Narrativa y ficción de Suecia: Stig Dagerman

Stig Dagerman

(Suecia, 1923- 1954)

 

 

Filósofo, escritor y periodista, Stig Dagerman es ampliamente reconocido por sus posturas anarquistas y su genio creativo, ante todo, gracias a Nuestra necesidad de consuelo es insaciable (1952). En el relato que presentamos aquí nos acercamos un poco a ese espíritu reflexivo, inquieto y profundamente simbólico.

 

 

Mi hijo fuma en pipa de espuma de mar

 

Sí, es cierto que mi hijo fuma en pipa de espuma de mar, pero no puedo entender que eso, precisamente eso, sea tan indecoroso para que de repente me quede sin amigos, sí, sin amigos íntimos y hasta sin inquilinos. ¿Podría ser esta soledad mía, que de golpe me embarga por entero en una humareda amarga, la consecuencia de un hábito tan relativamente inocente? Paso la mayoría de los días, demasiado largos, dando vueltas por el jardín y dándole vueltas a la cabeza, fumando con ansiedad mis propios cigarrillos largos, tan aromáticos como desabridos, me entretengo un rato fuera de la verja, viendo a las rollizas palomas picar entre los guisantes amarillos del huerto. Luego me dirijo de vuelta a casa con la deplorable sensación de que la ansiedad que me abrasa se abalanzará sobre mí en el momento mismo en que trasponga el umbral de la puerta, y trato de demorarme todo lo que puedo en mi jardín otoñal, donde los perfiles de los árboles, las plantas, la cerca y los setos se vuelven cada día más nítidos y duros, sí, cada hora incluso. Sin embargo, al final no puedo quedarme mucho tiempo fuera porque eso sería reconocer mi propio pánico, mi lamentable impresión de insondable soledad, lo vehemente de mi irritación por este estado que se me antoja especialmente repugnante, porque aún no sé cuánto va a durar.

 

Entonces me quedo un rato en la entrada para que el cuerpo se vaya haciendo a los olores de malestar y prolongada soledad con que se topará tan pronto como cierre la puerta blanca a mi espalda, y entonces me miro los zapatos y es cuando reparo en lo bien que encaja con el otoño el cuero acharolado de mis zapatos de punta. El césped está empapado a causa de las incesantes lluvias, y al cuero se pegan briznas, tierra y agua, y las hojas que están a punto de caer en mi jardín, azotado por el viento, exhalan un fuerte olor acre. También escucho un rato el bronco runrún del poste del telégrafo que instalaron el verano pasado junto al seto, totalmente en contra, claro, de mi voluntad y, por supuesto, en el rincón más tranquilo de todo el jardín. No voy a negar que mi hijo fume en pipa de espuma de mar, pero con todo bien pudiera uno tener derecho a exigir alguna aclaración a quienes deciden la fiebre que debe tener el mundo.

 

Entonces me gusta más oír los golpes de una ventana en la planta alta, y temeroso de que me vea en una posición tan ridícula, inclinado sobre mis zapatos, contemplándolos como si fueran los reptiles más raros del mundo, me apresuro a entrar y cierro con fuerza la puerta a mi espalda, para demostrar taxativamente lo resuelto de mi gesto. Cruzo rápidamente la fría cocina, donde todavía sigue derramada, delante del fogón, una botella de aguarrás, y entro rápido en la habitación que huele a lumbre apagada y a un gato que desapareció de improviso cuando empezaron las lluvias y a una risa que cierta vez rio una joven que, con señas en el rostro de haberse graduado recientemente de bachiller, se sentó en la mecedora y estuvo bebiendo whisky con Uno y conmigo hasta altas horas de la noche. El cojín del gato sigue delante de la estufa, si apareciera una tarde, noche o mañana, sólo tendría que entrar y tumbarse en el cojín y arañar los zarcillos blancos como solía hacer antes de que mi hijo empezara a fumar en pipa de espuma de mar.

