Narrativas autorreflexivas: Cristina Padilla Villamil

VIAJE DE UNA MADRE CON LA CENIZAS DE SU HIJO

 

Ella asumió un lugar que no tomaba desde niña, ya que sus lagrimas no se contenían,  el valor de hacer que sus lágrimas navegaran entre ellas y buscar el barco que la llevaría a donde el agua ruge, con el mismo ritmo y fuerza,  con el que debe tener el soltar su pena de amor.

 

Todos los domingos o cuando la voluntad de su esposo lo permitiera, ella  tomaba el camino al cementerio, donde estaba la tumba de su hijo. Los estudiantes dejaban poemas y escritos a diario,  reconociendo la grandeza de su hijo como intelectual y joven de altísima inteligencia académica. Ella depositaba piedras haciendo pirámides, mientras leía uno a uno los mensajes de sus amigos y amigas.

 

Llegó el día de la entrega de sus cenizas, ella con un gesto casi de altanería le responde al administrador ante la negación de permitirles llevarlas a casa,    ¡tenemos espacio suficiente en casa para guardarlas!

 

Ella con soberbia y amor infinito abraza el cofre de madera donde esta su hijo, ahora convertido en un conjunto de estrellas envueltas en una tela suave como su sonrisa, como su voz; suavidad y violencia  a la vez, cuando él  buscó asumir su lugar de libertad, cuando su voz se rompió en el cristal de la ventana y entró  a la eternidad donde los seres vivos se convierten en lo inalcanzable, en lo que la letra no alcanza e irrespeta la memoria de quién no está.

 

Como siempre su compañera la almohada resistía el peso de su cabeza llena de preguntas sin respuestas, hasta que el cansancio la obligaba a cerrar los ojos y dormir. Ella soltaba por completo su cuerpo entregándolo a su majestad el sueño, el sueño que se convertiría en su bitácora de viaje, guiada por su hijo, teniendo en cuenta cada detalle anunciado mientras ella dormía.

 

Esa mañana y desde su cama, tomó su portátil viejo, buscaba algo que no tenia ni idea que era. Ahora recuerda que fue en septiembre por sus acostumbradas convulsiones, pues se olvidó por completo de su salud ante la emoción de ver el lugar que su hijo le señalo en aquel sueño. Entonces sin pensar ni un solo segundo compró el pasaje con su tarjeta de crédito y en solo tres días emprendió el viaje.

 

Ella inicia su viaje pidiendo permiso y mostrando la autorización de sanidad para poder viajar con su hijo ( ahora envuelto como un bebe recién nacido en su mejor ropaje). Pero la detienen en migración negando que lo llevara entre sus brazos, fue humíllate el tener que ser sometida a interrogatorios indolentes. Ella solo aspira cumplir el sueño de su hijo que después de fallecido. Sin embargo, el funcionario se negó aún después de que ella se arrodilla e implora para que le permitan viajar con él en sus brazos. Entonces solo tuvo que rendirse, viendo como lo llevan en la carga del avión como si tratara de un objeto más, sin darle el lugar un sujeto  a su hijo.

 

Llegó a Buenos Aires y por esas cosas del destino la esperaba, la mejor amiga de su hijo Juanito.  Justo ahora sentía que estaba en su lugar soñado, donde en sus diálogos de madre e hijo soñaban en compartirlo juntos. Luego ella consigue alojarse en el apartamento de la hermana de su amiga de la universidad, un apartamento pequeño donde se encontraban jóvenes que trabajaban realizando traducciones en varios idiomas para documentales. Por fin, llegó la hora de dormir y casi como si fuera un secreto abraza a su hijo y espera a que llegue el amanecer para emprender su viaje: donde la fuerza del agua pueda a cumplir lo  lo anunciado en el sueño.

 

Al día siguiente, tomó el vuelo para Iguazú y estando allí se detuvo en un vitrina donde había un manto blanco de seda bordado y como si se tratara del mejor de los trajes, vistió su hijo con ese manto excelso y de inmediato se dirigió a tomar el avión

 

La señorita de migración le pregunta: ¿qué lleva allí señora?

Ella responde:  ¡a mi hijo!

 

Y como arte de magia, como si se tratara de una abuela de mayo, le permitieron seguir sin problemas a la cabina en primera clase, y luego le ofrecieron una deliciosa copa de vino. Ella sonrió agradecida y como si se tratara del mejor de los triunfos acaricia con ternura las cenizas de su hijo envueltas, en la pequeña almohada. Ella miraba por la ventana con mil y un pensamientos en su cabeza,  o quizás flotando como el avión que llevaría a su hijo al destino del adiós.

