No ficción de Colombia: Relatos de mujeres para no olvidar

Contadoras de historias. Relatos de mujeres para no olvidar

(Colombia, 2020)

 

Esta pequeña selección de historias hace parte del proyecto Contadoras de Historias Relatos de mujeres para no olvidar en el que la campaña Somos Movimiento: Mujeres, Paz y Territorio reunió crónicas, anécdotas, vivencias, cuentos, poemas, cartas e ilustraciones de mujeres en proceso de reincorporación en el marco del acuerdo de paz entre las FARC y el Estado colombiano, quienes que desempeñan hoy día un papel importantísimo como agentes constructoras de paz en sus territorios. Se puede acceder a los 76 relatos que componen el libro aquí.

 

 

 

¡Nunca será un adiós, Martín!

 

Por Luz Adriana Ramírez

 

A Martín lo conocí en agosto de 2004 en medio de revueltas y asambleas estudiantiles en la Nacho. Era mayor que nosotras y estudiaba ciencias políticas. Su círculo de amigos cercanos trabajaba en la revista estudiantil de la Facultad y además siempre alguno de ellos moderaba los acalorados debates en la asamblea.

 

Era un líder nato, atento al escuchar, claro y preciso al intervenir, pero se destacaba sobre todos los otros líderes estudiantiles porque trataba siempre de hacer más y hablar menos, eso lo noté desde el primer momento. Nosotras siempre estábamos fascinadas al verlo hablar frente a todo el estudiantado en la Asamblea, siempre con iniciativa y propuesta, siempre con la utopía como bandera, siempre con el colectivo como escudo.

 

Nos pasábamos los días en la oficina estudiantil —nuestra trinchera—, allí estudiábamos, debatíamos, conspirábamos y soñábamos todos los días con cambiar el mundo, rodeados de afiches y fotos de Bolívar, el Ché, Fidel, eventos y movilizaciones a las que fuimos, calcomanías de campañas de boicot a Coca–Cola y de libertad para los prisioneros y prisioneras políticas, ahí estaba Simón Trinidad siempre digno. Me parece estar otra vez ahí, escuchando a Silvio o la salsa brava que ponía Martín, mientras fumábamos y conversábamos. Me parece estar saliendo de nuestro sótano, caminando por los pasillos del 46 hasta donde doña Beatriz, comprar tinto y sentarnos bajo el mango, me parece verlo, verlas, verlos, me parece estar juntos ahí de nuevo.

 

Los ánimos en la Nacho y en la de Antioquia por ese entonces estaban bastante agitados. Medellín era una caldera en la que los habitantes de los barrios populares y sus muchachos, los milicianos nacidos en esas barriadas resistían el embate del bloque Cacique Nutibara en el primer gobierno de Álvaro Uribe. Los claustros no eran ajenos a esta situación. Por ese entonces empezaron a salir listados de estudiantes amenazados en ambas universidades. En la cafetería central de la Nacho pusieron un papelón con el listado, yo lo leí cuando iba un martes para clase a las 6:00 a.m. Esa fue la primera vez que sentí un miedo profundo por su vida, por nuestras vidas, a partir de allí, no dejé de sentir que los huesos se me helaban cada vez que el ambiente se ponía turbio.

 

Como siempre, en colectivo, hicimos un análisis de la situación de violencia política en la ciudad y dentro de la universidad. Como la situación lo ameritaba hicimos más rígidas las medidas de autoprotección que siempre tratamos de mantener, pues Medellín es una ciudad hostil para ser joven de izquierda. Andábamos siempre pendientes las unas de las otras, y tratábamos de no estar solas tarde en la calle. Por el miedo que todas sentíamos en la universidad y la tensa calma que reinaba en ella, pensábamos que éramos más visibles allí que en los barrios con la gente y, siguiendo al pie de la letra los latidos de nuestros corazones y nuestro ímpetu rebelde, decidimos continuar trabajando en las barriadas de primavera.