 

Oscurece en la habitación y la luz del crepúsculo se refleja en la mecedora blanca y en todos los demás objetos blancos, en los marcos de las ventanas, en los azulejos blancos de la chimenea, en una toalla sobre un sillón, en un libro abierto sobre la mesa. Agarro el libro y me siento en la mecedora junto a la ventana y trato de seguir leyendo donde lo había dejado. Entonces oigo sus pasos en la planta alta, yendo y viniendo sobre mi cabeza, pero aun así lo intento, me empeño en seguir leyendo. El libro trata de un hombre, experto en vinos, que tiene dos amantes, una en Neuilly y otra en Neuchâtel. La de Neuilly es rubia, y habida cuenta de que tiene que ir en autobús a su casa compra una tarjeta mensual, pero a continuación, después del primer mes y habiendo descubierto el mal aspecto que le presta a ella la resplandeciente luz de la mañana a través de las persianas, compra una tarjeta semanal. A Neuchâtel tiene que ir en tren. La amante de Neuchâtel le gusta más porque el viaje en tren le infunde calma, sosiego y distensión, en otras palabras, le ofrece la posibilidad de llegar descansado a la cama ilegítima que es la primera virtud de un caballero. A Neuchâtel se lleva una cartera llena de etiquetas de vinos que clasifica durante el viaje de ida, a su llegada deja la cartera en la consigna y la recoge a la mañana siguiente, y en el viaje de vuelta se entretiene pegando las etiquetas clasificadas en sus respectivas carpetas.

 

Mi hijo no para de dar vueltas en la planta alta, no porque esté enfadado, no en modo desesperado o provocador, sino perfectamente tranquilo, como si hubiera pensado lo mismo que yo, que no existe nada tan diabólicamente insoportable como la impasible calma por nada conturbada. Sin embargo, no subo al piso ni le organizo ninguna escena porque mi firme determinación consiste, sobre todo, en no perder el control, sino en tratar de analizar en cambio mi estado, determinar mi situación en espacio y tiempo, y tratar de indagar con energía contenida los motivos de mi devastadora soledad, mi inaudito aislamiento, mi total falta de amigos, amigos de confianza, y hasta la falta de inquilinos.

 

Por eso sigo leyendo como si no pasara nada, como si no fuera espeluznante lo que ocurre en derredor mío, encima de mí y conmigo mismo. Oscurece al paso del tiempo y como no funciona el quinqué que tengo conmigo, ni tengo ganas de subir a pedirle prestado el suyo, tengo que apurarme y extraer la síntesis del libro que estoy leyendo antes de que sea demasiado tarde. Lo que sencillamente ocurre es que el amante experto en vinos, que de momento cree no poder vivir sin la morena de Neuchâtel y que ha desechado definitivamente a la rubia de Neuilly por haber perdido la tarjeta del autobús, descubre una tarde, a punto de subir al tren de Neuchâtel, que ha olvidado sus etiquetas de vinos y durante el ocioso viaje, cuando por no tener nada que hacer le puede una irritación que va en aumento al compás del tren, descubre que la mujer de Neuchâtel le resulta completamente indiferente, que la razón para soportarla durante tanto tiempo eran esos viajes en tren que le ofrecían oportunidades casi ilimitadas para dedicarse a su hobby. Tras la llegada a Neuchâtel se hace con un billete de vuelta tan pronto como es posible y durante el regreso se hace la siguiente pregunta: ¿cuántas ilusiones se pueden tener a la vez? Si le entiendo bien, quiere decir: si uno no es malabarista, y quién lo es, cuando se trata de veras no es posible de ninguna manera manejar más de una ilusión a la vez. Uno no puede mentirse a sí mismo sin tasa, incluso el propio yo de uno tiene un fondo cuando se trata de lo uno o de lo otro, de la ilusión de dicha por coleccionar etiquetas de vinos o de la ilusión del amante.

 

No quiero afirmar que sea un libro especialmente bueno, pero no he podido conseguir otro mejor y, sobre todo, no he podido conseguir alguno que trate de lo que me interesa leer: de las causas de la soledad, de las condiciones de la marginación. La última vez que estuve con Uno tuvo que ser una sorpresa para él, puesto que me sonrió cuando me abrió la puerta a regañadientes y estuvo nervioso todo el tiempo, mirando de reojo a un lado como si tuviese a alguien encerrado en el armario. No sacó sus puros para invitarme, no hizo su gesto habitual hacia su bien surtida biblioteca, diciendo: llévate lo que quieras, hay donde elegir, Casanova, Dante o lo que te dé la gana. Pero después de haber pasado mucho tiempo en un silencio incómodo, envueltos en una atmósfera gélida de frío, vergüenza y soledad, él dijo inseguro y como quien tantea:

 

—Es cierto que…

—¿Qué cosa? —interrumpí irritado—, ¿qué es lo que es cierto?

—Bueno —prosiguió—, ¿es cierto que tu hijo fuma en pipa de espuma de mar

—Sí —dije—, ¿por qué no va a ser cierto? La consiguió en una subasta, ¿por qué no lo iba a hacer si para eso la había conseguido?