 

Al llegar al hostal que escogió por su económico valor recorre muy despacio el cada lugar, la tarde era extraña y el sol era tibio, un camino lleno de piedras  y las habitaciones compartidas, cada una con cuatro camarotes por habitación. La noche se asomaba y no tenía ganas de comer, por eso, solo pidió una cerveza  que la acompañara con su agenda de escritos, y a su lado, su inseparable compañero de viaje. No podía evitar mirar el lugar lleno de arboles y los jóvenes viajeros europeos. Más tarde se dirige a la habitación y escoge el camarote que da contra la ventana,  se metió en la bolsa de dormir, abrazando a su hijo como si se tratara de un solo vientre. Esa noche dormirían juntos convertidos en polvo de estrellas.

 

Al amanecer caminó con su hijo en brazos, cuando de pronto aparece una señora gordita de rostro hermoso y le pregunta si desea ir a las cataratas, ella sin dudarlo un segundo acepta, toma su morral con las escasas provisiones. El auto llegó a la entrada de las cataratas y  luego tomó el tren. La señora que le hizo el expreso le preguntó si quería compañía y  ella a pesar de querer estar sola, le dijo que sí, y casi como una pitonisa, le comentó que allí también dejó las cenizas de su hermana fallecida.

Y entonces pensó de nuevo que sí era ella la del sueño:

¡Oh Dios no puede ser posible tanta coincidencia ¡

Llegó a las cataratas de Iguazú  al lugar llamado “ Las Hermanas” y se encontró con unas mesas vestidas de blanco, parecía una ceremonia matrimonial, la miró y se dijo: “el único matrimonio irrompible es el materno donde el vientre es el espacio donde la vida se da cita para comulgar amor”.

Ella  descobijó a su hijo y le dió su último abrazo antes de entregarlo al agua que ruge, al agua que bendice, al agua que transforma, que se acomoda, sin oración alguna de protocolos humanos:

 

Tomó las cenizas con sus manos temblorosas haciendo de sus lagrimas un torrente de agua, con su piel húmeda y arrugada como su alma.  y como si tratase de gotas de miel asume devolverlas a la vida misma que una vez fue visitada y abordada en el quehacer humano que no alcanza a entender y comprender de la pureza de un abrazo sincero, del valor de respirar con amor, sin ninguna condición, donde la sonrisa se puede acomodar en cada corazón de aquellos que se arriesgan a vivir;  deshaciendo cada una de las pretensiones de gigantes mezquinos que no permiten ver el jardín eterno, arado en el mar, en las nubes y también en la tierra, con paciencia y fe, donde sea posible vivir en medio de la diferencia, aunque cueste la vida misma.

 

Así entregó a la vida, la vida misma de su hijo. Después caminó muy despacio por el camino empedradado, tomó el tren de regreso al hostal antes de terminar la tarde, se sentó sola en el restaurante y pidió una cerveza.  Un señor se acerca y le pregunta: ¿señora, cuando se va de Iguazú?

Ella responde: mañana.

El señor le dice:  si quiere yo la llevo a conocer el pueblo.

Ella responde que sí de inmediato y sube al auto. Transcurrió aproximadamente una hora, cuando de pronto, ve una montaña con una escultura de un hombre viejo, con un libro y un candelabro. Ella Casi gritó y  le dice al conductor ¡por favor pare! ¡por favor pare! . Ella sale del carro y llora de manera incontenible. Esa era la imagen que su hijo insistía que tenia que ver cuando viajaran. El señor baja del carro de manera cálida, y le dice tómese su tiempo, yo la acompañaré.

 

Regresa casi al anochecer al hostal, ya sin compañero de viaje, el futuro se deshace y  el pasado vive a cada instante como un fantasma que viene a cubrir el vacío eterno de vivir sin él. De regreso a Buenos Aires, sus amigas y amigos la esperan, sabiendo de su dolor la invitan a pasear por la ciudad y sitios cercanos donde la sonrisa se asoma de cualquier forma.

 

Ella toma un día para estar de nuevo sola, va al sitio llamado Caminito, se sienta en una de las mesas expuestas en la calle, cuando de pronto escucha la canción: Por Una Cabeza, su corazón late con la misma fuerza que en las cataratas,  se incorpora y le pide a uno de los bailarines que desea bailar, con completa amabilidad la saca a bailar, y así inicia poco a poco la incorporación a la realidad, porque tiene la certeza que en Colombia la esperan su familia, sus hijos y nietos, para continuar amando, creyendo que los sueños, aunque sueños son, invitan a leerlos, aunque estén dormidos.

 

Cristina Padilla Villamil es psicóloga social comunitaria y defensora de derechos de la mujer en la región del Sumapaz.

 

Ejercicio de escritura del Taller Narrativas autoreflexivas, una escritura de lo cotidiano. Dirigido por Angélica González Otero.  Educación Continúa, Universidad Javeriana de Bogotá.

 

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