 

En ese entonces, él junto a otros compañeros y compañeras iniciaban con un colectivo estudiantil llamado Contracorriente, un proceso de acompañamiento a las comunidades asentadas en la Honda y la Cruz. Me invitó a subir al barrio con ellos y ellas. Por supuesto y con una emoción de niña que descubre el mundo le dije que sí. Llegó el sábado y en un bus de servicio público llegamos a ese rincón donde el afecto se hizo colectivo. Yo desbordada completamente por el deseo de ligar nuestro compromiso social a una causa real, con la ilusión de aprender y apoyar a esta comunidad de campesinos y campesinas desplazadas de diferentes territorios de Antioquia, entregué mi energía a esa tarea. En ese entonces, los habitantes parecían refugiados de guerra en su propio suelo. De la mano de Martín conocí, por primera vez, el rostro de la pobreza y la guerra. El impacto emocional que esto me produjo lo siento aún hoy al recordarlo: casas de cartón, calles polvorientas y pedregosas, velas encendidas apenas empezaba a caer la noche para iluminar los ranchos, fogones de leña y petróleo y la excluyente Medellín, a lo lejos, titilando como millones de luciérnagas al tiempo.

 

Transcurría el año 2005 y vivía el aprendizaje constante, el trabajo con la comunidad, la amistad inquebrantable que surgió de esta experiencia. Son unos de los recuerdos más bellos que tengo de mi vida en Medellín.

 

Para finales de 2007 las cosas no estaban nada fáciles, los paras llegaron al barrio y ya habíamos tenido algunos encontrones con ellos. Nos habían parado una tarde cuando íbamos caminando hacia el paradero del bus, nos preguntaron quiénes éramos y qué hacíamos allí. Doña Merce, Doña Gladys y Don Luis Ángel nos dijeron que era mejor no volver, no arriesgarnos, pero nosotras tercas y persistentes, como él nos enseñó, continuamos. Varias veces al llegar al centro de Medellín después de una larga jornada de trabajo en el barrio, sentíamos que nos seguían, que nos observaban, que nos vigilaban. Nosotras entonces preferíamos dar vueltas antes de regresar a nuestras casas. Con eso creíamos evitar el seguimiento, pero nada de eso fue suficiente.

 

Llegó el cumpleaños de Martín a mediados de diciembre. Ese día nos juntamos para celebrarlo, una torta y cervezas, nuestra familia, nos contamos historias y nos reímos. Recuerdo que ilusionada le conté de mi próximo viaje a Cuba. Él ya había ido con otros compañeros, así que, con mucha curiosidad le pedí detalles. Él me lo describió cómo en una fotografía de la Habana Vieja y el Malecón, me habló del Museo de la Revolución y de las librerías. Era casi la media noche, Martín notó un par de hombres que nos observaban muy de cerca, él tenía la impresión de que llevaban varias horas siguiéndole, nuevamente sentí ese frío que me recorría cuando tenía miedo. Nos despedimos, un abrazo, besos, los mejores deseos para esas fiestas de fin de año y prometimos juntarnos de nuevo después de mi viaje.

 

Regresé de Cuba un mes después, exactamente el 16 de enero. Aquel día, tarde en la noche sonó el teléfono de mi casa, contesté. Al otro lado una mujer lloraba desesperada. Era Carolina.

 

—¿Estás sentada? —me preguntó.

 

En un primer momento, me pareció gracioso que me preguntara eso, no hablábamos desde mediados de diciembre porque yo estaba viajando y no entendía el porqué de su pregunta, apresuradamente respondí

 

—¿Qué pasó Carola?

—Nos mataron a Martín —respondió seca y estalló nuevamente en llanto.

 

Todo se puso negro para mí, enmudecí, no pude decirle nada a Caro que tanto lo amaba, colgué y sentí que todo se venía abajo. Jamás había sentido tanto miedo de la muerte o de la vida, o de vivir la vida siempre al límite por querer cambiarlo todo. Quise con todas mis fuerzas hacerme invisible, aprendimos an caminar en las puntas de los pies para que nadie sintiera nuestros pasos.

