Poesía colombiana: Yamile Vanegas Santos

Yamile Vanegas Santos

(Une, 1986)

 

Los poemas aquí presentados hacen parte de una profunda sinergia que la poeta ha experimentado con Tunja (en donde habita desde 2008) y que dio origen a Desde la ciudad poema (2019), libro en el que explora la forma en que puebla (y es poblada) por la ciudad como auténtica flaneuse.

 

 

Motivo

 

La cadencia tibia de tus piernas firmes,
la firmeza de tus tibias piernas de cadencia inquieta,
la tibieza cadenciosa de tus inquietas piernas en la firmeza de las mías.

Mis piernas revoltosas en lo tibio de tus manos maestras,
tus inquietos labios en la tibieza firme de mi pecho,
la cadencia de tu cadera en los revoltosos cabellos de mi cabeza.

Tus firmes manos en la tibieza impúdica de mis muslos,
las piernas fuertes enredadas épicas en los labios cadenciosos.

Piernasmanosbrazoslabiosmuslospecho, firmes, tibios, inmarcesibles
hechos música, palabra, obra, motivo, cadencia.

 

 

Hoy

 

Algún día
dejaré este oficio de la poesía
a los poetas.

(A ellos,
los prodigiosos
los del verbo rotundo).

Algún día
dejaré la locura
a los locos profesionales.

(A ellos,
los legendarios
los de canto impecable
los armonizadores).

Un buen día,
abatida
entregaré a los señores
del ritmo y la lira
mis balbuceos de principiante.
Algún día.

Pero no hoy

No este día
que tengo la lengua encrespada de palabras
hecha espuma de improperios y risa
no hoy que mi niña duerme
y esta ciudad de cristales la acuna,
no hoy
que mi cabello
pincha como ortiga verde
y los ruidos del mundo se atropellan contra mi puerta,
contra mi lengua.

Algún día
me iré de este oficio paradójico
de verdades entretejidas
en versos,
en minucias.

Pero no hoy
que me salen a borbotones
por los poros
atropelladas
las palabras recién nacidas.

 

 

Sabiduría del cuerpo citadino

 

El cuerpo sabe que el cansancio existe y que se disfraza de productividad y complacencia; el cuerpo sabe lo que es tedio, el hastío oficinesco, el trabajo cíclico e inútil, el cuerpo es rutinario y lo sabe.

Se sabe puesto sobre la silla,
todo el día,
todo el día,
todo el día…

El cuerpo haciendo cosas importantes y alrededor de ese cuerpo van otros, haciendo también importantísimas cosas, como contestar el teléfono o enviar cartas nunca respondidas.

El cuerpo sabe que está torcido.

Retorcido frente al vacío brillante y sabe además que no hay pausa que lo enderece, que lo destuerza, que le devuelva su natural forma.

El agujero negro frente a él
se traga el brillo en los ojos
se traga las ganas de morirse de la risa
se traga tardes enteras de abrazo y pereza.

El cuerpo sabe que ya no tiene cuerpo, él mismo se ha devorado.

El cuerpo sabe del hartazgo, lo vive en las piernas paralizadas, en los pies afanados hacia ninguna parte, cada mañana, todos los días al despertar y correr hacia la importantísima cosa que hace.

El cuerpo no sabe qué es frio y café. No saben los pies lo que es irse sin rumbo. Ya no saben los ojos cómo es el cielo naranja. No sabe la espalda la suavidad del césped. No sabe la mirada sobre la lentitud de las nubes. No saben los oídos qué hacer con el silencio. No sabe el  cuerpo qué hacer cuando está libre, no sabe la lengua qué hacer fuera de la boca. El cuerpo no sabe y lo sabe.

Sabe el cuerpo que se encorva, que se enrolla, que se retuerce, que se enrosca, que se envuelve sobre sí mismo.

Él se engulle de él pero está hueco, el hartazgo no lo deja satisfecho, no puede estar lleno, está vacío de él dentro de sí mismo, de lo retorcido y encorvado sobre sí mismo que está.

Mientras tanto, está derechito, sentadito frente al brillante vacío, ahí está el cuerpo sabiendo que no sabe, derechito y vacío, hueco, torcido, ladeado, atornillado, bien sentado.

 

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