—Ya, ya —dijo Uno contemporizando, y sacudió su pipa en el cenicero.

 

Pero luego acometió algo deleznable, algo que tuvo que envenenar para siempre el trato entre los dos, algo imperdonable, acaso lo más imperdonable que nadie me haya hecho. Cogió el teléfono de la mesa y empezó a marcar un número, y aquí debo añadir que una vez, he olvidado por qué, aprendí a oír el número llamado por los ruidos del número marcado. Servicio horario, pensé de forma casi automática, llama para saber qué hora es a pesar de que toda la habitación esté llena de relojes.

 

Entonces dice de repente al teléfono:

 

—Oye… se me ha hecho tarde, pero llego enseguida… vale… adiós.

 

Ahora está tan oscuro que todo en el jardín tiene el mismo color, del cielo cuelga un tenue color alimonado por encima de las lilas, tiro el libro a la cama, detengo la mecedora y me incorporo en el asiento y escucho el silencio. El silencio que tiene zarpas, el silencio que tiene garras, el silencio que es duro como el mármol y resiste todo tipo de uñas. Y el gato que nunca regresa, el gato que nunca más maúlla fuera de la puerta de la cocina y quiere entrar. Su cojín parece una piedra delante de la chimenea, pero no se tienen piedras dentro de casa. No, pero ¿por qué no se tienen piedras dentro de casa? Me refiero al porqué de la fría predisposición ante las soluciones prácticas, cuando sólo el pudor convencional nos impide llevarlas a cabo. Cuando toda nuestra vida clama por las piedras, cuando todos anhelamos una piedra, una piedra fría y dura para nuestra soledad, una piedra donde apoyar nuestra cabeza cansada, una piedra a la que agarrarnos mientras nos vamos hundiendo.

 

Aquí estoy, sentado en mi solitaria mecedora mientras fuera se hace más de noche y dentro me siento más solo. Unas moscas meten bulla bajo el techo y un mosquito canta en un rincón, ese rincón está enteramente desocupado y en el suelo hay un pequeño cuadrado chamuscado por el fuego, pasó que alguien volcó un quinqué durante una animada fiesta. Me levanto de repente aunque sé que va a ser peor, voy al rincón y me arrodillo y palpo con mis dedos, como si fuera ciego, el pequeño cuadrado chamuscado, y mientras lo hago oigo las voces de entonces, las risas, el entrechoque de las copas, el ir y venir de amigos por el piso, el jubiloso escándalo de cuchillos y cucharillas, cuchicheos confidenciales, afables palmadas en los hombros; y de repente no puedo soportarlo más. Me precipito fuera de la habitación, abro de un tirón la puerta exterior y la dejo abierta. Me caigo en el jardín e hinco la cabeza entre la hierba, haciendo una especie de hondo cojín para no tener que oír más, para ser liberado por fin de esa espantosa ruina de una existencia que no fue más feliz que ésta, aunque menos solitaria, sobre todo menos solitaria. Pero es demasiado tarde para ser liberado, el año está muy avanzado, muy próximo al verdadero otoño, para que liberación alguna sea posible en mi jardín, pronto voy a empezar a tener frío y cuando vuelvo por el ensombrecido jardín, caminando de puntillas para no pisar ranas, lo veo de pie junto a la ventana iluminada fumando en pipa.

 

Mi hijo fuma en pipa de espuma de mar, se asoma curioso a la ventana y salta a la vista que a pesar de la densa oscuridad trata de escrutarme desde arriba. Tiene que haberme visto, tiene que haber sido testigo de mi derrota desde su ventana. Entro en casa y me encierro en silencio, y pese a que siento todo el tiempo estas ganas salvajes de ajuste de cuentas, ese virulento deseo de poder hablar de todo lo que me atormenta, entro en mi habitación y me acurruco en un asiento.

 

¿De qué serviría? A fin de cuentas, ¿qué podría entender de todo? Ya lo he intentado antes, he dicho: Esto no puede seguir así. Ya ves lo que me pasa, estoy perdiendo a todos mis amigos, no me gano la confianza de nadie, ni siquiera consigo tener un par de inquilinos, y todo porque tú fumas en pipa de espuma de mar. ¿No puedes fumar algo distinto, que no me depare tanta soledad? ¿Sería un gran sacrificio que fumaras otra cosa, puros, cigarrillos o una pipa normal? A eso me responde imperturbablemente tranquilo y en realidad con una lógica imbatible que no hay nada que indique que sea su pipa de espuma de mar lo que me aísle, me pide pruebas, me pide que le exponga ejemplos para que me crea. ¡Pruebas, ejemplos! ¡Como si esto fuera algo que pudiera demostrarse, como si se pudiera decir la cantidad de soledad que uno siente! No, por ese lado no puedo esperar comprensión alguna, es mejor callar y esperar que alguna vez ocurra el cambio.

