo que todo era verdad, se quedó allí quieto hasta que lo metieron en el ataúd. Su esposa decidió qué día iba a ser el entierro y contrató a seis hombres para que llevasen el féretro y les pidió a otros dos que siguieran a su marido hasta la tumba. Solicitó que abrieran un ventanuco en un extremo del ataúd, para que su marido pudiese ver a todo el que pasase junto a su tumba. Cuando llegó la hora de llevarse la caja, llegó el otro hombre, desnudo, pensando que todo el mundo se quedaría pasmado admirando su rica vestimenta. ¡Qué lejos de la realidad estaba…! Aunque los que portaban el ataúd tuviesen el ánimo por los suelos, no pudieron evitarlo y se pusieron a reír a carcajadas al ver al imbécil desnudo. Cuando el supuesto cadáver también consiguió verlo a través del ventanuco, gritó todo lo alto que pudo:

 

—¡Ahora me reiría si no estuviese muerto!

 

El entierro se pospuso y dejaron que el hombre saliese del ataúd.

 

 

La mujer que se casó con la esposa de su hijo

(Inuit)

 

Había una vez una anciana que deseaba a la esposa de su hijo, una joven muy guapa. Este hijo suyo era cazador y a menudo se marchaba y no reaparecía hasta varios días más tarde. Una vez, en una de esas ausencias, la anciana se sentó y se hizo un pene de huesos y piel de foca. Después, se ajustó el pene a la cintura con una cuerda y se lo enseñó a su nuera, que exclamó:

 

—¡Qué bonito…!

 

Y durmieron juntas. Pronto, la anciana empezó a salir de caza en un gran kayak de piel, igual que su hijo. Y, cuando regresaba, se quitaba la ropa y movía los pechos arriba y abajo, diciendo:

 

—¡Duerme conmigo, mi amada mujercita! Duerme conmigo…

 

Sucedió un día que el hijo regresó de su expedición y vio a las focas de su madre tumbadas delante de su casa. Preguntó entonces a su mujer:

 

—¿De quién son esas focas?

 

Ella replicó:

 

—No es de tu incumbencia.

 

Como sospechaba de ella, cavó un hoyo detrás de su casa y se escondió allí. Se imaginaba que algún cazador estaría beneficiándose a su mujer en su ausencia. Sin embargo, no tardó en divisar a su propia madre, que remaba en dirección a la casa, montada en un kayak con una gran foca capuchina. Tanto la madre como el hijo cazaban siempre focas capuchinas muy grandes. La anciana llegó a la orilla y se quitó la ropa antes de empezar a mover los pechos arriba y abajo, mientras decía:

 

—Dulce mujercita mía, te lo ruego, haz el favor de despiojarme…

 

El hijo no quedó muy complacido con el comportamiento de su madre. Enseguida salió de su escondite y le dio tal palo a la anciana que la mató.

 

—Ahora —le dijo a su esposa—, vas a tener que venirte conmigo pues el que era nuestro hogar está maldito, y debemos marcharnos.

 

La esposa se puso a tiritar y a temblar con violencia. Lloraba y se lamentaba:

 

—Has matado a mi querido esposo.

 

Y así siguió llorando, desconsolada.

 

 

 

Los anteriores relatos proceden de Cuentos de hadas de Ángela Carter (2020), los cuales fueron traducidos por Consuelo Rubio Alcover y publicados por Impedimenta.

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