 

A Martín lo asesinaron los paramilitares del bloque Cacique Nutibara en el barrio Castilla, el 14 de enero de 2008 mientras salía de su trabajo. Era profesor de colegio. Nadie vio nada, nadie escuchó nada. Yo no alcancé a contarle cómo me fue en mi viaje, no alcancé a despedirme, no alcancé a decirle lo mucho que lo admiraba, lo importante que fue y es para mí. No alcancé a darle el último adiós. Cuando regresé, a Martín ya lo habían enterrado. No puedo describir mi dolor y mi tristeza. Me arrebataron para siempre a mi amigo, mi héroe del barrio, mi ejemplo, mi hermano, mi camarada. A Martín, nuestro Martín, querían condenarlo al olvido por pensar diferente, pero lo que no sabían quienes cegaron su vida es que Martín, así como todos los héroes y heroínas anónimas de este país, seguirá siendo semilla. Que la paz nos permita hacer memoria sobre su vida. Jamás olvidaré ese fatídico 14 de enero.

 

¡Nunca será un adiós, Martín!

 

 

 

Carmen

 

Por Andrea Romero Guzmán

 

El día que le dispararon a mis dos hijos y a mi esposo sabíamos que era el momento de irnos. Mis cuatro hijas con sus críos me insistían que de quedarnos en el pueblo seríamos nosotros los próximos muertos, así que no tuvimos más remedio. Agarramos unos cuantos trastos, cobijas para los niños, unos panes en una bolsa. También alistamos los recuerdos, las ganas y la nostalgia en otra bolsa, era como saber desprendernos sin querer escapar, pero ya sabíamos que éramos nosotros, que era nuestra historia, eran nuestros pasos los que debían huir como muchos otros del pueblo lo habían hecho ya.

 

Cuando salimos del pueblo quedaban unas cuatro familias, contando la nuestra. Ramón mi marido, decía que de irnos era con las piernas palante y sí, a él le tocó morir así, pero no pudo salir. Nos tocó dejarlo allá, allá en la casa donde les dispararon a él y a mis hijos, todo por no permitir que nuestros dos hijos varones Alberto y Alirio, se fueran con ellos. Claro mis hijos también forcejearon y prefirieron morir a bala y no por el recuerdo que laceraría sus pasos lejos de nosotros.

 

Y mire ahora la ironía, somos nosotras, mis hijas y yo las que tuvimos que escapar al dolor, y siguiéndole el curso al miedo, ese que nos trazaba la ruta y nos respiraba en la nuca. Huimos, pero no sabíamos para dónde agarrar, simplemente irnos. Manuela, mi hija la mayor compró unos pasajes con lo que le quedaba de sueldito para Bogotá. Durante el trayecto de seis horas de camino y el silencio entre nosotras parecía querer gritar esas ganas de volver, esa rabia que se nos ahogaba en la impotencia y el olvido que sería posiblemente, nuestra única arma para volver a empezar.

 

Llegamos a Bogotá con cinco críos que no superaban los 4 años de vida —tres niños y dos niñas—, figúrese usted. Eran nuestros tesoros y nuestro mayor reto, nos habían dicho en el pueblo que una conocida vivía en Usme, nos dieron su dirección e intentamos llegar hasta allá. El día que pisamos esa ciudad por primera vez, parecía que el cielo lloraba nuestras desgracias y solo agua corría por esas calles. Como pudimos hablamos con la gente, pedíamos ayuda para poder comprar algo de comer y coger algo que nos llevara hasta Usme.

 

Nos indicaban que estábamos cerca a la calle 68, que camináramos hasta la principal y que ahí, ahí pasaba el bus.

 

—Mire joven, es que no conozco, ¿usted nos podría acompañar por favor?—, el muchacho en medio de su asombro pensando que algo le íbamos a hacer cogió su paraguas muy fuerte y se echó a correr.

 

Así fue, éramos nosotros en la mitad de un desierto de cemento, carros y carros que se movían a la velocidad de nuestra angustia. De pronto pasaron una, dos y tres motos, sin pensarlo me tiré al piso y empecé a llorar, sentía que la respiración me faltaba, se me vino a la cabeza el día que me los mataron

 

—Mire, en una igualita a esas me le dispararon a su papá y a sus hermanos—.

 

Socorro y María Engracia se abalanzaron conmigo al piso, lloramos y lloramos como pidiéndole fuerzas a mi dios pa’ poder seguir, mejor dicho, para vivir. Mientras Manuela y Piedad tenían los niños, todos lloraban desde donde se habían quedado petrificados de ver la angustiosa imagen, de su abuela tirada en el piso y pidiendo auxilio.

