Narrativas autorreflexivas: Carol Adriana Santana Herrera

CONFESIONES

 

A Alina se le daba escribir bien y aunque deseaba contar su historia, no sabía por dónde empezar. Podría escribir lo narrable, dejando a un lado esas experiencias que durante años había tenido guardadas en un viejo baúl con llave. Podría contar también lo inenarrable, pero temía volver a esos recuerdos grises y perder el control que le había costado tanto alcanzar. ¿Qué haría entonces?

 

Luego de muchos silencios, Alina se escribe en su computador, y piensa que contar toda su verdad es la única oportunidad que la vida le da en estos momentos. Para ella, sus palabras conforman una verdad que desea gritar a los cuatro vientos. Dicen que el tiempo sana las heridas, y ella las sanó, aunque sigue viendo su vida conventual en agradables sueños, pero también en pesadillas desastrosas que le cortan la respiración. Sentada en el rincón de su intimidad, Alina escribe mientras su psique gira y gira para escribir el fragmento que será el inicio de sus confesiones.

 

 

Domingo por la mañana.

 

“Nada podrá separarnos del amor de Dios en Cristo Jesús. Ni tribulación, ni angustia, ni ninguna otra cosa creada” Rom. 8,31-39.

 

Como todos los domingos me levanté tarde. El domingo ha sido mi día favorito desde que tengo memoria porque puedo ser yo misma, sin afanes ni horarios, aunque en un convento siempre había una rutina por cumplir. Una vez despierta y organizada, tomé mi ruana y me interné en la capilla, no porque quisiera ver a las hermanas de comunidad, en realidad llevaba varios meses en los que no quería verlas. Tal vez por eso era que yo no podía despertar temprano y siempre llegaba tarde al rezo de las Laudes y a la Santa Misa. Había empezado a desenmascarar a una que otra monjita de las que habían pretendido hacerme la vida imposible en aquellos meses. En la vida religiosa se dice que se ama a Dios pero en secreto se odia al hermano. Ese fue mi descubrimiento después de haber vivido fascinada con mi vocación de religiosa durante veinte años fugaces. Ingresé con 16 años, recién graduada del colegio y me retiré a los 36 años. Prácticamente las monjitas terminaron de criarme.

 

La liturgia dominical reflexionaba sobre el pasaje de la multiplicación de los panes y de los peces en el evangelio de San Mateo. En el ordo leí “el milagro brota del corazón compasivo de Jesús […] se le enternecieron las entrañas de compasión por las turbas de hambre. Pero el mismo milagro de Jesús exige la cooperación de los hombres […] Los discípulos, a quienes Jesús ha impuesto la responsabilidad de alimentar al pueblo de Dios, son los mediadores…” Y me reconocí en esa Palabra como una de las discípulas mediadoras frente a tantas necesidades espirituales y materiales. Por esos días yo era una de esas hambrientas de un pan que me alimentara, pues llevaba una larga época de sin sabores y de mediocridades. Sentía que el amor a Dios se había dormido en mí y no quería despertar o… ¿tal vez había entrado en un coma profundo? No tenía respuesta.

 

Domingo por la noche.

 

Esperé que todas las hermanas de la comunidad estuvieran en sus habitaciones, era hora de dormir. Salí a escondidas en medio de la oscuridad del pasillo, bajé las escaleras que conducen al primer piso y rápidamente me interné en el lugar santo. Allí en el secreto, en esa intimidad y rincón íntimo de mi existencia me desnudé frente al altar. El llanto salió inmediatamente. Ni el frío, ni la oscuridad tan temida en mi infancia, me detuvieron para ir a conversar muy seriamente con el Todopoderoso, con el que fue, con el que es y el que será. La verdad de todo esto, es que mientras algunas monjitas creían que yo me había convertido en una mujer mundana y perdida, en realidad yo estaba tratando de recuperar la ilusión que se difuminaba en medio de tantas incoherencias humanas, incluyendo las mías, por supuesto. Esa noche fue la noche del diálogo con Dios, tal como una pareja de enamorados que buscan juntos lo mejor para sí mismos y que están dispuestos a hacer de todo, así eso implique separarse.

 

– Querido Dios, tú me trajiste aquí a los 16 años y te doy gracias porque he sido feliz durante todos estos 20 años, excepto estos últimos meses. Yo he sido muy feliz, pero sé que me tengo que ir. Debo tomar una decisión y te pido que, así como me trajiste aquí, cuando yo era una adolescente, hoy te pido que me saques. Dame una señal. Para marcharme, lo único que necesito es un empleo.

 

Estuve postrada delante del altar hasta muy tarde, y en medio de la oscuridad contemplé la luz tenue del sagrario. Lloré a mares. Nadie lo supo.

 

Lunes por la mañana.

 

“Vio Jesús el gentío, le dio lástima. Curó a los enfermos y multiplicó los cinco panes y los dos peces que tenían. Comieron todos” Mt. 14, 13-21

 

Era un nuevo día y uno más que se sumaba en mi contra. Me quedé dormida una vez más y de nuevo llegué tarde al rezo de las Laudes y de la Santa Misa. Como ya era costumbre, noté sobre mí, miradas entre compasivas e inquisitivas, todas cuestionando mi poca devoción a Dios y a la congregación religiosa. La verdad ya estaba acostumbrada a esos juicios. Llevaba meses despertándome tarde y no por mala voluntad, o porque hubiera perdido mi fe o mi devoción del primer amor a Dios. Sencillamente, ya no quería estar ahí.

