Narrativa y ficción de México: Nicolás Emiliano Dávila Peralta

Nicolás Emiliano Dávila Peralta

(Chiautla de Tapia, Puebla – México)

 

 

Comunicador de profesión, realizó estudios eclesiásticos de Humanidades, Filosofía y Teología. Su inicio en la literatura se lo debe a dos maestros poetas poblanos: Jerónimo Verduzco y Josefina Esparza Soriano.

 

Hoy te invitamos a leer Caminos de muerte, un cuento en el que tiempos y espacios confluyen  para develar las distintas formas en las que se vive y se muere.

 

 

 

Caminos de muerte

 

A tientas avanzo por el túnel, es una oscuridad que duele, penetra hasta el cerebro, recorre todo el cuerpo y llega hasta los huesos; es una oscuridad que sabe a desencanto, a desolación, a miedo. No sé en qué momento la luz se apagó, el mundo se fue, la realidad me dejó huérfano. En medio de esta desolación trato de recordar qué pasó, de saber cómo llegué aquí. Pero no, solo recuerdo un nombre y un grito. Busco a Fernanda entre las sombras, le grito, le busco a tientas, pero todo es en vano, solo escucho un enredo de voces sin sentido; no sé de donde vienen, a ciegas trato de orientarme por ellas, lo consigo y camino a traspiés hacia ellas. Percibo ya una luz, tenue al principio, lejana, diminuta, a la que avanzo ahora más seguro de que algo encontraré al final de estas tinieblas.

 

Siguen las voces, se alejan conforme avanzo hacia la luz hasta apagarse. Me envuelve el silencio, es un silencio agrio, que se pega a la piel, a los huesos, a la mente y me sume en una confusión angustiosa; es una soledad cercana al terror a lo desconocido. Pero avanzo, no por voluntad propia sino por el impulso de una fuerza que me arrastra y me empuja al mismo tiempo.

 

Al fin llego a la luz. Es el campo. Arriba miro la carretera.

¿Qué hago aquí?

¿Y el carro?

¿Y Fernanda?

 

Trato de recordar y la memoria no aparece. ¿Habrá huido con el terror del túnel silencioso?

 

No, no es eso; más bien los recuerdos se han licuado; están revueltos, todos, los de hoy, los de ayer, los de hace un año, cuando Fernanda y yo nos conocimos, cuando planeamos viajar a las montañas.

 

…..

 

¡Ahora recuerdo! ¡Las montañas!

¿Cuándo?

¿Hace un mes?

¿Ayer?

¿Hoy?

No lo sé, pero íbamos en un auto.

Su voz decía: “te quiero”.

Su perfume exclamaba: “te deseo”.

 

…..

 

La memoria se aclara: el beso… el giro repentino… el golpe contra la barrera… el suspiro convertido en grito… el grito llamando al terror cuando el auto se va por la pendiente… el terror apagado por el golpe seco contra el árbol… después la oscuridad, el túnel, las voces que se apagan lentamente… la ausencia inexplicable de Fernanda…

 

Ahora, en la luz, veo el auto destrozado y… ¡mi cuerpo!… rígido, los huesos rotos, la cabeza partida… ¡No respiro!… ¡Estoy muerto!

 

¿Y Fernanda?

 

No está, se ha ido.

 

¿Será que la muerte es una soledad infinita?

 

 

 

 

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