 

Entonces suena el teléfono desde el rincón desocupado y corro allí y descuelgo el auricular para no estar más solo. Permanezco un rato a oscuras con el auricular en la oreja y no se oye otra cosa que el murmullo del agua en alguna parte del mundo, pero de repente se oye una voz estridente. Es alguien que ha leído el anuncio de las tres habitaciones con sol y chimeneas, que quiere venir a verlas mañana temprano. La persona que llama pregunta si se puede jugar al croquet en el jardín, si llueve mucho en esta zona, si hay muchas setas en los bosques y si se puede afirmar que la casa está apartada sin estar realmente aislada. Sí y amén, le respondo a todo, sí y amén.

 

Mientras respondía al teléfono, ha caído sobre el jardín la luz radiante de la luna y sombras pequeñas y finas juegan en el piso de la habitación, y los cristales de las ventanas parecen echar vaho al claro de luna. Vuelvo a sentarme en la mecedora y mientras me mezo pienso un poco en el libro. Pienso que las ilusiones nos eligen a nosotros, no al revés, y creo que es justo la elegante pasividad del señor Roche, creo que así se llama, lo que le hace tan admirable como persona, tan ejemplarizante, tan modélico para el infeliz, para quien aún se precipita hacia su destino. Justamente eso, aceptar su ilusión, aceptar que la pompa de jabón es verde y no roja ni lila, exactamente no es otra cosa que el arte de vivir. Reconozco que es una idea a la luz de la luna, una idea hecha para ser pensada a la luz verde de la luna, sé que me ha animado la expectativa de tener, por fin, un inquilino, pero por qué tampoco yo podría… Me refiero a que estoy harto de la eterna tensión entre esperanza y desesperanza, de esa carencia de sumisión que siempre me destroza por dentro.

 

De repente pasa mi hijo a la luz de la luna por fuera de mi ventana, a la caza de ánimas, tuve que quedarme dormido porque no le oí bajar la escalera. El cañón de la escopeta se asoma amenazante por encima del hombro, lleva la pipa en la boca, cuando pasa delante de mí tira una cerilla en llamas en la hierba reluciente. Luego me siento tranquilo un rato y miro los picos como agujas de las estrellas por encima de las lilas.

 

Al cabo tuve que haberme quedado dormido de nuevo, cuando me despierto hace un día claro, un tenue resplandor de luz fresca y reciente que anuncia la madrugada. He dormido incómodo en la mecedora y estoy de mal humor cuando me despierto. Pero no sólo eso, siento un desasosiego indeterminado, una carencia de seguridad que me lleva fuera de casa. Todavía hace frío y el gato no ha vuelto a casa, el roce de la hierba me empapa pronto los bajos de los pantalones, el poste del telégrafo permanece en silencio y de golpe me doy cuenta de que tampoco puedo estar en el jardín. Camino hacia el lago, sigo el sendero, apenas visible, cuesta abajo. El agua está clara y roja de sol, la junquera se mece lentamente y un grillo se lamenta obstinado cerca de casa. Mi hijo está en la orilla mirando hacia el agua, a su espalda, en la hierba, están la pipa y la escopeta, la correa de la escopeta me parece de repente una serpiente negra y venenosa que se arrastra apenas cubierta por la hierba.

 

Mi hijo tiene que haberme oído llegar porque de repente dice sin volverse:

 

—Voy a coger la barca y remar y recogerlo. No pises la escopeta. Está cargada.

 

Sale lago adentro con unos golpes de remo y dirige la barca hacia el juncar, se oye el crujido de los juncos cuando la barca se adentra entre ellos y luego desaparece lentamente bajo sus espigas doradas. Oigo durante un rato su esfuerzo entre el juncar, luego se hace un silencio repentino y me sorprendo a mí mismo respirando a fondo, como si hubiese corrido toda la mañana para dar a alguien una noticia importante a tiempo. Entonces, en medio del silencio, me acuerdo de la llamada telefónica de la víspera y el corazón empieza a martillearme en el pecho y siento el miedo que tengo, miedo a la soledad del jardín, miedo a todas las soledades del día, la noche y el alba.