 

En medio de mi jornada laboral en la obra misionera, yo me sentía viva y feliz. La misión de servir a los más pobres era como un alimento espiritual, pero el desconcierto surgía una vez cruzaba la puerta para entrar al convento. Entonces, el color del día y de mis emociones se tornaban oscuros; era un cambio abrupto. Fue esto lo que me dio la pista de que mi problema no era la misión, sino la vida comunitaria. Y empecé a extrañar mi sonrisa.

 

Inesperadamente, en este día recibí la señal que pedí al cielo la noche anterior. -“La llamamos del colegio campestre Santa Lucía, recibimos su hoja de vida y queremos entrevistarla…”- Silencio total. Cuadré mis responsabilidades de la misión, le pedí a la hermana Martha que me cubriera ese día, que yo tenía que salir a repartir la comunión en un barrio del sur. De esa manera me escapé del convento para asistir a la entrevista laboral. Desde entonces empecé a creer en los milagros y en las señales del cielo. Este hecho le dio una nueva esperanza a mis días. Y empecé a mirar hacia el cielo con mis pies anclados en la tierra.

 

Martes por la mañana.

 

“Después de la multiplicación de los panes, despidió a la gente y subió al monte para orar: Llegada la noche allí estaba solo” Mt. 14, 22-36

 

Ese día tuve un motivo para levantarme con ánimo, era el día de mi entrevista laboral. A pesar de la mentira piadosa para escaparme del convento y cumplir la cita, el encuentro fue todo un éxito. Hubo conexión entre la elegante señora y yo. Ella había sido novicia pero su vocación religiosa duró muy poco. Sus palabras e interés en mi hoja de vida me dieron la certeza de que sería contratada, sin embargo, debía esperar la llamada, esa que prometen con la frase “no llame, nosotros le llamamos”.

 

Miércoles por la mañana.

 

“Su rostro resplandecía como el sol. Una voz decía “este es mi Hijo, el amado, mi predilecto. Escuchadlo” Mt. 17, 1-9.

 

Fue un despertar con mezcla de tranquilidad y preocupación. ¿Me llamarán? Pasé este día sin tener razón alguna de la reciente entrevista. Era día cívico en Colombia, conmemoración de La Batalla de Boyacá. ¿Me llamarán? era la pregunta que rondaba mi mente y tuve que soportarla todo el día. Esta fue la pregunta que se prolongó durante todo el fin de semana. ¡Qué horror! La incertidumbre es de las experiencias más impactantes. Pueden pulirlo a uno o llevarlo a un estado de ansiedad, dependiendo del aguante de cada persona. Puedo decir que en mí se produjo una fusión entre impaciencia, temor y fortaleza a la vez. Esperar, esperar, esperar… no había otra salida. Y mientras tanto, tuve que aprender a respirar a las malas. Uno, dos, tres… inspiración, cuatro, cinco y seis, expiración… Creo que ese fin de semana fue el más largo de aquella época.

 

Lunes por la mañana.

 

“Al hijo del hombre lo van a entregar en manos de los hombres, lo matarán, pero resucitará al tercer día” Mt. 17, 22.23

 

Mi espera tenía un límite y esa fue otra lección en aquel pasaje de mi historia. Todos tenemos un límite y el mío había llegado a un fin. Tomé el teléfono y llamé al colegio. Pregunté por mi proceso y me confirmaron que en el transcurso de la mañana me enviarían la lista de la documentación para mi contratación. ¡Se me hizo el milagrito! ¡Gracias Dios! Tenía el trabajo que le dije a Dios que necesitaba para poder irme del convento. ¡Era un hecho! Disfruté de esa respuesta en la habitación que durante tantos años había sido mi refugio, solo que mi mentirilla había llegado a su fin. Tendría que confesar mi verdad y decir a las religiosas de la comunidad mi nueva decisión. Por lo pronto, tenía que decirlo a la Madre superiora porque en cualquier momento llamarían de mi futuro empleo para pedir referencias.

 

Me reuní con la Madre Josefina y la hermana María Jesús, la directora de la misión, ambas, unas santas mujeres. Fue un impacto para ellas. Era un hecho. Lo había resuelto yo sola con la fuerza del mismo Dios que de adolescente me condujo al convento. Dios me llevó a aquel lugar y él mismo me estaba rescatando. Mi opción había madurado, se había transformado, y yo, ya no era la misma jovencita ingenua y obediente de antes. Las duras verdades que descubrí en el último año fueron un fuerte golpe del que creía que no iba a recuperarme.

 

***

Después de diez años estoy completamente recuperada. Me casé, tengo 3 hijos maravillosos y un esposo que es un regalo de la vida. Sin embargo, aún sigo soñando que vivo en ese convento. Es como si en mis sueños pudiera sentir entre temor y nostalgia por una vocación que fue bella pero que se vio truncada por la miseria humana. ¿Sería toda esta situación un fracaso? No, es un increíble capítulo lleno de vivencias hermosas y oscuros secretillos que aún guardo en mi viejo baúl. Hay recuerdos que con el paso de los años me piden a gritos que los saque de la oscuridad donde los tengo aprisionados. Ya no tengo excusas para seguir en silencio. Ahora, las palabras son mis mejores aliadas.

 

***

 

Carol Adriana Santana Herrera. Sin ninguna pretensión más que compartir experiencias de vida, escribo sin ser escritora y vivo sin pedir permiso. Mujer de contradicciones, independiente pero amorosa y apasionada, fuerte pero cálida y espontánea a la vez. Maestra por vocación y estudiante por el innato deseo de aprender cada nuevo día.

 

Ejercicio de escritura del taller Narrativas autoreflexivas, una escritura de lo cotidiano, dirigido por Angélica González Otero. Educación Continúa, Universidad Javeriana de Bogotá.

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