 

Finalmente, yo no sé qué pasó, alguien le dio un billetico de $10.000 a Piedad, como pudimos y entendimos llegamos a una avenida grande, el cielo no paraba de lanzarnos rayos y estruendos de lluvia, según entendimos estábamos en la calle 68 y nos paramos debajo de un puente para escampar el frío, el agua y el miedo.

 

Una vendedora de dulcecitos que se encontraba justo en el sitio donde llegamos se puso en nuestros zapatos, y nos preguntó si necesitábamos ayuda

 

—Sí, vea vamos para esta dirección en Usme— le dije sin pensarlo dos veces.

 

La señora, paró un bus amarillo y a su paso le gritó al conductor

 

—Vea patrón ellas van para Usme, no las deje tiradas. Llévelas hasta el lado del portal de Transmilenio ahí avíseles y las deja bajar— el conductor con algo de sacrificio nos dejó subir, Piedad le fue a pagar, pero el señor no quiso recibir.

 

Tal como nos dijo el conductor, nos bajamos pasadas las 4:00 de la tarde. Le preguntamos a una persona la dirección y empezamos a subir, y subir, y seguíamos subiendo. De momento Manuela preguntaba en las tiendas, a vecinos a los que se nos aparecieran si conocían a la señora Gabriela y les pasaba el papelito ese de la dirección. Finalmente, después de mucho caminar llegamos a casa de la señora Gabriela y cuando me vio nos abrazamos como queriendo borrar el miedo. Ella nos hizo pasar y bueno, los primeros meses dormíamos en colchonetas y hasta en el piso.

 

La vendedora de dulcecitos, Blanca, resultó ser hermana de la señora Gabriela así que con el tiempo fuimos acostumbrándonos al frío, mis hijas empezaron a vender arepas al lado de la señora Blanca. Con el tiempo pudimos sacar una casita en Usme en arriendo, no teníamos más que nuestra palabra para firmar y así paso a pasito nunca nos faltó comida, ni techo donde dormir.

 

Luego cuando ya todo lo sentíamos en una calma mezclada con nostalgia por haber dejado nuestros campos, los niños seguían creciendo y ya iban al colegio, y yo me quedaba sin nada que hacer, me metí a la junta de acción comunal.

 

—Funciona igualito que en el pueblo, así como lo hacía y lideraba allá— me decía Gabriela— la diferencia es que es Bogotá.

 

Pues bueno primero me anoté como afiliada del barrio, y ahora soy la presidenta. Han llegado como nosotros muchos paisanos de otros pueblos, pero así, como nosotros desplazados y llenos de rabia. Así que como podemos los ayudamos, los recibimos y los abrazamos como un día lo hicieron conmigo, con mis hijas y mis nietos.

 

Quiera o no, en esta ciudad he encontrado paz, esa que no sentíamos en el pueblo, con los vecinos del barrio nos organizamos, don Pedro que viene del Catatumbo maneja la tienda comunitaria; la señora Esperanza viene de Chaparral y era la profe de la vereda Las Hermosas, es la encargada de conseguir los cupos de los niños en los colegios; y yo, yo he peleado para que nos pusieran un punto de venta de tiquetes para el transporte aquí en el barrio y logramos pelearle platica al Gobierno para una de las trochas del barrio.

 

Lo que aún no hemos podido conseguir es que nos le bajen a ese bendito transporte, pero así estamos, y vivimos nuestro día a día en Bogotá, seguimos creyendo con fe en que habrá paz en el país, aunque le admito estamos aquí respirando esa paz que tanto añoramos sentir allá de dónde venimos.

 

 

 

Cuando el pueblo se quedó solo

 

Anónima

 

Me gustaba mucho el sábado, el resto de semana solo era ir a la escuela y al parque que parecía triste. Solo veía a Juan preparando la tolda para su venta de dulces, las demás puertas, la del granero, la de la ferretería permanecían cerradas, la oficina de la Alcaldía igual ya no atendía. Claro que el río se hacía más vivo, con su andar marcaba un arrullo. Eso era bonito, aunque ya no había remeros ni pesca grande como cuando yo era pequeña.