 

La pipa, pienso arrepentido, la pipa de espuma de mar, y luego cometo mi terrible e imperdonable error, me pasa lo absolutamente inexplicable. He pensado coger la pipa de la hierba y luego arrojarla al lago, romperla o cualquier otra cosa, pero en lugar de eso me quedo parado de repente, con la escopeta en la mano, y ya que tengo la escopeta a mano me parece lógico llevármela al hombro y cuando el sordo eco de un disparo viene rodando hacia mí como una gran ola sobre el lago, entiendo que he disparado. He disparado al juncar y cuando dejo la escopeta y subo corriendo la cuesta hasta casa, incapaz ya de entender nada, pero muy cansado, he hecho dos disparos contra el mismo objetivo invisible.

 

Me despierto en la mecedora cuando alguien llama al cristal de la ventana, tiene que ser mediodía porque el sol me deslumbra cuando intento abrir los ojos. Es un tipo corpulento, con cara colorada y pinta de parlanchín, quien está ahí fuera, mirando curioso a través de la ventana. Con la presión sobre la nuca de un sueño malo y prolongado, medio invisible, me tambaleo hasta el jardín y lo recibo.

 

—Soporífero paraje —dice, y hace una mueca de aquiescencia. Soporífero paraje y luego resulta imposible pararle. Habla de que ya ha pasado un buen rato aquí recorriendo y viendo el jardín y se explaya sobre las ventajas del jardín. Le gusta especialmente el poste del telégrafo porque siempre le recordará lo que él llama «el tesón de la cultura», pero también le gusta el jardín por otras cosas: los manzanos tienen la altura debida y «esas bayas que siempre parecen tan peludas, es decir, me refiero a las grosellas espinosas», han causado una imborrable impresión en él. Yo respondo sí y amén a todo, y el sueño crece y crece, echa a rodar por encima de los setos y tengo la impresión de que lo llevo puesto como una armadura demasiado grande, espantosamente pesada. Al cabo quiere ver las habitaciones y subo las escaleras a rastras, y se las enseño y su verborrea es realmente insoportable:

 

—¡Así tienen que ser las chimeneas! —dice, y mira a todos lados como para prevenir a eventuales enemigos de mis chimeneas—, ¡justo así y nada distinto! El techo también es de su agrado, se refiere a que es un techo para filósofos, «el techo de un pensador», como él dice, y por eso le conviene a la perfección. Elogia la vista porque abarca diversos tipos de paisaje y la pista de esquí porque recorre robledales y pinedas. Pero cuando se detiene ante la ventana orientada al norte da un grito repentino de sorpresa que hace que yo me dirija allí aunque sé que no debería hacerlo. Me pongo a su lado y miro y oigo su jadeo de sorpresa en la oreja derecha. Es el lago que está bajo la ventana; el lago, la junquera, y la cuesta, que de repente aparece llena de juncos cortados con espigas en flor. En el agua hay un hombre con medio cuerpo desnudo y corta los juncos con una hoz reluciente, en la orilla hay una mujer y ata los juncos y un muchachito chepudo los lleva luego a la cuesta y los va colocando uno encima de otro.

 

—Es el campesino de aquí —le digo, pero cuando lo he dicho me siento mal de repente, la armadura del sueño se encoge y se cierra como un caparazón y ahora sólo existe un grito que pueda salvar los huesos del cuerpo, que pueda salvar mi tembloroso núcleo gélido de ser estrujado y entiendo en el acto lo imposible que resulta todo, entiendo que lo único que resta es un tiempo de soledad y luego nada más, y si no quiero perder todo de una vez, no debo perder este breve tiempo de soledad, no perder esa apreciada ilusión. Tengo que ser un solitario, la ilusión de soledad debe ser obligada a elegirme.

 

Grito desesperado a mi especulador:

 

—¡Pero, oiga, mi hijo fuma en pipa, mi hijo fuma en pipa de espuma de mar!

 

Entonces se planta en medio de la habitación con las piernas abiertas y echa raíces en la casa, me parece ver cómo brotan de sus suelas compactas e inamovibles raíces de roble, crecen a través del piso, a través del techo, a través de la habitación bajo el techo, a través de la planta baja y siguen hasta la roca bajo la casa.

 

—¿Y qué importa eso? —dice, y sonríe incómodo ante mi estallido—, ¿qué importancia tiene? No le quepa duda de que tiene que contarme más del asunto.

 

 

 

Este relato hace parte de El hombre desconocido (1947), libro que reúne buena parte de la obra narrativa del sueco Dagerman. Su traducción pertenece a Juan Capel.

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