 

El sábado era el día de mercado, llegaban carros, chivas, motos y bestias muy temprano antes de que amaneciera, en lo oscuro ya se oía la música de los coteros que ayudaban a bajar la carga. Las risas, susurros, andares de los caballos con sus jadeos opacaban el caminar del río, sin embargo, no alcanzaba a escuchar la llegada del mercado, por lo que me levanté y fui a ver.

 

Llegué a la esquina, todo me pareció quieto, ni el río se oía. La gente se veía en el fondo del parque en un corrillo, miraban algo, de pronto alguien gritó, llegó el llanto anunciándome el espanto de los pobladores.

 

—Dicen que María José, se quedó hasta muy tarde al otro lado del río— comentaba doña Leo.

—¡Cuántas veces le dije que no viniera tan tarde!— Todos sabían que ese cadáver que no quedó enterrado se alió con la Madremonte para espantarnos en la noche. Esa costumbre de María José de estar haciendo visitas tan tarde.

—¿Usted cree que era eso lo que hacía? Yo creo que ella era feliz allá tirada en el monte haciendo lo que sabemos—.

—¿Cómo se atreve?

—Ella era alegre pero no sinvergüenza— alcancé a oír entre la tristeza.

—Tú, Juana que siempre estabas con ella, ¿qué nos dices? ¿Qué pasó anoche

—Me dijo que no la acompañara, que se vería con el Guapo y que le llevaba maíz para convencerlo de que no se aliara con la Patasola y el muerto que deambula.

—¿Cómo así?, ¿acaso era amiga de ese de la pata seca que canta cuando hay problemas? Ella sabía que con ese pájaro no debía meterse y menos de noche. ¿Desde cuándo Juana, desde cuándo eran amigos y le llevaba maíz?, ¿por qué no dijiste?

—Siempre, siempre le llevó, por eso ella sabía que la Madremonte, esa que parece amiga y se transforma, en rama o niña y el cadáver ambulante se unirían para ya no ayudarnos. El último recurso era el Guapo, él era el único que podía avisar a los muertos.

 

No sirvieron los cánticos, ni el sonar de tambores en la noche, ni la quema de hierbas e inciensos, los muertos fueron tantos que ya ni las tumbas de cuerpo presente y de altar, ni las tumbas simples fueron suficientes para enterrarlos, desde entonces hubo más cadáveres ambulantes. El río ya no aumentó su caudal, no hubo más atardeceres, sólo un silencio más del día por terminar. Poco a poco todos se fueron yendo hasta que el pueblo quedó solo.

 

 

 

Bordar para resistir

 

Por Liliana Flórez

Aquella noche del 21 de noviembre de 2019, después de una marcha multitudinaria seguida de múltiples agresiones de la fuerza pública hacia los manifestantes, las personas desde sus casas salieron a las calles con sartenes y cacerolas, el objetivo principal fue extender el #21N.

 

Durante esos días se prolongaron las manifestaciones y fue allí donde surgió la propuesta de empezar a bordar textiles con las consignas de los manifestantes y desplegarlos en las calles como símbolo de resistencia.

 

Los textiles han sido herramientas primordiales para la construcción de memoria. El bordado a mano es un instrumento para despertar emociones, busca reflexionar acerca de los hechos y también representa solidaridad y resistencia. Estas piezas bordadas también son un instrumento para rescatar la memoria de las víctimas. El empleo de las artes textiles como forma de protesta pública y política no es algo nuevo.

 

A finales del siglo XIX y principios del XX, las integrantes de los Movimientos por el Sufragio Femenino en Inglaterra y Estados Unidos aprovecharon su familiaridad con la costura y el bordado para confeccionar estandartes donde plasmaron sus consignas, pronunciaron sus denuncias, nombraron a sus participantes y rindieron homenaje a sus predecesoras.

 

Durante la elaboración de estas piezas textiles, cada puntada y cada respiración están dedicadas a todas las personas que salieron a las calles, y, sobre todo, a Dylan Cruz.

 

 

 

No ficción es el espacio de Lugar Poema en donde acogeremos crónicas, memorias, ensayos y otros tipos de textos no ficcionales en torno a la literatura y otras artes, con el propósito de ampliar los horizontes respecto a la manera en que ellas nos permiten participar del mundo.

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